
La lengua portuguesa ha regalado prodigios notables, y entre ellos se encuentra un brasileño universal. Carlos Drummond de Andrade (1902-1998) es un descubrimiento y consuelo para todo el que necesite poesía. Admirador del maestro Pessoa, Andrade logró cultivar una poética firme, como el hierro de su natal Itabira.
En 1930 publicó su primer libro Alguna Poesía, donde empieza a exhibir los conflictos del hombre ante el mundo. Su estética pareciera en un inicio popular, por su cercanía con lo cotidiano y común, clasificarlo de esta manera es simplificar su grandeza, más que popular es humano. Prescinde de andamiajes estéticos para dejar la palabra en todo su peso, más allá de la etimología, es el verbo en sangre como confesión colectiva del alma. Bien pueden ser sus versos los sollozos de un cocinero o las penurias de un barón, porque no hay distinción en el espacio de sus palabras, tan puramente dichas como la hermosa tristeza que nos acompaña. La verdadera literatura puede tomar muchas formas, pero siempre es un abrazo con el origen, con la gente; y pasa común, como el oxígeno para todos los hombres.
En el poema «Poesía», de Drummond, se encuentra una clave que se repite en toda su obra, el traslado del acto creativo a la totalidad de las cosas, «la poesía en este momento inunda mi vida entera». Así declara su posición y su proeza, la misma de la cual se burla en otros textos, condenando el inmovilismo intelectual. Su creación es una forma de defender esa sátira, sin encumbramientos, sin ribetes, clara, fuerte y en movimiento como la corriente del río, reflejando una imagen incómoda de nosotros mismos.
En él, el hecho físico se identifica con el poético, y es la poesía una forma de encontrarnos desde el cuestionamiento diáfano de la condición humana. Se parece a un cronista de cotidianidades sublimadas, pero esa es precisamente su grandeza poética, llevar lo magnánimo de la poesía a la simpleza de la vida, que es, a fin de cuentas, la mayor obra.
Como buen poeta, disfruta de las metamorfosis líricas propias de cada libro. Hecho extremadamente difícil es construir una poética sólida sin redundancias, y esto es algo que logra a profundidad. La clave está en el equilibrio, el del ritmo, las palabras y la imagen, abarcar todo con dominio pleno de la poiesis.
La soledad del individuo frente a la masa constituye un eje de tensión bajo la superficie de sus textos. Existe una fractura entre el yo íntimo y el ruido del progreso exterior. Esta escisión produce una mirada de soslayo hacia la historia oficial. El poeta observa el desfile de los siglos desde la quietud de un rincón de Minas Gerais. Sus palabras están en un espacio de resistencia contra la banalidad del éxito social. Cada pausa en el verso equivale a un acto de fe en la precariedad de la carne. La fragilidad humana es una fortaleza ante el monstruo industrial. Hay una búsqueda de la esencia en los escombros de la civilización. Esta disposición espiritual define una postura de humildad radical, el poeta rechaza los laureles para abrazar la ceniza de los días humildes.
La trascendencia se da en el reconocimiento de nuestra propia finitud. El asombro nace de lo pequeño y un insecto en la pared o una mancha de humedad en el techo adquieren proporciones de mito. Es una épica de lo minúsculo, el autor construye un refugio de palabras para proteger la llama de la sensibilidad. No hay rastro de autocompasión en sus páginas.
El tiempo se manifiesta como una sustancia densa que envuelve los cuerpos. El presente es el único territorio posible para la palabra, no hay promesas de futuro ni nostalgia por el pasado. Cada instante posee un peso específico que el poeta registra con precisión. La muerte como compañera de mesa impulsa la urgencia de vivir en el hoy.
La noción de una divinidad esquiva impregna la arquitectura del pensamiento lírico, el autor se aleja de los dogmas para hallar lo sagrado en el barro, en la liturgia del vino y el cansancio. El asombro ante el milagro de la existencia sustituye a la fe ciega. La honestidad del poeta es su negativa a ofrecer consuelos fáciles.
En la sencillez de un verso cabe todo, y es metaverso de su creación: «mundo mundo vasto mundo». Todo en las manos del poeta, no como pequeño dios al estilo de Huidobro, sino como orfebre de la amalgama universal, para dejar el poema como joya perfecta, muestra de la bella rudeza de los metales, eso es el mundo y sus poemas.
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