
En el planeta llamado Ámbar, los descendientes de malogrado intento de colonización han extraviado toda noción de su origen, todo contacto con el saber, la historia y los vestigios de sus enigmáticos ancestros. Viven, o mejor, existen sin orden social alguno, sin propósito más allá del minúsculo ahora, ajenos a la conciencia de un mañana, de un universo en derredor e, incluso, de sí mismos. Sin embargo, siempre habrán de surgir los extraños, los diferentes: aquellos que, a plena razón o no, reconstruirán la maquinaria de la curiosidad y harán de nuevo rodar las ruedas civilizatorias. El viaje es, pues, una aventura de la mente, de los desafíos de la idea antes que del cuerpo mismo, en pos de reconquistar lo que nos hace humanos por derecho más que por herencia: la sed de indagar, la voluntad de emprender.
Así dice la sinopsis de la novela El viaje, de Miguel Collazo. Publicada en 2023 por la Editorial Letras Cubanas y como parte de la Colección Biblioteca del Pueblo. Hoy compartimos un fragmento, como provocación a que la busque y la lea hasta la última página.
***
Nota al lector
De esta obra me separan, en el tiempo, alrededor de diez años, y en la concepción general de la literatura, algo mucho más profundo y diverso sobre lo cual no encuentro en esta nota lugar apropiado para hablar. Me contentaré con decir que no creo haber asumido la «ciencia ficción» como género en sí, con todas las formulaciones que ello implica; la he tomado, más bien, como un medio para desarrollar ciertas cuestiones de carácter sicológico o filosófico que en determinado momento necesité elaborar dentro de un plano o una dimensión diferentes. La he tomado, además, sin preocuparme en absoluto por seguir o no una línea «ortodoxa», en cultivar o enriquecer el género, o en presentar ese género desde un sesgo no usado, sensacional o sorprendente. Sencillamente necesité ese ámbito, de la misma manera que tal vez mañana necesite otros.
Solo quisiera añadir que me ha resultado imposible hacer todas aquellas correcciones que hubiera deseado para esta reedición, no tanto por ese tiempo transcurrido por la peculiar y enredada naturaleza de la obra, escrita, por lo demás, casi en un rapto. Me he tenido que limitar, pues, a ciertos ordenamientos externos del texto, o sea, a dividir la obra en partes y capítulos subtitulados; también, y siempre que la flexibilidad del asunto así lo permitía, logré en alguna medida «aclarar» determinados pasajes cuya extrema oscuridad dificultaban la buena inteligencia de la obra.
En cuanto a la rareza de los nombres… en realidad no me atreví a modificarlos; después de todo, ¡quién sabe cómo se llamarán los hombres dentro de dos mil o tres mil años!
M.C.
Acosta, 8 de marzo de 1980
Primera parte. Las máquinas
JALNO
I
Beres y Bímer
1
Jalno caminó entre las ruinas y recordó que alguna vez en el tiempo aquel lugar había tenido un aspecto completamente distinto. Su hijo, Beres, tomó un gajo fósil y, distraídamente, trazó unos dibujos en la arena. Jalno se quedó mirándolo: ¿por qué siempre aquella desidia, aquel desgano? ¿No los había traído él a ese lugar por algo sumamente importante? ¿No se lo había gritado cien veces en los oídos? En realidad, él había estado enfermo, muy enfermo. Durante los últimos años su mente ofuscada, y solo su mente, había creado todo aquel desorden. Pensándolo bien, ya nadie podría tener un rumbo, una dirección…
Jalno se limpió la cara con las manos, y vio en torno suyo que los hombres removían las piedras. ¡Maldita manera de trabajar aquella! ¿Por qué mientras estos quitaban esas piedras aquellos las volvían a poner en el mismo sitio? ¿Por qué, de pronto, se sentaban sobre los escombros como si se les hubiese olvidado todo lo que tenían que hacer? ¿Por qué jugaban; por qué bailaban así; por qué se dormían unos sobre otros? En fin, ¿a quién culpar? Jalno sacudió la cabeza y terminó por decir que todo estaba bien: ya él no podría mover siquiera una piedra. Después de todo, aquello sería para el disfrute y bien de los otros, no de él. Aquí estaban, y aquí echaban su suerte. Por otra parte, las máquinas estarían siempre bajo esas ruinas, esperando… Al menos, eso había dicho Nur B, su padre. «Sí, aquí deben estar todavía —pensó Jalno—, limpias, relucientes y hermosas».
Sí, con toda seguridad allí estaban, bajo sus pies, tan iguales a sí mismas como cuando él era niño. Cerró los ojos. ¿Para qué servirían esas máquinas?
Bueno, no era cuestión de preocuparse. Ya las máquinas sabrían para qué. Las máquinas lo sabían todo; por algo eran máquinas. Probablemente hasta sabían que ellos estaban allí, buscándolas. ¡Maldita sea, si apenas había que remover un poco los escombros para que aparecieran!
Beres se paró sobre las ruinas con los brazos abiertos: su cuerpo se reflejó en pedazos dispersos de metal y plástico. Bimer, el otro hijo de Jalno, trepó con sigilo por algún lugar, y ya en lo alto dio un grito, aterrorizado: creía estar suspendido en el aire. Jalno dijo que aquello era una bóveda, convencido de que eso lo explicaría todo. Bímer se deslizó por el plástico transparente, gritando, tratando de clavar las uñas en aquella materia pulida y al parecer inexistente; de pronto cayó por una grieta.
Ahora Jalno señalaba un poco indeciso el lugar donde debían escarbar. iAquí o allí, o quizá un poco más allá? ¡Cuánto había cambiado aquel sitio!
El pequeño Borles cargó una piedra y la dejó caer, levantando una nube de polvo; y los demás se quedaron mirando la nube como si aquello fuese lo más divertido del mundo.
El día casi declinaba. Jalno volvió a dar órdenes. Estaba cansado. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo cansado que estaba. Dentro del pecho algo le latía con furia, y su brazo derecho comenzaba a paralizarse. Después de un tiempo incalculable, los hombres parecieron recordar, de modo espontáneo, la razón por la cual estaban allí. Pero al rato Jalno notó que el trabajo avanzaba más lenta, más caóticamente que nunca. Entonces se puso a remover piedras, con furia, casi con odio. Apenas había comenzado cuando algo le estalló dentro del cuerpo y lo hizo caer como fulminado, retorciéndolo en el polvo.
Luego se quedó quieto; movió todavía la cabeza y dirigió la vista hacia Beres. Los ojos se le apagaron.
Sobre el autor
Miguel Collazo (La Habana, 1936-1999) es uno de los más resplandecientes «raros» de la literatura cubana. Considerado entre los pioneros de nuestra ciencia ficción, su obra narrativa se extendió a ámbitos tan diversos como el horror, el fantástico y el realismo más descarnado y extremo en su interpretación de lo cotidiano. Entre sus obras destacan El libro fantástico de Oaj (1966), El viaje (1968), Onoloria (1971), El arco de Belén (1975), Estancias (1 985), Estación central (1993), Dulces delirios (1996) y El hilo del ovillo (1998).
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