
Hace más de diez años yo era un muchacho que creía en la posibilidad de ser escritor. El desaliento, el dolor, el desgano no me habían tocado aún, si bien algo ya sentí que jalaba mi condición hacia el abismo. Como reportero de provincia, mi tarea consistía en entrevistar a personalidades de paso por la ciudad que, por entonces, estaba cumpliendo 500 años. Las fachadas de Remedios poseían un brillo engañoso, de último momento. Las puertas de las casas despedían ese olor a pintura fresca sobre madera vieja con comején y con tachuelas sueltas y barras de metal deformes. Fue, precisamente, en uno de esos patios coloniales, donde conocí a Antón Arrufat. Era él un hombre encorvado, flaco, pero no demasiado. Su figura mostraba cierto aire aristocrático al bajar la escalera del Hotel Mascotte. Debajo, a pocos pasos, alguien nos presentó.
—Maestro —le dije— ¿me concede una entrevista?
—¿Esta emisora se oye por alguna parte?
Su respuesta, llena de doble sentido, me pareció la de una persona a la altura de su calidad literaria y de una inteligencia tan aguda como filos cortantes usados en un matadero. Ya me habían aclarado que Antón era «de armas tomar». En la mitología de pasillos de la literatura cubana, su lengua bífida era capaz de las frases más elaboradas así como de los pensamientos más poderosos. Con pocas palabras desnudaba la intención del otro. Y, en ese caso, el otro era yo.
En el Hotel Mascotte ocurrieron sucesos que pudieran estar en una novela o un cuento. Allí, más de un siglo atrás, se reunieron los representantes de los ejércitos norteamericano y cubano para acordar el licenciamiento de los mambises y el fin definitivo de las hostilidades. Figuras como Máximo Gómez y Robert Porter (representante, este último, del gobierno de los Estados Unidos) se miraron con desconfianza, defendieron posiciones contrapuestas y estaban, a fin de cuentas, obligados a un acuerdo para definir el futuro de la nación. Justamente debajo de esas columnas del Hotel, un grupo de escritores y lectores se dio cita para escuchar a Arrufat, quien deleitó la tarde con sus poemas. Era imposible no unir un escenario con otro, no tener en cuenta las capas de sentido. Arrufat había dado la guerra solitaria por la creación y la literatura desde su polémica con la obra Los siete contra Tebas; mientras que en Remedios, en ese lugar, dos países midieron sus fuerzas no con armas, sino con la palabra, la diplomacia, el poder de la cultura.
Nos sentamos uno al lado del otro, pero sentí que en la entrevista había un tercero que era invisible. Lo fui percibiendo en la medida que todo avanzaba. Sirvieron unos chocolates que Arrufat tragó con rapidez junto a una taza de café.
—A mi edad ya se escribe en clave. No sé si sabes a qué me refiero. Mi origen catalán me lleva a ser una persona ambiciosa, como también lo eres tú porque eres joven y eso está muy bien, pero debes aprender esto que te digo.
Arrufat comenzó de esa manera una diatriba acerca de la creación y el papel del escritor, su libertad ante el poder y la manera en que puede sortearlo. Me habló sobre Racine y la manera en que trató a las autoridades de su época. A cada rato, se acomodaba en el sillón, echándose hacia atrás y cruzando las manos. Era un gesto característico que le vi hacer en muchos documentales por la televisión. En sus ojos, detrás de unos espejuelos un poco nublados, había un brillo casi inhumano, afilado. Esa resonancia bajaba hacia su garganta y salía en forma de silbido mientras emitía palabras.
—Entonces, debes decir las cosas en forma de metáfora, para poder vencer. Usar la sutileza del lenguaje, el poderío del autor.
—¿Qué es lo más duro que le ha tocado vivir? —quizás esa pregunta era un lugar común, me arrepentí de hacerla, pensé que en ese instante de la entrevista se reiría de mí o daría una de esas respuestas irónicas que desarman.
—El silencio, pero ni siquiera eso me destruyó.
Mi pequeña grabadora de entonces tenía problemas y a cada rato yo la estaba mirando para prever alguna avería y que todo no fuese en vano. El escritor me dio varios detalles sobre el misterio de la hoja en blanco y el nacimiento de los personajes, la atmósfera y el drama. Dijo que hacer que algo pase del plano literario al real era un oficio de sombras. Muchas veces, frente al espejo, esas sombras se le aparecían. En dicho instante, percibí que algo, ligeramente, se movió en la siguiente silla que estaba vacía. Fue como una sensación de otra vida, una que se percibía más delgada, deshecha, muerta. Arrufat fue el albacea de Virgilio Piñera y muchos creen que su fantasma lo acompañaba. Algunos sostuvieron esto a manera de metáfora, otros como una vivencia metafísica. Lo cierto es que, en la medida en que nuestro debate se salía de los cauces meramente formales y se adentraba en discusiones; ese algo iba dejando pistas, ya fuera por una sutileza parecida a un olor o por el miedo que tanto definió a Piñera a lo largo de su obra y que lo atrapara en vida.
Le hablé entonces sobre un cuento mío en el cual un personaje se corta a la mitad. Le dije que era porque vivía en una casa en el medio del mundo y —cuando se movía de una habitación a otra— cambiaban los sistemas, las ideas, la moral. De manera que no pudo resistir esa identidad escindida.
—No creo que sea publicable —me dijo Arrufat— ¿te has puesto a pensar todos los vectores de sentido de ese texto?
Saqué una pequeña hoja impresa a láser en mi casa. Le leí la narración, cerró los ojos y cuando los abrió volvió a decir lo mismo. Para él la metáfora debía esconder más, enterrar casi la totalidad y mostrarnos apenas un iceberg doloroso, lleno de pus, como las críticas que en ocasiones me dijeron que hacía el propio Antón.
—Tu problema es sobreexplicar, deja que el lector entre solo en la trama, permítele que caiga y se equivoque. Un cuento es un acto de extrañamiento. No le des todo masticado, saca al periodista, deja que se manifieste el escritor.
Arrufat me estaba dando consejos para un cuento imperfecto, de una factura juvenil, casi adolescente. La entrevista había derivado hacia un taller literario. Y dicen que él no era precisamente buen preceptor, sino que se comportaba de manera exigente, incluso un poco tajante, inflexible. El hombre que estaba ante mí se sentía cansado. Una pequeña joroba de la edad revelaba que ya no eran sus mejores años. La gira que hacía por Cuba resultaría larga y terminaba en Santiago. Remedios le pareció, en sus propias palabras, una villa demasiado perfecta, de esas que se muestran en las películas del neorrealismo italiano y en las cuales pasan cosas terribles. Material literario puro.
—Maestro, ¿no ha sentido que hay algo en la otra silla?
—¿Aquí? —señaló hacia el cojín vacío, sonrió.
—Sí.
—Cuando la edad avanza, hay nuevos poderíos que nos acompañan.
Arrufat ordenó otra taza de café. Se acomodó en el espaldar, ajustó sus espejuelos. Una arruga larga, pausada, le atravesaba el rostro. Recordé las fotos en las cuales aparecía ese joven lleno de candidez y sueños. Uno de los autores más prometedores de su tiempo, uno de los que supo hacer desde temprano una obra. Ahora, al cabo de décadas, cuando gran parte de aquella generación ya había partido hacia el Hades, el destino me dio la oportunidad de contactar con los muertos a través de uno de sus sobrevivientes. El escritor había traído desde la capital varios de sus libros. Los colocó en una mesita cercana, a cada rato los tomaba, los abría. Eran como reliquias.
—No creas en esas historias, muchacho, témele a los vivos no a los muertos.
Esa frase, dicha con el tono familiar de quien ha vivido y visto, sonó más pesada, como si saliera de un gran dolor que no osa contarse. Sin dudas, la entrevista dejó muchos vacíos, por momentos mi grabadora se detuvo como si alguien la accionara desde las sombras para sabotearla. Logré rescatar gran parte de aquel audio, pero un virus informático destruyó el archivo en mi computadora. Era algo que, desde alguna dimensión, impedía que quedase el registro de aquel encuentro. Al menos eso llegué a pensar, no sin miedo, no sin temblor. Recuerdo que emití parte de aquel material por la radio, no supe si él pudo escucharlo. Al cabo de otros tantos años, nos encontramos en un congreso de la Unión de Escritores, estaba mucho más anciano, pero no menos lúcido. Desde su asiento, en la distancia, me reconoció. Nos saludamos. Luego, vino lo inevitable. La sombra que se movía en la tercera silla del Hotel hizo de las suyas y se llevó al hombre de forma definitiva.
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