
En Braga, al norte de Portugal, existe una librería que parece fabricada con madera de barca. Se llama La Centésima Página y es conocida por su patio con jardín al que llegan escritores y palomas, y desde donde se escuchan los toques de los campanarios bracarenses.
Dentro, es el laberinto: se juntaron tantos libros que ya no valen ni estante ni sección ni orden. Y como a los visitantes se les da la libertad de hojear y leer los libros sin tener que devolverlos después al mismo sitio, la librería, todas las noches, duerme con una disposición inédita de autores y títulos. Así, no es raro hallar algún cuaderno de poesía entre libros de cocina o algún mapa del Portugal de los romanos junto a la última novela de José Luís Peixoto.

La librería abrió al público el 26 de noviembre de 1999. Ubicada primeramente en la Plaza de la Facultad de Filosofía, en 2005 fue trasladada a la Casa Rolão, en el corazón de Braga. Esta Casa, ejemplo de la arquitectura civil del siglo XVIII, fue construida entre 1759 y 1765 como residencia para Tomé Rolão, importante empresario de Braga dedicado a la producción de seda. El diseño es atribuido al arquitecto bracarense André Soares. El edificio forma parte de la ruta de arquitectura barroca de la ciudad y está clasificado de Interés Público desde 1977.
Es casi seguro que el nombre de la librería viene de una reflexión de Albert Camus: «Si tuviera que escribir un libro de moral, dejaría las primeras 99 páginas en blanco y en la centésima página escribiría solo una frase: “Existe un único deber, el deber de amar”».
Termino estas notas con unos versos de Sophia de Mello Breyner, mujer que respondió con poesía a este deber de la Centésima Página:
A pesar de las ruinas y de la muerte
Donde siempre acabó cada ilusión
La fuerza de mis sueños es tan fuerte,
Que de todo renace la exaltación
Y nunca mis manos quedan vacías.
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