
La noción de lo sublime constituye una de las cumbres del pensamiento estético y su estudio exige una disposición de ánimo capaz de soportar la contradicción. En la tradición de las letras, esta categoría suele asociarse a la elevación, a la majestad de las cumbres o al infinito de los astros, pero tal visión resulta parcial y a menudo estéril por su excesiva verticalidad.
Adolfo Colombres (1944), en su examen de la teoría transcultural del arte, propone una revisión necesaria que devuelve lo sublime al terreno de lo numinoso, un ámbito donde la sacudida de lo sagrado desborda los límites de la razón y de la ética convencional. Esta experiencia es una condición humana fundamental que surge del contacto con una fuerza que nos trasciende y que nos anula en un mismo instante. Colombres recurre a las categorías que Rudolf Otto (1869-1937) definió para lo sagrado con el fin de explicar que todo misterio que rodea lo trascendente posee dos vertientes distintas. Por un lado, el mysterium tremendum desata el pavor y el estremecimiento ante una majestad abrumadora que hace que el individuo perciba su propia nulidad física y espiritual. Por otro lado, el mysterium fascinans ejerce una atracción irresistible, un deleite que embriaga y arrastra al alma hacia una unión con aquello que la sobrepasa, una forma de plenitud que otorga sentido a la caída.
En la poesía de César Vallejo (1892-1938), estas dos caras del abismo se presentan con una crudeza que no admite el oropel ni la falsa belleza. El poeta peruano localiza lo sublime en la herida del hombre concreto, en el hambre, en el dolor de los huesos y en la orfandad que nos deja el silencio de Dios.
El sentimiento de lo numinoso, tal como lo describe Colombres[1], posee una raíz antropológica profunda que se manifiesta en el mito y en el rito como un factor de significación de la realidad.
Lo sagrado es esa zona preservada donde la cultura coloca sus valores esenciales y constituye el mayor abrevadero del arte a lo largo de los siglos. El mysterium tremendum se vincula con el terror original, con el poder del mito de estremecer la conciencia y codificar las transiciones traumáticas de la sociedad. Es el espanto ante lo radicalmente otro, lo que Otto denominó el ganz andere, aquello que rebasa la experiencia natural del hombre y reduce el lenguaje a una serie de sugerencias incapaces de abarcar la totalidad del fenómeno. La majestad de esta presencia impone un silencio que nace del pavor, respuesta visceral ante una fuerza que no se parece a nada humano ni cósmico.
En la obra de Vallejo, este terror se instala en el centro de la vida diaria. El poeta percibe los golpes de la vida como el odio de Dios, una idea que fractura la noción de una deidad benevolente y sitúa al creador en una esfera de crueldad incomprensible. Dios es aquí un ser que sufre como los hombres, un suertero que reparte suerte al azar sin saber siquiera el destino de su entrega.
La cara fascinante de este misterio, el mysterium fascinans, se presenta como el lado deleitable de lo sagrado. Se relaciona con el paraíso, con el deseo de unión y con el sentimiento de plenitud que surge ante la belleza de lo absoluto. Para Vallejo, esta fascinación se localiza de forma recurrente en el hogar, en la figura de la madre y en la mística del pan compartido. La madre es el ser tutelar universal que ofrece un refugio contra la intemperie del mundo; su presencia es una forma de salvación terrestre que el poeta añora con una nostalgia que le desgarra el pecho. El pan es el símbolo de la solidaridad humana, un trozo de materia que el poeta quisiera repartir a todos los pobres del mundo como un acto de expiación por su propia existencia. Este impulso hacia la unión con el otro es lo que Colombres define como el sublime comunitario, una fuerza que se expande de forma horizontal y busca la fusión con el mundo en lugar del éxtasis individualista y ascensional de la estética occidental.
En sus primeros versos, el pavor metafísico se manifiesta en la pérdida de la fe y en la sospecha de que el pasado nos alcanzará para superarnos. Los golpes que el destino blasfema son crepitaciones de un pan que se quema en la puerta del horno , una imagen de la frustración ontológica del hombre que nace para morir. Esta angustia existencial se aleja de los modelos tradicionales y se enfoca en el sufrimiento y en la miseria, elementos que se apartan del preciosismo modernista para introducirse en la psicología deplorable de la condición humana.
El poeta se limita a inscribir sensaciones febriles, recuerdos alucinados e impulsos psíquicos elementales en formas libres de toda sujeción al buen gusto burgués.
La deconstrucción del idioma en Trilce responde a la necesidad de expresar el absurdo de una realidad que ya no posee un centro divino.
El libro es un producto de la cárcel, de ese espacio de soledad y de injusticia donde Vallejo comprendió la grandeza de los humildes y lo irracional de la separación en clases sociales. El título mismo, nacido de la unión de triste y dulce, resume la dualidad de lo sublime: el dolor de los hombres es triste, la vida en hermandad es dulce. En este poemario, la lógica absurda y transgresora suprime la rima y los ritmos regulares para dar paso a una arquitectura visible que obvia las cualidades musicales tradicionales. El uso de la ortografía “incorrecta”, como el verso que busca volver de golpe el golpe [2], tiene el fin de captar la atención mediante lo imprevisto e irracional. Vallejo rompe la sintaxis y vacía las palabras de su sentido lógico normal para llenarlas de una carga afectiva que el lector debe redescubrir en cada caso. Esta libertad del lenguaje está hecha de una terrible tensión, de un equilibrio doloroso entre la necesidad de destruir y la necesidad de reconstruir el mundo sobre bases más humanas.
El mysterium tremendum se hace presente en la cárcel y en la muerte del padre, acontecimientos que el poeta vive como una mutilación del ser. La muerte es un lugar central de ausencia y de vacío que tortura al creador y se refiere a menudo al hambre y a los alimentos. El hambre en Vallejo es biológica; también es espiritual y vital, un hambre de ser que le hace sentirse deudor de la humanidad. Este complejo de culpa se manifiesta en la idea de que, si él no hubiera nacido, otro pobre podría estar tomando su café. La solidaridad es aquí la síntesis ética y estética de su obra, una lección que define la posición del artista frente a su época.
El poeta es un individuo que vive en un universo simbólico, en una red construida por el lenguaje, el mito y la religión. Su rebelión es poética y se moldea en la energía de su escritura, una energía de condensación que busca la precisión absoluta y la eliminación de toda palabra accesoria. El ideal del estilo requiere trabajar sin descanso las elipsis y las sustituciones en virtud de la palabra exacta y de la concisión. Vallejo hiende el fragmento lingüístico con clavos de duda y de cólera contra un pasado vacío. Su obra es un testimonio de su decisión trágica, de su orgullo y de su búsqueda de un poder que no se agote en sí mismo, de una magia que se transforme en don y en filantropía.
El lenguaje poético incorpora piojos, excrementos y miseria para estallar contra la visión de un mundo hermoso y satisfecho. Esta antipoesía es un medio para alcanzar un humanismo social que se inscribe en la ética de la liberación por el amor. La belleza es relativizada y bajada del pedestal idealista. Lo sublime social se evidencia en la capacidad de la voz poética de transir el sentimiento colectivo y de urgir justicia para las razas que sufren.
Para Vallejo, el ritmo es un sentido de algo, un ir hacia un destino que se ignora pero que se siente como una necesidad imperiosa. La repetición rítmica es una recreación del tiempo arquetípico, una transmutación del tiempo cotidiano en mito. El tiempo del poema es distinto al tiempo cronométrico; es un tiempo donde lo que pasó volverá a encarnar para darnos una nueva oportunidad de ser.
En Poemas humanos, Vallejo explora las contraposiciones dialécticas entre la vida y la muerte, lo individual y lo colectivo, lo biológico y lo espiritual. El cuerpo humano es un campo de batalla donde el dolor individual conecta al hombre con la especie entera. El acto de vivir es simultáneamente un acto de agonía, una apreciación de la existencia que surge de la conciencia de su pérdida inminente. El dolor es dialéctico porque nos individualiza y nos une a la vez.
La presencia de lo sublime en la poesía vallejiana también se manifiesta en el uso de la metonimia para elevar la condición humana. El poeta toma al ser humano por la palabra, pues es el acto de proferir vocablos lo que caracteriza nuestra existencia frente al desastre de la historia. El poema apela al diálogo y a la tolerancia como las únicas formas de supervivencia humana. Vallejo analiza al hombre como un animal biológico que posee proporciones animales, pero concluye que es digno de un amor infinito. El abrazo es la síntesis final de todas sus contradicciones, el punto donde el mysterium tremendum de la muerte se rinde ante el mysterium fascinans de la solidaridad. La ética y la estética se funden en una sola categoría que guía al poeta hacia un humanismo social donde los hombres se oyen y se entienden por encima de las fronteras.
La dualidad de lo sublime es la dualidad de la vida misma. La poesía de César Vallejo nos enseña que el camino hacia lo absoluto no pasa por las estrellas, pasa por el estómago vacío, por el dolor del hermano y por el abrazo al enemigo. Lo sublime no es lo que nos separa del suelo; es lo que nos permite caminar sobre él con la dignidad de quien sabe que cada paso es un milagro.
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Referencias
1. Colombres, Adolfo (2012) Imaginario del paraíso: ensayos de interpretación. Editorial Arte y Literatura.
2. Vallejo, César (1975). Los heraldos negros. Edición Casa de las Américas.
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