
¿Cuántas crónicas sobre Finca Vigía se han escrito? En un lugar de La Habana hay una casa cuyo nombre suena a vigilancia, a un punto que domina el horizonte y es capaz de trazarlo. Lo primero que encuentras son los jardines, llenos de frutales, sobre todo mangos, caminos de piedras, una pequeña carretera que bordea, luego la fachada. Una leve subida más y ya estás dentro. El recibidor sencillo posee lo básico: asientos, mesitas, libros. En las paredes comienzan a aparecer las piezas de caza. Inmensas cabezas de animales. A un lado, la habitación con una máquina de escribir marca Royal. Allí, de pie, veo a Ernest Hemingway. No lo digo metafóricamente, sino desde la más absoluta materialidad. Está rehaciendo sus diálogos, coloca las palabras donde van y borra otras tantas que sobran. Apenas deja un iceberg de sentido flotando por encima de la corriente del lenguaje. Entonces abandona sobre la cama esas hojas llenas de tachaduras, manchas, suciedad. Hay olor a bebidas alcohólicas. También cierta depresión se siente en el aire, como si él no pudiese respirar del todo. El hombre de tamaño considerable, con físico de boxeador, se mueve dando grandes pasos entre el cuarto y el baño. Allí se pesa, anota en la pared. Los números indican que está perdiendo masa muscular.
En Finca Vigía Hemingway trabajó en cuatro de sus grandes obras. Quizás la más importante, o al menos icónica, —El viejo y el mar— es fruto de su vida en Cuba, el ambiente de la pesquería, su yate, la casa. Al ver cómo el peso va descendiendo en las anotaciones de la pared, vienen a mi mente las teorías acerca del final del escritor: alcoholismo, enfermedad, accidentes, secuelas, depresión, inestabilidad, paranoia. Vivió obsesionado los últimos años con que el FBI tenía intervenido su teléfono. Varias veces la Finca atravesó momentos de tensión. La presencia de Hemingway en La Habana era atrayente, pero a la vez funcionaba como un abismo. Podías caerte sin retorno. Al menos una vez, durante la dictadura de Batista, el lugar fue allanado por tropas que buscaban un lote de armas. El propio escritor declaró estar harto de todo. De la política, de su cuerpo, de la propia literatura, de sus varios matrimonios. El éxito había llegado quizás tarde, cuando el autor no daba más.
«El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado». Eso había escrito en El viejo y el mar. La pelea entre el hombre y la bestia, la resonancia con el mito. A un lado, la piscina sin agua, con el color azul mustio de sus paredes, recuerda el momento de mayor esplendor y también de decadencia. En el interior han crecido unos pequeños musgos de color grisáceo. Uno puede pensar que se trata de las flores de la esperanza. Aunque no haya belleza, ni nada que se pueda resaltar. En Finca Vigía todo es por momentos tranquilo y, de pronto, hay un aire que viene del mar y hace revolotear los papeles, las revistas, los recuadros con anuncios de los toreros. Los nueve mil libros de la casa poseen anotaciones sobre muchas cosas. Hemingway los tomaba, los leía en parte, los dejaba tirados. Hay incluso un pequeño estante cerca de la bañera con varios títulos. Entonces recuerdo que a esta hora él subía hasta la torre blanca, la que está detrás de la casa. Allí también hay libros, un telescopio, una mesa y una silla. Hay, además, tranquilidad. A lo lejos se puede ver la ciudad de La Habana con su ajetreo, mutaciones, decadencia, ebullición, bulla, superficialidad, luces. Aquí nada cambia, desde que en 1962 se convirtiera en museo. El embajador norteamericano había presionado a Hemingway para que abandonara la isla desde 1959. El autor se negó, pero la enfermedad, la paranoia, la debilidad del cuerpo lo llevaron hacia el norte. Luego llegaron Alejo Carpentier y Lisandro Otero, y declararon reabierto el local como un centro de homenaje, literatura y memoria.
Ahora, cuando nos situamos en lo alto de la torre y colocamos el telescopio hacia los Estados Unidos, podemos imaginar que el gigante regresa. Hemingway había dedicado su Premio Nobela la Virgen de la Caridad del Cobre. También recibió la Llave de la Ciudad de Matanzas de manos de Carilda Oliver. En una entrevista con la televisión se declaró «cubano sato». En su casa se conspiró para la expedición de Cayo Confites contra el dictador Trujillo —un suceso en el cual participaron varias figuras importantes del panorama de la época—. En esas acciones, el escritor no tomaba distancia, sino que se mezclaba, se ensuciaba del barro, de la arena del mar, del sudor producto de las altas temperaturas de la isla. La gente lo veía como un yanqui «colorao», que a veces estaba en la barra de El Floridita, acodado, haciendo anotaciones. No había pose, nada lo distinguía, a veces tomaba demasiado, quizás muchas veces.
En el patio hay varias tumbas de sus gatos. Tienen puestos los nombres. Hay ternura en el gesto, hay memoria. Detrás, el yate Pilar cubierto por una lona, como esperando ser usado. Más allá veo la sombra de los submarinos alemanes asediando la isla, la cara contorsionada del escritor que les da caza, el estallido de un torpedo en medio de la noche. Me pregunto qué lo movía a colocarse en peligro, por qué alguien como él hecho para las letras sintió tanta necesidad hacia el dolor, las situaciones extremas, el estrés, la presión ¿Será que la literatura lo gobernaba? Quizás el arte fuera su estrella de la tarde, ese lucero infernal que está relacionado con la muerte, la maldición.
En Finca Vigía, además, escribió su libro París era una fiesta, acerca de su vida como joven escritor y periodista décadas atrás. Los años del aprendizaje, los primeros choques con otros autores, las desavenencias. Aquella lejana felicidad se mezclaba con la intensidad de la existencia habanera. Cuba y Francia formaron el contrapunteo entre la pobreza inicial y el reconocimiento y la abundancia finales. Sin embargo, aunque en París fueron los años duros, él los recordaba con cariño. La fiesta perpetua en la cual aún podía sentirse el espíritu moribundo de la capital francesa —la de una tardía belle époque— lo llevó a dejarnos un libro que sin dudas funciona como una crónica de viajes en el tiempo, un ensayo sobre el mundo cultural europeo, una nostalgia por la vida que poco a poco se le escapaba al escritor en sus achaques. La Habana era una fiesta, pero diferente. Lo era por la cercanía humana, por el apego, por la vivencia que requiere la mente de un artista para recrear mundos. La Habana y París eran mutuamente ciudades deudoras. Una aportó la pobreza y las influencias culturales, otra le dio a Hemingway el hogar, la casa y la torre.
Desde lo más alto, cerca del telescopio, se siente un penetrante olor a costa. Sobre todo cuando el aire sopla de frente. Los árboles se agitan y pareciera que la casa se va a despeñar por el barranco. Imagino que todo cae, se destroza, se vuelve un amasijo. Siento que la memoria posee esa doble cualidad: cuando la tenemos ya la estamos perdiendo. Es como París (el recuerdo, lo inasible, la fiesta) y La Habana (lo tangible, la finca, el yate); pero ambos estadíos de la materia son intercambiables, se funden, generan confusión. ¿De ahí que Hemingway fuera perdiendo peso? Quién sabe hacia dónde iba la masa muscular que el amante del boxeo estaba dejando por el camino. Quizás se trataba de un viaje de regreso a la antimateria del arte.
Vivo en Cuba porque amo a Cuba —eso no quiere decir que me disgusten algunos otros lugares— y porque aquí tengo privacidad cuando escribo. Si deseo ver a alguien, solo tengo que ir al centro de la ciudad.
Así escribía en una carta Ernest Hemingway el 12 de enero de 1960. Ya el disparo estaba en el horizonte, también el tratamiento con electrochoques. Dejo el documento a un lado, junto a los papeles llenos de borrones, donde los diálogos se tornan difusos y desaparecen. Desde lejos, me llega un rumor. ¿Los personajes, quizás los cuentos no escritos, los sueños y las esperanzas truncadas? Trato de discernirlo, pero no puedo. Entonces, todo queda en silencio.
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