
El destino de la estirpe humana está en el límite de su carne, la muerte representa la condición de posibilidad de la belleza. Sin el término del aliento, el acto carece de peso y el rostro se desdibuja en la marea de la indiferencia. El hombre posee una naturaleza sagrada precisamente a causa de su fragilidad. En los versos de la epopeya de Gilgamesh y en las ficciones de Jorge Luis Borges (1899-1986), la finitud aparece como el don supremo que los dioses, en su envidia o en su sabiduría, otorgaron a las criaturas de barro. La búsqueda de lo infinito resulta ser una fatiga vana, una sed que conduce al desierto de la desmemoria donde el individuo se disuelve en el anonimato de lo eterno.
La historia de Gilgamesh, rey de Uruk, inaugura la conciencia del pánico existencial en la literatura. Este monarca, poseedor de dos tercios de divinidad y un tercio de humanidad, personifica el choque entre la voluntad de potencia y la certeza de la podredumbre. El poema, grabado en tablillas de arcilla bajo la escritura cuneiforme, relata el tránsito de la soberbia a la aceptación. Gilgamesh habita un mundo donde los muros de su ciudad simbolizan la gloria del hombre, un intento de permanencia a través de la piedra. Los dioses envían a Enkidu, criatura silvestre nacida del lodo, para equilibrar el ardor del rey. El encuentro de ambos seres, tras una lucha que termina en abrazo, establece el primer lazo de fraternidad en la literatura. La muerte de Enkidu, tras el desafío a los poderes celestiales, derriba el escudo de la arrogancia real. Gilgamesh contempla el cadáver de su amigo y ve en él su propio futuro: un cuerpo que se convierte en polvo.
El duelo transforma al conquistador en un errante, Gilgamesh inicia un viaje hacia los confines del mundo en busca de Utnapishtim, el único mortal que sobrevivió al diluvio y recibió la vida sin término. Este trayecto posee un carácter iniciático, el héroe atraviesa las montañas del ocaso y cruza las aguas de la muerte con el propósito de arrancar al destino el secreto de la duración. Utnapishtim impone a Gilgamesh una prueba de vigilia. El hombre que desea vencer a la muerte debe vencer primero al sueño, que es la muerte pequeña de cada jornada. El rey fracasa de inmediato, su cuerpo reclama el descanso. La pérdida de la planta de la juventud, arrebatada por una serpiente en un descuido, sella el final de su esperanza material.
Jorge Luis Borges, en su relato titulado “El Inmortal”, invierte los términos de la epopeya mesopotámica para explorar el horror de la permanencia. El narrador, un tribuno romano llamado Marco Flaminio Rufo, emprende la búsqueda de la Ciudad de los Inmortales movido por el relato de un jinete moribundo. En este texto, la inmortalidad se manifiesta como una maldición arquitectónica y metafísica. La ciudad que descubre el viajero constituye un delirio de escaleras sin salida, de ventanas inalcanzables y de pasillos que se bifurcan hacia la nada. Esta construcción refleja la estructura mental de seres que han superado la necesidad del tiempo. En la eternidad, cualquier empresa es vana. Los inmortales han descubierto que en un plazo infinito a todo hombre le ocurren todas las cosas. El individuo se disuelve en una marea de posibilidades donde la identidad carece de relieve. Nadie es alguien, un solo hombre es todos los hombres. Borges sugiere que la divinidad reside en la indiferencia absoluta, un estado que reduce al héroe a la condición de troglodita silencioso.
La presencia de la muerte otorga sentido a cada gesto de la vida. Los mortales resultan preciosos y patéticos a causa de su condición de fantasmas. Cada acto posee el valor de lo irrecuperable. Cada rostro es conmovedor porque está por desdibujarse en el olvido. La finitud permite la elección y la moralidad. Un ser eterno carece de urgencia. Sus actos son ecos de otros actos pasados o presagios de repeticiones futuras hasta el vértigo. Los habitantes de la ciudad borgeana han renunciado al lenguaje porque el comercio de las palabras requiere la distinción entre el ahora y el después. El silencio de estos seres, que viven en cuevas junto a un arroyo impuro, es la consecuencia lógica de una existencia sin límites. Homero, el poeta ciego, habita entre ellos como un troglodita más, habiendo olvidado sus propios cantos tras el paso de los siglos. La palabra escrita y la memoria de los otros constituyen la única forma de persistencia que no degrada la esencia humana.
La angustia ante la desaparición física halla un cauce en la creación estética. Borges afirma que el arte sucede cada vez que un lector se enfrenta a un texto y lo reanima con su propia experiencia. Un libro es un objeto inerte hasta que una voz le otorga aliento. Esta reviviscencia garantiza una forma de inmortalidad que no depende de la duración del cuerpo, sino de la transformación de la idea. El lenguaje mismo constituye una creación colectiva que sobrevive a los individuos. Cada vez que un hombre repite un verso del siglo IX, siente lo que alguien sintió hace mil años. En ese instante de comunión, el tiempo lineal se desmorona. El individuo es, de algún modo, todos los hombres que han muerto antes. Sus voces resuenan en la repetición de nuestra propia palabra.
Miguel de Unamuno (1864-1936), en su reflexión sobre el sentimiento trágico, describe al hombre como un animal enfermo de conciencia. Esta enfermedad consiste en el hambre de divinidad en un ser que se sabe finito. Unamuno rechaza la paz de la ignorancia y la quietud de la lógica, la vida es contradicción y lucha. El sentimiento de la mortalidad es la raíz de la personalidad y de la compasión hacia los semejantes. Solo quien sufre la posibilidad de su propia extinción es capaz de amar profundamente. El infinito en el hombre se ubica en esa tensión, en la capacidad de proyectar un anhelo que desborda los límites de la carne. Gilgamesh, al regresar a Uruk tras su fracaso en la búsqueda de la planta mágica, contempla las murallas de su ciudad con una mirada nueva. No ha alcanzado la vida eterna, pero ha comprendido que su obra es su legado. La construcción de la civilización es la respuesta humana al abismo de la nada.
La dialéctica entre el tiempo y lo eterno se resuelve en la intensidad del instante. El ser para la muerte, concepto analizado por la filosofía contemporánea, establece que la conciencia del fin es lo que otorga unidad y propósito a la existencia. Para los inmortales borgeanos, el tiempo ha dejado de ser un flujo para convertirse en un estanque. La pérdida de la capacidad de morir es la pérdida de la capacidad de vivir. El olvido se vuelve una necesidad para soportar el peso de los siglos. El pasado y el futuro se confunden en una marea gris donde no hay espacio para la sorpresa o el asombro. Gilgamesh, en cambio, vuelve a la linealidad de su destino real. Acepta su papel como rey y como mortal. La verdadera inmortalidad es la huella que dejamos en el mundo sensible.
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