
Cuando lo conocí, él era ya un sobreviviente de la guerra. No vi al hombre que combatió, al que estaba hecho para el humo de las explosiones y las esquirlas en la trinchera, al que asumió la culpa, la injusticia y el acero; vi al ser que caminaba un poco encorvado, de una delgadez llamativa, pero no exagerada. Su rasgo más prominente era, no obstante, una sonrisa hecha con sutileza. «La misma sonrisa de los chinos», pensé entonces vagamente. Eduardo Heras León nos recibió en el castillito del Centro de Formación Literaria de La Habana.
«Julio Cortázar dividió el mundo entre cronopios y famas, los primeros eran seres originales, creativos, llenos de energía; los segundos, rutinarios, correctos, adaptables. Desearía que todos sean cronopios», nos dijo.
En lo alto de ese salón de recepciones, una fotografía de Onelio Jorge Cardoso, el escritor que le daba nombre a la institución. Y yo como villaclareño que crecí leyendo esas historias de «Francisca y la muerte», de «Moñigüeso», de «Taita diga usted cómo», me sentí en casa, acogido, pero con una sensación de extrañeza.
Los días pasaron entre sus clases y las de otros profesores. No enseñaba técnicas literarias, las mostraba. Cuando leía era como si los personajes acudieran a nuestro encuentro en esa aula que a las once de la mañana respiraba el calor habanero. A veces empapados en sudor, discutíamos sobre cajas chinas, datos en elipsis, retrospectivas ficcionales, estructuras en abismo, vasos comunicantes. Allí le empezamos a decir El Chino, con sencillez, sin aspavientos. Él, de inmediato, se modificó para nosotros, se achicó, bajó de su pedestal de figura literaria y asumió ese sobrenombre: El Chino. No importaba que supiera mucho más, que hubiera estado entre otros autores y los conociera como sus amigos y colegas —hablaba acerca de García Márquez como de un vecino—, el profe siempre se sentaba entre sus alumnos, comía su merienda, brindaba lo que tenía en su casa y volvía a empezar, como si tuviera, él también, veintitantos años.
«Este cuento es una joyita, pero sin dudas mejorable, trabaja el narrador, acércalo a la conciencia del protagonista, pero no demasiado, haz que muestre una frialdad como de conmiseración, una frialdad empática», esos eran sus consejos, esa era su voz un poco aflautada, aguda, paciente, a veces temblorosa para criticar.

En el libro Los pasos en la hierba los personajes no son perfectos. Se trata de combatientes que sienten miedo, que están confundidos, que dudan acerca de su lugar porque la historia los supera. Se trata de personas que no eligen un destino que deben enfrentar. El libro, polémico en su momento, se alejaba del canon del realismo socialista y era mucho más cercano a otras vertientes realistas de aquellos años en la literatura latinoamericana. Los personajes se quebraban, eran apocados ante las exigencias, actuaban de manera divergente. En su tiempo alguien los calificó como «anormales». Eduardo Heras León, que estuvo en la gesta de Girón, los había construido a partir de miedos, arquetipos, luchas internas, indefiniciones humanas, dolores y oscuridades. Era la contracara de la épica, la porción transparente del alma que tiembla ante el peligro. No fue comprendido, se le pidió que las metáforas no apuntaran hacia los matices, se le dijo que la insuficiencia en ese momento no era oportuna. Eduardo Heras narra aquel episodio ante nosotros, con uno de sus cuentos en la mano. Luego lo lee. Así comienza «El teniente»:
Desde que llegamos a este campamento he comprendido que los próximos meses van a ser los más difíciles de mi vida. Vamos a repetir, con centenares de hombres, episodios que ya conocemos, órdenes molestas, inhumanas a veces.
Los pasos en la hierba obtuvo Mención Única por parte del jurado del Premio Casa de las Américas en 1970. El Chino no era un autor exitoso en los concursos, además, por el camino, dejaría de escribir muchas historias. Poco a poco, luego de aquel volumen de cuentos, se fue diluyendo en otras personas y obras.
«Ustedes escribirán los cuentos que yo no escribí», solía decir. Y en ese momento, a mis 19 años, no lo pude entender del todo. Era yo tan ingenuo, tan desconocedor, tan insuficiente como los personajes que él narrara. También yo hubiera titubeado, habría sido un hombre con dudas, con miedos, sin la fortaleza de la épica.
El castillito del Centro Onelio era nuestro punto de reunión. Los dos grupos de escritores, el de La Habana y el de provincias, coincidíamos por las tardes para recibir una sesión única. A veces nos acompañaba alguna de las tantas personalidades que pasaron por ahí: ensayistas, narradores, guionistas de cine, críticos. Era una universidad popular. Recuerdo a una joven de un barrio marginal de la ciudad que dijo: «Ustedes me salvaron, en el peor momento de mi vida». No pregunté mucho, pero sentí que el Onelio le dio un poco de aire, de esperanza en algún instante de su oscuridad. En el 2008 había dificultades, no siempre dispusimos de confort. En las noches, en ese humilde hotel donde nos quedábamos, a veces no había corriente eléctrica. Entonces aprovechábamos para reunirnos a la luz de la luna, en el salón y debatir sobre aquello que vivíamos. Nos parecía una ficción, una irrealidad, un cuento más.
Nuestra universidad popular tenía un antecedente claro. El Chino, durante sus años de trabajador en una fábrica de acero, fundó un taller literario con los obreros. El contraste entre la dureza del metal y la belleza de la ficción literaria dio paso a un renacimiento de su obra. Apagado por la incomprensión, floreció como un asfódelo, en los peores sitios, en la oscuridad, en la arena. Su lección de permanencia y fidelidad hacia el arte será siempre inolvidable.

Años después, cuando se reeditó Los pasos en la hierba, Eduardo Heras León lo dijo durante el acto de presentación: «defiendan esto». Se refería a la obra como inmanencia, a la literatura como causa, a la belleza como poder que no cede, sino que, como el agua, posee la capacidad de sortear, adaptarse, permanecer, vivir en ciclos. No pude estar en esa oportunidad cerca de él, pero nos escribimos por las redes sociales. Lo sentí feliz. «Es una fortuna ver que luego de tantos años y contratiempos se le reconoce a uno», me dijo por Messenger. Heras había congeniado el acero con la imperfección. Ambos extremos de una misma metáfora conformaban la esencia de su acercamiento a la literatura. Algo así como ni estar tan cerca que te quemes por el sol, ni tan lejos que quedes en penumbras. Imaginé en ese momento su rostro desde mi hogar en Remedios. Lo vi sonreír otra vez.
Esta no será una crónica habitual donde se habla de la desaparición física del protagonista. Todos saben que Eduardo Heras León gozó del reconocimiento total ya cuando era un anciano. El Premio Nacional de Literatura llegó cuando sus alumnos estaban escribiendo las obras que él solo pudo soñar. No obstante, quiero recalcar que El Chino siempre nos dijo, en conversaciones privadas, cuánto le costó florecer y cómo lo hizo a pesar del acero. Si la literatura sirve para algo tendría que ser para sobrepasar la realidad, para construir otra realidad mejor en la cual quepan los inadaptados, los cronopios, los anormales, los que dudan, los imperfectos, los que son a medias, los que no alcanzaron premios, los que no fueron famosos. Allí es donde la sonrisa, esa sonrisa de los chinos, vuelve a brillar y toma sentido.
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Ver también Homenaje a Eduardo Heras León
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