
I
Desde el día que Cass Bongo logró obtener un trabajo estable como pianista en el club Electrovox, su vida no había hecho más que mejorar. El club no pasaba de moda, presentaba las mejores bandas emergentes y estaba lo suficientemente alejado de los muros de protección de la ciudad como para que la gente de dinero no tuviera ni siquiera que albergar la odiosa idea de «más allá del muro». El jazz volvía a la carga en San Francisco, ahora con la frescura de grupos como el de Cass.
—Y como cada noche de viernes, con ustedes: ¡Gramola Cromo! —gritaba el dueño del Electrovox y entonces, entonces Cass se sentía un robot con suerte, se sentía refulgir dentro de la tenue luz púrpura del escenario.
Noir, el bajista, comenzaba dibujando algunas notas, un tanto de apegarse al guion y otro tanto de improvisación sanfranciscana. Cass lo seguía. Luego el resto de la banda. En pura sincronización, las cabezas en el público marcaban el ritmo, algunos zapatos de piel y tacones calzados por finísimos pies, también. Noir era el otro robot de la banda.
Durante varias semanas Cass había pensado en la posibilidad de mejorar el arte de Gramola Cromo si encontraban alguna vocalista. Sí, debía ser chica, para equilibrar tanta masculinidad. Una chica bella, además. La gente está siempre dispuesta a pagar por lo bello, aunque muchas veces sea una mierda, creía. Tenía en planes contarle la idea a Danny, el líder de la banda, pero quería hallar primero una candidata que dejara poca o ninguna duda cuando audicionara. Días antes escuchó hablar de la supuestamente prodigiosa voz de Lilisbeth, la esposa de Júpiter Badam, el robot cabeza de la familia criminal más conocida y poderosa de la ciudad y muy probable que de todas las comunidades al oeste del Atlántico. Pensar en acercarse a la mujer para hablar de oportunidades o de lo que fuese era suicida. Sin embargo, ahí estaba ella cada viernes junto a su esposo, disfrutando del club.
Esa noche el ambiente era singular. Al menos a Cass le parecía así. La luz brillaba diferente, el humo de los cigarrillos se desvanecía sin prisa, el mundo apenas se movía.
La vio, allí, entre toda la pululante y colorida clientela, sentada a la mesa. Lilisbeth lo observaba, mientras acariciaba la mano cobriza de Júpiter, quien hablaba con algunos hombres sentados a su lado. La primera acción de Cass fue devolver su atención a la pianola, pero cómo obviar los ojos de la mujer, que, sin importar la lejanía, lo abarcaban todo. Por vez primera sus miradas se rozaban.
—Te estoy viendo, metálico —dijo Noir—. Sabes lo que voy a decir, ¿verdad?
—Sí, sí. Ella no debe existir para mí. Mejor, ¡no existe!
Noir asintió y continuó con las cuerdas de su bajo. Su intento de ser la conciencia de Cass falló. Se percató al ver que la conexión visual entre Lilisbeth y su amigo no moría.
…
—Un martini, señorita —susurró el bartender a la chica un par de viernes después—. Cortesía del señor Cass Bongo.
Lilisbeth buscó al obsequioso caballero con la mirada. Sentada a la barra, sola, en una banqueta tan alta, daba la sensación de que se había colocado allí para ser un ornamento intocable. Su esposo, sabía Cass, conversaba afuera con otros hombres de negocios.
La noche apenas comenzaba. El robot conectó la pianola. Su chasis dorado relumbraba bajo la luz de los reflectores. Estaba solo en el escenario. Ese día se armó con el mejor de sus trajes, el negro de lentejuelas «discretas». Se preguntaba si la chica lo estaría observando, pues de lo contrario, el martini y la aparición precoz para pelear con los cables y bocinas, de sentido tenía poco. Levantó la cabeza, dejando de lado el instrumento, no sin antes mirar hacia la puerta y asegurarse de que Júpiter Badam no entraba en ese justo momento. Hizo contacto visual con Lilisbeth. Ella degustaba la bebida. Cass imaginó a la chica reflejada en el plástico azabache de su cabeza, la cabeza como casco de motorista de un robot músico; una maravilla de mujer reflejada en un insignificante jazzista del centro de la ciudad.
Lilisbeth caminó hacia él. Cass vigilaba a los pocos clientes en las mesas. Cada cual se dedicaba exclusivamente a sus conversaciones y bebidas o a la música grabada. Tal vez estaba a salvo para hablar con la dama intocable.
—¿A qué se debe la valentía de enviarme este martini, señor Bongo? —cuestionó la chica mientras apoyaba la copa casi vacía sobre el tablado.
Sobre el autor
Jona Marrero (La Habana, 1996). Licenciado en Psicología, escritor, editor en Cubaliteraria y realizador audiovisual. Autor de El girasol (2021) y El niño mecánico y otras ficciones (2022). Ha obtenido diversos premios literarios, como el Premio Especial del Jurado en el Concurso Oscar Hurtado de Ciencia Ficción y Fantasía 2020 y ha sido publicado en varias revistas digitales internacionales.
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