
Generales y doctores es una novela que se inscribe en el naturalismo, corriente literaria que surge en la segunda mitad del siglo XIX y que su autor, Carlos Loveira Chirino, utiliza como herramienta para concientizar las minorías urbanas sobre la situación social de los campesinos, sumidos en la ignorancia y la pobreza debido al rejuego de la política imperante en esos años; uno de los periodos más importantes y turbulentos de la historia de Cuba: el fin de la Colonia y el inicio de la República, etapa de vacilación, tanteo y melancolía. Loveira, quien fue líder sindical, por su origen conocía muy bien la situación social del campo, de ahí que en sus obras haya mucho de autobiográfico, no solo en las descripciones de las situaciones como en el reflejo de las luchas sociales y sindicales presentes en Generales y doctores.
Este título lo publicó, en 2024, la Editorial Letras Cubanas como parte de la colección Biblioteca del Pueblo.
A continuación, reproducimos un fragmento de la novela.
En días de tristeza y duda
I
En el año de 1875 hubo en La Habana una gran arribazón de sardinas gallegas; mote con el cual, en aquella época de hondos rencores entre criollos y «peninsulares», los primeros bautizaban a los segundos que, nuevos argonautas, en las terceras de los transatlánticos -verdaderos tabales de carne humana- cruzaban el charco inmenso para venir, en busca de fortuna, a la barraganía de burócratas corrompidos y factoría de mercaderes trashumantes que según el más frondoso de nuestros oradores revolucionarios, era la Gran Antilla Colonial, la siempre fiel isla de Cuba.
En una de las camadas vinieron dos hermanos, que rondaban entonces por los veinticinco años. Uno de ellos era bajo, tosco y coloradote; se asfixiaba dentro del consabido terno de pana carmelita; golpeaba el piso con negros y recios borceguíes de recluta; tocábase con un prieto, copudo y maltraído «panza de burro», y se conformaba con ser llamado Pepe García, escasamente. El otro era alto, seco y pálido; llevaba con dignidad curialesca su traje de americana de retinto paño; calzaba negros botines de elásticos; se cubría la calva incipiente con un fruncido calañés, café con leche, y al firmar ponía todo su nombre, Manuel de Jesús García y Pereira, en fina letra inglesa y sobre una rúbrica extensa, complicada y elegante.
Aprovecharon el tiempo ambos hermanos. A los dos años de Cuba, Pepe, ascendido a don Pepe, tenía su «bodeguita», allá por el matadero, barriada orillera, pletórica de ñáñigos y cobradores del barato, de la ciudad de Matanzas, y don Manuel de lesús, exsecretario del ayuntamiento de Bueu, en su provincia natal de Pontevedra, era ya factor de un batallón de infantes, que guarnecía varias poblaciones de las provincias matancera y villareña.
En una de aquellas, en Placeres, conoció el factora la real moza quinceabrileña Lolita Darna, retoño único de un canario rico, que suministraba carne a la guarnición, y de su legítima y espléndida consorte, señora de ilustre prosapia camagüeyana. A los dos meses de «pretensiones» y diez de noviazgo, vino el bodijo, que fue todo un acontecimiento de aldea. Nueve meses después, Lolita, ya trocada en doña Lola, se convertía en madre, en mi madre, don Manuel de Jesús en padre, en mi padre, y don Pepe, siempre sea dicho con la venia de Pero Grullo, entraba en el socorrido linaje de los tíos: era mi tío.
De la historia de mis primeros años recuerdo, nítida gratamente, algunos capítulos de suma importancia. A cuatro años tuve dolores de muelas, e hice buches de agua con sal. A los cinco me dio el sarampión. Tuvo la banal creencia de habérmelo curado un viejo médico tinajudo, de gafas, levita y chistera inseparables, de hablar notablemente agarbanzado, que entraba en el cuarto como un ciclón, preguntaba qué tal seguía el «insurrecto», me imponía por la fuerza, mientras lloraba yo a moco tendido, el cristal helado del termómetro en los cuarenta y un grados de mi axila izquierda, y acababa siempre por zamparme una gruesa, correosa y nauseabunda Cucharada de palmacristi. Despuésés tuve lombrices, que se me alborotaron y desbordaron por la nariz, por la boca y su antípoda, un día en que me hincharon a fuerza de horchata de pepitas de calabaza, reforzada con extracto de apasote.
Fui a la inevitable «escuelita de barrio». La maestra me enseñaba la cartilla, los números y el utilísimo Ripalda, La hermana de la maestra, robusta mulatona de catorce años, linda como el lucero del amanecer, me enseñaba otras cosas, debajo de una cama que nos servía de «casita» en el resbaladizo juego de «los maridos», que era el predilecto de mi ariga. Con nosotros jugaban dos niñas de unos cinco años; media docena tenía yo entonces. Mi madre, nadie en mi casa, supo nunca una palabra de tales enseñanzas. Para intuir que había que ocultárselas, le bastaba a mi precocidad criolla con ver que la muchacha no jugaba a los «maridos» en donde nos pudiesen ver las personas mayores, y menos decíanos su frecuente: «iVamos, ya es la hora de dormir!», cuando alguna de aquellas andaba cerca de la «casita» -escondrijo.
No tuve hermanos. Sujetos a las peregrinaciones del batallón de mi padre, vivimos mi madre, él y yo, en casi todas las ciudades, villas y caseríos de las dos provincias centrales. En aquellos diez años mi madre no se cansó de repetir, en gráfico criollismo, que andábamos siempre con el cajón y el mono a cuestas, refiriéndose al brete constante de ir de pueblo en pueblo, liando y desliando bártulos, a cada orden del general o coronel de mi padre. Este, que era muy bueno, como padre español de hijo criollo al fin, no quería perder aquel emple0, que le daba ancha manga de fraile, por la cual le corrían prodigiosamente los centenes, camino del bolsillo, en feliz promesa de la soñada carrera para el hijo. A pesar de que, con aquel ambular impenitente, no engordaban mucho los talegos y por otra parte, en las «escuelitas» y en los famosos colegios de la colonia, iba muy despacio mi aprendizaje. No podía salir de la lectura de corrido, las cuatro reglas y los cuadernos de letra inglesa, que eran límite de la enseñanza de aquellos maestros que no cobraban nunca, y que se desquitaban de las malas partidas del destino, metiéndole la letra, con sangre, a la multicolor chiquillería.
Sobre el autor
Carlos Loveira (1882-1928). Escritor y novelista cubano de tendencia criollista. Publicó: Los inmorales (1919), Los ciegos (1922), Generales y doctores (1920), La última lección (1 924) y Juan Criollo (1927), su novela más conocida.
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