
La creencia intelectual de que la magia es una superstición superada o, en el peor de los casos, un truco de salón, ignora que el único milagro posible reside en la abolición de las fronteras, y que tal abolición exige un sacrificio que pocos están dispuestos a pagar: el sacrificio de la identidad lógica. El relato «Dentro y Fuera», Hermann Hesse (1877-1962) nos arroja un tratado de demonología psicológica donde el protagonista, Friedrich, encarna la tragedia del hombre occidental atrapado en la cárcel de su propia razón. El vehículo es obsesión contemplativa, la «idea fija» que, cual parásito, devora al huésped para permitirle nacer a una realidad superior. La magia es el colapso de la distinción entre el observador y lo observado.
Friedrich se nos presenta como un hombre que ha construido su vida sobre la premisa falaz de que el «Yo» y el «Mundo» son entidades discretas, separadas por una piel impermeable. Su desprecio por el misticismo de su amigo Erwin es miedo. Miedo a reconocer que su fortaleza racional está edificada sobre arenas movedizas. Cuando Erwin le presenta esa figurilla de arcilla, ese ídolo silencioso, Friedrich cree ver un objeto inerte. La obsesión que comienza a germinar en él, brota de su propia necesidad reprimida de caos. La «magia» está descrita como un proceso de asimilación violenta.
Debemos entender la obsesión no como una patología, antes bien como una técnica ascética involuntaria. La mirada de Friedrich regresa una y otra vez a la figura.
En ese acto repetitivo, en esa fijación maníaca, se erosiona la dictadura del tiempo y del espacio. La lógica afirma que A es A y B es B. La obsesión, al saturar la conciencia con un solo objeto, funde A y B en una amalgama indisoluble. El protagonista cree estar analizando la figura, cree estar juzgándola con su intelecto superior, cuando en realidad está siendo desmantelado por ella.
Al volcar toda su energía psíquica en ese «Fuera» que representa el ídolo, Friedrich vacía el «Dentro». Se produce un vacío que la naturaleza, horrorizada, se apresura a llenar. Y lo llena con la sustancia misma del universo. Su mente lógica debía quebrarse para que la verdad pudiera entrar.
El drama se intensifica porque Friedrich lucha. Su resistencia es la resistencia del ego que se niega a morir. Intenta ridiculizar al objeto, intenta racionalizar su fascinación. Es inútil. La «idea fija» ha echado raíces en el estrato más profundo de su ser, allí donde la lógica no gobierna. Hesse nos muestra, con crueldad exquisita, cómo las defensas intelectuales caen una tras otra. El hombre que despreciaba la magia se encuentra practicando el ritual más antiguo de todos: la adoración. El ídolo es parte de él. Lo que estaba fuera siempre estuvo dentro.
La fealdad de la figura, ese aspecto que tanto le repelía al principio, se revela necesaria. La belleza distrae; la fealdad obliga a mirar con atención, exige una confrontación. El ídolo reta, y Friedrich, en su arrogancia, acepta el reto sin saber que firma su sentencia de muerte como individuo y su partida de nacimiento como ser cósmico.
La figura de Erwin, el amigo místico, funciona como el hierofante que entrega la llave, mas no cruza la puerta. Erwin sabe, pero Friedrich experimenta. Hay un abismo entre el conocimiento intelectual del misticismo y la vivencia desgarradora de la unidad. Friedrich, el hombre de la lógica, estaba mejor preparado para esta caída que el propio Erwin. Porque solo aquel que ha construido muros muy altos puede experimentar el vértigo sublime de verlos derrumbarse. La rigidez de Friedrich era la tensión necesaria para que la cuerda se rompiera con la fuerza suficiente y lo lanzara hacia lo infinito.
Hesse sugiere que la verdad reside en la paradoja. «Nada está fuera, nada está dentro», reza la sentencia final. Esta verdad debe ser sufrida, y la obsesión es el sufrimiento necesario. El protagonista debía perder la razón para encontrar el sentido.
Resulta fascinante observar cómo el lenguaje mismo del relato cambia. La prosa seca y analítica del inicio, reflejo de la mente de Friedrich, se vuelve densa, húmeda, cargada de símbolos a medida que la asimilación avanza. El estilo acompaña la metamorfosis. La obsesión no solo altera la percepción del personaje, altera la textura de la realidad narrada. El lector atento sentirá que el aire se espesa, que las palabras pesan más.
Solo la concentración feroz, esa que ignora el hambre y el sueño, esa que borra el mundo circundante para centrarse en un punto único, tiene el poder de perforar la tela de la ilusión.
El terror que inspira este cuento proviene de nuestra propia cobardía. Tememos, igual que Friedrich, perder el control. Tememos que si miramos algo con demasiada atención, ese algo nos devore. Y tenemos razón. La asimilación es inevitable. Si uno mira el abismo, el abismo entra. Friedrich miró al ídolo y el ídolo entró. Pero al entrar, trajo consigo el universo entero. La pérdida del «Yo» pequeño fue la ganancia del «Yo» grande.
Consideremos la materialidad del objeto. Arcilla. Tierra. Materia prima. Friedrich, el hombre de ideas abstractas, es derrotado por un trozo de tierra. Es la venganza de lo concreto sobre lo abstracto. La obsesión lo obliga a bajar de su torre de marfil y besar el suelo. La «magia» es este retorno a la base, este reconocimiento de que el espíritu no flota sobre las aguas, está en el agua, es el agua. La obsesión clava al espíritu en la cruz de la materia para que pueda resucitar.
Hesse no nos dice que todo saldrá bien. Nos dice que para ver la verdad hay que destruir la mentira, y que nosotros somos la mentira. Cuando Friedrich no puede explicar por qué ama/odia al ídolo, ha comenzado a comprender. El fracaso de su lógica es el triunfo de su ser. La «Idea Fija» es el ancla que nos impide ir a la deriva en el mar de la trivialidad. Friedrich se aferró a su ancla y se hundió hasta el fondo, donde encontró que el fondo y la superficie eran lo mismo.
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