
El 17 de agosto de 1964, Julio Cortázar (1914-1984) le escribía a Roberto Fernández Retamar (1930-2019), a propósito de las opiniones que este último le había hecho llegar sobre Rayuela, aparecida en 1963:
(…) desde luego que lo que hayas podido encontrar de bueno en el libro me hace muy feliz; pero creo que en el fondo lo que más me ha estremecido es esa maravillosa frase, esa pregunta que resume tantas frustraciones y tantas esperanzas: “¿De modo que se puede escribir así por uno de nosotros?”. Créeme, no tiene ninguna importancia que haya sido yo el que escribiera así, quizá por primera vez. Lo único que importa es que estemos llegando a un tiempo americano en el que se pueda empezar a escribir así (o de otro modo, pero así, es decir, con todo lo que tú connotas al subrayar la palabra).
En marzo de 1968, Lezama Lima firmaba un texto llamado precisamente «Cortázar y el comienzo de la otra novela», como prólogo a la primera edición cubana del libro. Allí decía que este «ha sabido destruir un espacio para construir un espacio, decapitar el tiempo para que el tiempo salga con otra cabeza. Es una novela muy americana que no depende de un espacio tiempo americano».
La fascinación y, a veces, el desconcierto han sido consustanciales a Rayuela desde su publicación. Ubicada en la cima de las letras hispanoamericanas, le suele suceder como a los otros clásicos, su fama la precede, para bien y para mal. Muchos retroceden ante las más de 600 páginas, las referencias cultas y el juego que propone el autor.
Desde el propio tablero de dirección inicial —«A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El lector queda invitado a elegir…»—, Cortázar dinamita la tradición novelística; y no contento con ello, se ríe (con magistral ironía) de la literatura y de la gente que cree comprender y controlar todo lo que llamamos realidad; y de los complejos de inferioridad en materia de creación latinoamericana.
Miles de lectores han quedado prendados del texto y de sus interrogantes vitales. No en balde, por ejemplo, las presentaciones de las ediciones que en Cuba ha hecho Casa de las Américas se recuerdan entre las actividades más multitudinarias de la institución. Y no es que sea chic haber leído Rayuela, ni que su lomo sea imprescindible en cualquier biblioteca culta; es que es una lectura inteligente y disfrutable.
Buena parte de la culpa de esto último la tiene el lenguaje, altamente poético, hasta llegar a rozar el romanticismo puro al que el protagonista, Horacio Oliveira, pareciera huirle como a la peste: «Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura».
En tiempos de redes sociales, en los que las referencias se pierden y confunden, los usuarios comparten postales con frases de las páginas de Rayuela, sin siquiera imaginarlo, se las apropian, se las endilgan a otros. A Cortázar seguramente le hubiese divertido mucho.
Como inolvidables pueden calificarse los personajes: el propio Olivera, tan antihéroe; La Maga, a quien sospechamos más artísticamente sensible que todos sus eruditos contertulios; Traveler, Talita, Gregorovius, Morelli…; y también capítulos como el de la muerte de Rocamadour, el cruce entre dos edificios a través de un puente de tablones, o el del concierto de Berthe Trépat.
La novela es también su propio mapa. El autor deja las pistas para la decodificación al alcance del lector atento; aunque a cada rato parezca recordarnos que nada debe tomarse muy en serio.
Lo que sí es seguro es que Cortázar puso en esas páginas sus preocupaciones literarias y humanas. Al propio Retamar le escribiría en otra ocasión:
(…) mi problema sigue siendo, como debiste sentirlo al leer Rayuela, un problema metafísico, un desgarramiento continuo entre el monstruoso error de ser lo que somos como individuos y como pueblos en este siglo, y la entrevisión de un futuro en el que la sociedad humana culminaría por fin en ese arquetipo del que el socialismo da una visión práctica y la poesía una visión espiritual.
Como quien juega a la rayuela (el pon, entre nosotros), la cuestión con esta novela es lanzar la piedra, y saltar.
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Tomado del periódico Granma
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