
1. La quema
Tuve una flapper pelirroja en una foto de revista.
Mi padre la descubrió
y le chamuscó los bordes.
Brillaba el rojo de su pelo entre las llamas.
Mi mano fue más lenta
que el fuego de mi padre.
Yo tuve una flapper pelirroja
que ardió
junto a los libros descubiertos por mi padre.
A veces paso mi mano por el fuego,
me ha quedado la costumbre,
no quiero perder más contra las llamas.
la escritura es una forma de morir, anoto en una hoja de
papel. Cierro los ojos.
Mi madre suspira
suspira y se cubre los hombros con un pedazo
de tela blanca.
Debajo de nosotros, en la oscuridad, hay más personas
que esperan la noticia.
La escalera del cuarto piso en la a madrugada se ha convertido
en una isla.
Una isla donde los que esperan sonríen y beben café en
pomos envueltos con
periódicos.
Algunos fuman a escondidas. Expulsan por la ventana las
frustraciones
y el cansancio
de un día completo de esperar.
Alguien viene y me ofrece un cigarro,
otro pregunta
que si soy escritor.
A mi madre una mujer le brinda algo de alimento y pide el
número de cama del paciente.
Son personas desconocidas. Rostros anónimos para mi
madre y para mí.
Pero supongo que nada une tanto como la muerte.
Sobre todo cuando la muerte pasa su mano y nos roza
sin llegar a tocarnos.
Mi madre estornuda y alguien dice: son las doce y treinta
y cinco
y ya es domingo.
Una puerta se abre frente al
nosotros. Una puerta a de cristal.
El fuego del interior lame los bo
bordes de la isla que hemos
construido.
En la madrugada
nos encogemos como animales asustados.
Animales que olvidaron
el cansancio de la espera y se
aprestan a correr.
Un médico sale y con su voz contiene al fuego.
No pasa nada
—dice—.
Solo vengo a fumar un poco.
Resulta sorprendente la facilidad con que nos reordenarnos.
Unas palabras
bastan para la felicidad.
O para algo parecido a la felicidad.
Mi madre estornuda y son las doce y cuarenta y cinco
minutos.
Yo escribo en un pedazo de papel:
En mi cuerpo no reside el optimismo.
Por triste que pueda parecer esta simple afirmación en mi
Cuerpo no reside el
optimismo.
Del otro lado de la puerta de cristal hay un fuego que se
muere. El fuego de
alguien que quise a mi manera
durante muchos años.
arde en silencio desde hace e algunos días y yo anoto
en un pedazo de papel
todas estas cosas.
Repito lo que escribo como una letanía para: no dormir.
Una especie de misa
oficiada por el fuego.
Mi madre vuelve a estornudar, me pasa un brazo por los
hombros.
Feliz cumpleaños
—me dice—.
El fuego susurra:
Hijo
del otro lado del cristal.
Anoto en un pedazo de papel:
también yo ardo.
* * *
En la contraportada del libro se advierte. Según Caridad Atencio, quien junto a Laura Ruíz Montes y Reynaldo García Blanco integraron el jurado del certamen:
Aquí se reflexiona sobre la muerte y. por lo tanto, sobre la vida y la fugacidad del tiempo, pero no desde su arista filosófica sino desde su dimensión dramática. Es la cuesta del joven colocado sobre la caja de resonancia, sobre la catedral atávica de la pérdida, donde el fuego es la metáfora de la existencia y el fundamento de la tragedia del universo. Es la apología y negación del fuego, que también es cambio, es la plenitud desde la contención expresiva. El beneficio metafórico y fáctico del fuego llegará a la flor y a los sueños del miedo.
Sobre el autor
Ragnar Wilfredo Robas (Imías, 1989). Artista visual, escritor y guionista radial. Graduado de la Academia Profesional de Artes Plásticas de Guantánamo y de Instructor de Arte de Literatura. Tiene publicados los libros Punto de Quiebre (Editorial El Mary La Montaña, Guantánamo, 2018) y Zapping (Editorial La luz, Holguín, 2020). Además, sus textos aparecen en diversas antologías, tanto en Cuba como en el extranjero. Su obra ha sido destacada en numerosas ocasiones: en 2019 fue finalista del Premio Calendario de Narrativa; y ganador de los premios Calendario de Poesía (2024), José Jacinto Milanés (2023), Hermanos Loynaz Poesía (2024), Boti (2024) y otros. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz.
* * *
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