
A Julia Pérez Montes de Oca muchos solo la recuerdan como la hermana menor de Luisa, más conocida por los apellidos Pérez de Zambrana, este último tomado del esposo. Pero Julia es mucho más que eso. Su poesía, si bien no abundante, tiene perfiles deslindables de los de su hermana, además de un lirismo que ya los críticos le han reconocido en justo afán por buscarle el lugar que le corresponde dentro de las escritoras cubanas del siglo XIX.
Julia nació en un punto perdido del oriente nombrado Melgarejo, en la Sierra Maestra. Dado que su muerte ocurrió en 1875, solo vivió 36 años, tiempo breve que no le alcanzó para dejar una obra extensa, no obstante, lo cual el crítico Max Henríquez Ureña apuntó de ella que «tenía facultades poco comunes para la poesía».
Creció en estrecho contacto con la naturaleza, en medio del paisaje agreste de la Sierra Maestra, y se conoce que sus padres sabían leer, por lo que es muy probable que a la adolescente llegaran algunas publicaciones que se editaban en La Habana y orientaran en cierta medida sus pasos literarios.
Enrique José Varona, quien leyó los versos de la joven, escribió que «fue subjetiva y objetiva a la vez, sin ser dramática, dando el poeta tanto como recibía, y siendo la descripción solo una forma del sentimiento».
El siglo XIX, en que Cuba vive bajo el estatus colonial y la educación es un lujo (imaginemos cuánto más para las mujeres), tiene una figura cimera en la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero también otras poetisas que iluminan el parnaso cubano de una centuria donde los espacios para el desarrollo cultural son muy restringidos entre los nacidos en la Isla.
En 1887 apareció, póstumamente como se aprecia por la fecha, un volumen de Poesías, de Julia Pérez Montes de Oca, editado en Barcelona por gestiones de Domingo Figarola Caneda. Quien lea esos poemas descubrirá una sonoridad natural que aún se disfruta, imágenes logradas, cadencias reveladoras de un espíritu dotado para la versificación.
También se palpa un creciente pesimismo, una tristeza cuyas razones ella expresa en Desesperación:
¡Oh tiempo, tiempo amargo de la vida! ¡Qué lento te deslizas para mí! No me des a beber más desengaños; Corre veloz, que es hora de morir.
A petición de su hermana Luisa, Julia se trasladó a La Habana en 1860, y tuvo entre los capitalinos cierto reconocimiento a sus dotes. Aun así, el temperamento melancólico de Julia la retrajo cada vez más hacia una soledad que apagó gradualmente sus ansias de escribir. Por último, y sabiéndose enferma, se retiró a Artemisa, donde el entorno campestre que mucho amó, de seguro acompañó su espíritu. Julia murió de tuberculosis.
Tú sabes que mi musa cargada de tristezas al mundo nunca ha dado contento ni solaz…
Así escribió un día. Y no el mundo, sino la vida, es cierto que no le dio muchas satisfacciones, aunque un goce espiritual le causó cantar «A un colibrí», «A un arroyo seco», «A un lago», «Al campo», a «La tarde»…
A un siglo y medio de su desaparición física, el 25 de septiembre de 1875, Julia Pérez Montes de Oca, la niña guajira nacida monte adentro, aún nos conmueve con una poesía portadora de sensibilidad, extraordinaria feminidad y elegancia, tres cualidades que le merecen un mayor reconocimiento.
Desde las páginas digitales de Cubaliteraria le ofrecemos un tributo modestísimo, que solo así ella hubiera aceptado sin ruborizar su excesiva modestia.
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