
Agustina
La que fue linda como la flor de la vicaria, ahora solo masca tabaco y se da sillón en los portales. Tengo una bola de años, me llamo Agustina y soy carbonera desde antes de llegar al mundo en un parto apurado de Cachita, mi mamá. La vieja le botó el agua de lluvia y me parió allí mismo, en la palangana. No hubo tiempo para tanto tarareo o manito pasada. Mi familia fue enterita de carboneros. Yo soy la última de cinco hermanas y no sé qué tiempo hace que llevo andando por los portales, dándome sillón y mascando tabaco, que con uno olvidas y con el otro, por raticos, te desamargas.
Felicita
La mayor de las hermanas. También la que más jalones de trenza sufrió, pues fui rebelde hasta el calcañal. Con decirles que me casé siete veces. La primera, a los quince años. Con aquel mulatico que después se volvió promesa y promesa. A mí sí que no me iban a tener para curarle los piojos a las otras. Fui una venadita color miel. Esos caminos de El Tamarindo los caminé de ida en amorío y de regreso en amorío, y si las cosas no han cambiado de lugar, todavía sé de una ceiba donde un enamorado mío escribió, con un clavo de puerta, catorce veces mi nombre. Porque fui linda y siempre con mi flor de vicaria en el cabello. Arturo, mi último marido, sí cumplió la promesa de arrancarme de aquellos montes. Vinimos a vivir a la ciudad. Nunca más supe de mis hermanas ni de la vieja Cachita. Al fin y al cabo, a los carboneros y a su gente, tarde o temprano, se los traga la tierra. Vivos. Yo logré salir a flote.
Caridad
No sé qué otra cosa nos echaba mamá en aquella leche con apazote que ni yo, ni ninguna de mis hermanas, logramos tener hijos. Pero a la vieja Cachita, con sus mil locuras, no puedo bajarla del altarcito que hice para mis santos. Fue ella quien me encontró en aquel plantío, cuando ya me rodeaba la camada de hormigas. Y me tuvo como a otra de sus hijas. Y por eso me llamo Caridad. Cuando a Cachita le empezó a caer aquella ceguera que hasta confundía a los hombres con perros, me hice cargo de las cosas de la casa, porque mis hermanas solo se alegraron del mal de la vieja. Ahí fue cuando los años me cayeron arriba con toda su sombra de naranja agria. A los cuarenta ya era una vicaria olvidada al sol, con la cabeza aturdida por tanto horario de carbonero y las manos acalambradas por el tizne.
Juana
La patada de caballo me hizo agua las caderas. Con doce añitos, me quedé clavada a una cama, y ahí me dediqué, por lo menos, a tejer sombreros. Primero mamá me tuvo lástima, y después rabia. Nunca cariño. Juana la baldadita se convirtió en solo Juana, con una mueca cada vez que decía mi nombre. Pero yo ni tuve culpa que Ramiro haya amarrado el caballo serrero al lado de la casa, ni que la patada haya venido justamente a arrancarme la vida de las piernas. Cuando son lo que más necesita una hija de carbonera. Las piernas. Si no, se la traga la tierra. Por eso cuando la vieja se quedó ciega seguí como si nada tejiendo mis sombreros, como si solo se hubiera cerrado una ventana con un golpe de viento, o como si se hubiera roto un plato. Allá Caridad, que arrastraba aquella deuda eterna.
Violeta
Tite, porque papá nunca le voy a decir, ni alzaba la voz, y eso cuando se atrevía a hablar. O era vergüenza por llevar quince años arrastrando una familia entera de mujeres y mujercitas con anemia o era miedo, porque Cachita siempre lo estaba midiendo con algún caldero. El viejo se comía su harina en un rinconcito y a veces iba y se sentaba junto a Juana, para la única que siempre tenía alguna vicaria. Sí, dásela tú, porque esa no verá a otro hombre más nunca en su vida, era lo que decía la vieja Cachita. Yo no tuve aquella suerte de Felicita de terminar siendo la mujer del dueño de la finca y los tractores de El Tamarindo. Y como a las Cinco Hermanas los pocos veinte hombres de a la redonda nos tenían miedo, y como yo sola no iba a quedarme, cuando la vieja se terminó de quedar ciega, y ojalá que ciega esté en una oscuridad llenita de relámpagos y truenos, porque paz no era que lo que merecía, me arrimé a Tite, y él me aceptó también porque para los carboneros lo último es la soledad de acostarse sin mujer y levantarse sin mujer. A mí nunca me regaló vicarias, y mis hermanas me odiaron hasta sus últimos días.
Cachita
Conmigo la vida no tuvo ni gracia ni perdón. Me estuvo dando sus palos de sentencia hasta que se acordó. Pero nunca logró hacerme bajar la cabeza, ni ella ni nadie. A mis hijas les enseñé a vivir, a vivir como hay que vivir por estos lugares. Y me pagaron sacándome los ojos. Cuando huí de la casa con quince años, lo último que me dijo la vieja fue «te vas a arrepentir», y esa misma noche quedé embarazada. La maldición se me había clavado en los huesos. A todas las parí de noche y en la misma palangana. Recogí a la que sería Caridad para ver si con eso me ganaba el favor de santos y ángeles. Por gusto, la vida continuó lanzándome las podridas. Todo es por culpa de este hombre que solo sabe hacer carbón y que me ha hecho comerme todas las uñas en su espera. Me llevo para siempre y para mí sola el secreto de las Cinco Hermanas: corté las primeras cinco trencitas que les tejí, y fui descalza hasta el fondo del patio, medianoche, esperé a que cantara el pajarraco, y allí mismo enterré las trenzas, medio brazo bajo tierra, para que no hubiera casualidad. Un viejo conjuro con tal que no anduvieran por ahí soltando hijos. Por eso fue que sembré allí aquellas flores de vicaria, para olvidar.
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