
Hay cosas grandiosas que nos suceden en la vida y que nunca imaginamos ocurrirían. Me vienen a la memoria hechos como aquella tarde en que estuve frente al famoso cuadro Las Meninas de Velázquez, que desde muy pequeño veía en los libros y de pronto pude encontrarme así, frente a algo que desde lejos me había resultado siempre tan familiar. Igualmente recuerdo mi primer encuentro con la nieve, fue en la década de los ochenta en la ciudad de Moscú, siempre viéndola en películas, en postales de navidad y ahora la podía palpar con mis manos. Similar sensación he tenido, en estos años que ya se acercan a la puerta del adulto mayor, cuando tuve la buena suerte de compartir con el escritor Manuel Vázquez Montalbán, o tal vez cuando escalé el volcán de El Chimborazo, esos monstruos que siempre vimos en las películas vomitando esa sustancia que destruía ciudades y exterminaba a los humanos y logré estar cerca de esa boca que siempre me aterrorizó.
Pero de todos estos eventos anhelados hay uno que quizás nunca pude imaginar, ser el vecino de alguien que, desde mi adolescencia, venía siguiendo muy de cerca, sobre todo porque me acercaba, con un halo de esa enseñanza plagada de una espiritualidad sin límites, al maestro Martí, y realmente, nunca pudo pasar por mi mente el hecho de que ese importante intelectual cubano se convirtiera, de la noche a la mañana, en mi vecino. Ese que, en las mañanas, cuando bajaba a mis labores del día en el ascensor, siempre esperaba con cierta ansiedad su parada en el cuarto piso, porque al abrirse la puerta estarían esas dos sonrisas cargadas de nobleza, con ese dulce «buenos días», y ese enseguida preguntar cómo estaba la familia. Era el mejor de los desayunos: la imagen de Cintio y Fina compartiendo el breve viaje en el ascensor del cuarto piso a la planta baja. Entonces salíamos juntos, riéndonos de cualquier situación surgida o de un comentario de Cintio o de Fina, o de las personas que siempre le acompañaban hasta llegar a la escalera de salida, donde era inútil intentar tomarlos del brazo para ayudarlos, pues enseguida Fina reclamaba su puesto por derecho propio, y decía con una serenidad sin límites: «Tranquilo, que los dos nos aguantamos el uno al otro, ya estamos prácticos, son muchos años tomados de los brazos».
Es la dinámica del comportamiento de Cintio, sustentado por esa estructura que rige la conducta humana y una historia, donde su sentido personal era, precisamente, el magisterio, ese afán de transmitir conocimientos, de enseñar, de compartir no solo conocimientos, sino su rica sensibilidad, lo que le propició una vida plena, con objetivos y metas bien delimitados. Sabía lo que quería y hacia dónde, y con quién iría, se apropió del modelo no solo teórico, sino espiritual, del maestro mayor, de nuestro José Martí y conformó su vida sobre los sólidos principios martianos, no solo promoviéndolos sino ejerciéndolos en su cotidianidad. De ahí su mantenido y adecuado nivel de autoestima, de autoseguridad, de confianza en sí mismo, que le propiciaba la intimidad natural y espontánea con el prójimo, de sus decisiones sin vacilaciones en los momentos en que era necesario tomarlas, a pesar de ir en contra de sus beneficios materiales; siempre preocupado por engrandecer su esencia sentimental y transmitirla hasta donde más pudiera, ya fuera de forma personal o a través de su obra literaria. Y aquí sí podemos hablar de una personalidad, no en el sentido en que habitualmente se emplea en estos casos cuando alguien se ha destacado por su obra en cualquier esfera de la vida social y decimos «es una personalidad de la cultura o de las ciencias», hablo de esa personalidad que, desde la vertiente psicológica, define el comportamiento humano, en este caso, el de Cintio Vitier, una personalidad estructurada sobre la base de valores tan imprescindibles como la honestidad, la sinceridad, la verdad, la austeridad, la franqueza; con una alta inteligencia intelectual y emocional, sobre la cual se erige su obra literaria; con un carácter adecuadamente estructurado, pero tampoco un superhombre, sino uno más con virtudes y defectos, pero todo muy bien sazonado con eso que llamamos en el sentido más estricto y completo de la palabra, cubanidad.
Y una tarde nos llegó aquella noticia, que lógicamente nunca deseamos escuchar, pues, aunque siempre pensamos que estamos preparados para recibir este momento, natural y lógico por demás, todo lo que nace tiene que morir, hay cosas que nacen y crecen tan bien que no podemos imaginar que puedan morir, o mejor expresado, que puedan desaparecer físicamente.
Por eso, al día siguiente, en la mañana, cuando bajaba como es habitual en el ascensor, paré en el cuarto piso, pero no estaban Cintio y Fina, sino su vecina más cercana con el pequeño Iker de brazos que lo llevaba al Círculo Infantil, y en la sonrisa de este pequeño pude encontrar ese retozo de Cintio, sereno, amable, tierno y fuerte a la vez, esa mirada que proyectaba decisión y firmeza, y mucho más que todo esto, cuando el pequeño y su madre me dieron los buenos días, sentí la voz de ese amigo que nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo, nos mostró con creces, la tremendísima estatura espiritual de nuestro José Martí.
Cintio, mi ascensor continuará deteniéndose en el cuarto piso. Fina ya no vendrá con usted, pero su sonrisa se duplicará para que la suya esté siempre presente, y continuaré dándole los buenos días a los dos. No lo haré solo por mantenerle vivo, sino para conservar —en el plano personal será imprescindible— el sonido peculiar de sus buenos días y mucho más que eso, esa sonrisa, única e irrepetible: la sonrisa de Cintio.
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