
El surgimiento de los nuevos soportes y formatos que ha obsequiado la modernidad al libro han revolucionado no solo la interacción del lecto con el prodigio digital sino también las formas de crear y de plantearse la creación como proceso multidimensional extendido al plano del libro electrónico y sus variantes de contenido multimedia.
La poesía resulta, sin duda alguna, una sustancia sumamente maleable, capaz de ser vertida en los moldes del vértigo moderno para conformar los signos de la expresión binaria reconfigurados en el discurso lírico como formas de la más antigua sensibilidad. Dicha greda se ha forjado con fuerza en el terreno de la poesía experimental, la cual posee sus antecedentes en el soporte tradicional del libro y que, posteriormente, establecería un nexo hacia los nuevos formatos.
Una vez establecidos los novedosos códigos y su relación con los no tan nuevos, la crítica se ha propuesto dar múltiples juicios que orienten y problematicen la apreciación del texto lírico a partir de fundamentos operacionales y valorativos que le ofrezcan al lector una mirada sensible, útil y especializada.
Para el 2015 se entregaba el Premio Alejo Carpentier de Ensayo a un valioso título que posee hoy la literatura nacional sobre la poesía experimental escrita en la isla durante el siglo XX, francamente hablamos de Las praderas sumergidas. Un recorrido a través de las rupturas de Raydel Araoz, una crítica que sitúa al texto lírico experimental sobre la producción del discurso poético, en una brecha del pensamiento cubano casi enconado, que increpa y desestabiliza, para ofrecer una mirada fuera de las creaciones convencionales y adentrarnos en la experiencia simbólica, estructural y sensorial del cuerpo apolíneo de la poesía.
Desde su criterio de selección, dirigido a los textos analizados, se sugiere una degustación que se desmarca fuera de la norma y tradición literaria del género para coexistir como continuo de ruptura en la dimensión poética. Versa en él la posibilidad constante de la reconfiguración vivencial sobre los sensores de la experiencia estética.
Las praderas sumergidas… alude al tratamiento discursivo que, por lo general, tiene como premisa un trabajo significativamente homogéneo en lo que refiere a los estudios que, con frecuencia, se realizan sobre la lírica cubana desde sus inicios hasta las más recientes creaciones. Claro está, esta idea no pretende el absoluto ni la supresión de otros estudios muy competentes sobre el tema, sino que aspira a plantear el punto de partida sobre una generalidad que sí resulta más nítida en su apreciación.
Para este instante, resulta idónea la referencia que Araoz realiza en relación con la norma como contraparte y recurso sobre el que tensará la lengua y sus estructuras. Aquí confluyen dos pilares externos de todo orden literario: el idioma y la tradición literaria, para ubicar con precisión el carácter exteriorista de la dimensión experimental del texto. En este punto del libro, se aborda la disolución secularizada y contaminadora de la norma para evocar la incorporación de nuevos matices en sus límites, de modo que ahí nace la matriz del terreno experimental.
Uno de los tópicos más famosos tratados por los críticos literarios es la alegoría teórica sobre la creación de universos, donde se erige al poeta como «un pequeño dios». Digamos que esta tesis nos permite con mayor legitimidad aludir a los estudios del «canon sumergido» que ofrece este volumen, pues se presenta al creador dotado de la facultad transgresora para dar nueva forma al tejido lírico.
En el vértice sonoro de la palabra se desarrollan una serie de observaciones dirigidas a dos órdenes fundamentales: la palabra como música y armonía, y el ruido como disonancia e irracionalidad. Esto implica la confluencia de dos caminos: el primero direccionado desde la poesía pura sobre el ímpetu estético del romanticismo a finales del siglo XIX —con sus respectivas depuraciones modernistas extendidas al siglo XX—, y el segundo, dirigido al dadá y al futurismo como imagen del «azoro ante la tecnología y el terror de la guerra»; ambos condensados en una misma abstracción: la jitanjáfora, y por consiguiente, el poema jitanjafórico como baluarte esencial de la poesía vanguardista.
En el ángulo icónico del discurso poético se abre una vía a la sistematización sobre lo visual del cuerpo poético en su estructura. Para esto se alude al camino abierto por Mallarmé en los caligramas de Apollinare, desde los que Araoz expone el vínculo existente entre la poesía y las artes visuales. A lo anterior se unen las ideas de generar la simulación del caos del pensamiento y la fluidez del lenguaje. Para ello la selección de textos resultó esencial, pues en ese caso se presenta la idea del poema como esquema, obedeciendo a uno de los conceptos que lleva esta escritura: la simultaneidad como opuesto de la construcción secuencial del verso empleado con más frecuencia en la tradición, lo que el propio autor determina como «la superposición de una lectura diagramal sobre la lectura ideofónica». A partir de este punto se presentan poemas que proponen una lectura de combinaciones, un cosmos poético de lo variable.
En este mismo orden, el autor refiere dos procesos que intervienen, directamente, en la estructura del poema: uno hacia la distención donde las palabras se separan, y otro hacia la contracción o agrupación de las palabras según una forma. Estos revelan un paso agudo en las maneras de concebir la belleza a partir del juego con la percepción lectora y sus competencias para dar paso a interpretaciones que confluyen con elementos estructurales capaces de brindar, desde la figura, una «síntesis conceptual» del objeto aludido en el poema y, en un plano metafórico, referencias temporales o espaciales.
El estudio realizado revela que no se hizo de esperar el vínculo entre la poesía sonora y visual, un orbe en el que el poema se escribe como una partitura sobre un pentagrama que funcionaba, además, como lienzo, para ser recitado o ejecutado como música. Posteriormente, esto desembocaría en la representación de la poesía gestual, derivando así en el performance, el videoarte y la multimedia. Ya para sus instancias más extremas se presenta la poesía como «resultado textual» por medio del trabajo de programación, donde lo poético no se encuentra en el resultado sino en el proceso, «lo poético yace en la generación, no del poema, sino del programa que lo generará».
En el verso y la estrofa, el carácter experimental del poema se expresa en los elementos inherentes a la métrica como el ritmo, composición estrófica, metro, etcétera. Para abordar este tema se alude al libro de Montagú que incluye la experimentación en dos niveles: primero, la concepción serial que ofrece al soneto desde disímiles variantes métricas poco empleadas o incluso inexistentes en la métrica hispana y segundo en los poemas más breves por el efecto de fragmentación de los sintagmas.
Dentro de este panorama Araoz alude a Lezama desde la voz de Max Enriquez Ureña para abrir paso a los procedimientos lezamianos referidos a la versificación, expresados en los siguientes términos: tomar como base un metro, que mejor llamaré guía rítmico, una medida, e intercalar, según convenga a su propósito, versos en otros metros más o menos afines, con tal de mantener cierta similitud en el ritmo. Esto muestra, además del concepto experimental en la poética lezamiana, una perspectiva de estudio poco abordada en el presente siglo sobre su obra, de modo que se accede a un matiz que consagra uno de los segmentos más relevantes de la poesía nacional.
En medio del panorama nacional no escapa para Araoz la décima, quien se posiciona desde el metro en dos perspectivas: la variación estrófica y su representación simbólica. Esto va desde el exceso de desbordar la décima sumándole versos, hasta su reducción al ser representada por puntos que simbolizan su métrica y cantidad de versos. Una fluctuación del ingenio que deleita los sensores del intelecto con sus rejuegos, capaz de brindar, una vez más, relieves al gusto desde la lengua poética.
Puesto que cada código estético alcanza, según sus potenciales, su máxima expresión, existe un instante en que, una vez arriba, el código en su arco dialéctico, desciende para ser objeto de crítica por parte de otros, nacidos del propio molde que critica. A esto Araoz lo llama «poesía de la decadencia», una poesía que lleva al límite los valores estéticos que cuestiona, vislumbrando los umbrales de nuestro paradigma. Este proceso revela con gran nitidez la dialéctica literaria, el principio de ruptura y continuidad por el que atraviesa casi todo orden literario.
El flujo de conciencia fue sin dudas uno de los aportes más significativos que recibió la literatura del siglo XX, fundamentalmente en el género narrativo. Sin embargo, en el género lírico también se hizo manifiesta en la escritura dadaísta y la automática surrealista. Araoz refiere que «en ambos casos se trata de liberar el inconsciente y, a la vez, encerrarlo dentro de una representación lingüística, simbólica e icónica. A esa descripción y codificación del inconsciente del sujeto lírico en la poesía lo llamaremos monólogo interior».
Las observaciones que realiza Araoz se centran fundamentalmente en dos vértices: prelógico con tendencia fragmentaria al caos, y lógico, situado de forma fluida fuera del caos. Estos análisis derivan en la trascendencia del pensamiento y su flujo desde los límites del orden en el universo psicológico del sujeto lírico y sus percepciones estáticas y dinámicas de la realidad y la manera en que esta condiciona la psiquis.
La poesía experimental constituye un armazón poliforme de la sensibilidad humana, un canto al futuro y al progreso de las formas de expresión y creación del cuerpo lírico. Las praderas sumergidas… defiende un segmento valioso de estas creaciones y propone una mirada sugerente a partir de su estudio. Es tarea de la crítica literaria situar el pensamiento en aquello que, con buen gusto deleita la delicadeza humana.
Es en la intersección entre lo sensorial individual y lo comunitario donde la crítica literaria, en su función más noble, encuentra su raison d’être; se erige como el espacio discursivo privilegiado para desentrañar los mecanismos internos de la literatura, contextualizar su producción y, lo que es más crucial, guiar al lector en la formación de un criterio propio, sólido y argumentado.
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