
Julio Cortázar publica, en el año 1962, Historias de Cronopios y de Famas, una recopilación de sesenta y cuatro relatos cortos repletos de sarcasmo e ironía que esconden entre sus líneas reflexiones filosóficas a través de un lenguaje sencillo y claro.
Esta obra, fiel reflejo de la sociedad del momento —pero aplicable a todos los tiempos—, se encuentra dividida en cuatro partes:
La primera de ellas, “Manual de Instrucciones”, es una ridiculización de situaciones cotidianas y repetitivas que nos obliga a reflexionar sobre actos que consideramos habituales y a los que normalmente, no prestamos atención.
La segunda parte, “Ocupaciones raras”, narra historias de una familia que desde el primer texto, “Simulacros”, se define de la siguiente manera:
“Somos una familia rara. En este país donde las cosas se hacen por obligación o por fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, las tareas porque sí, los simulacros que no sirven para nada. Tenemos un defecto: nos falta originalidad".
La tercera sección, llamada “Material plástico”, reúne breves relatos relacionados con el mundo laboral y las actividades sencillas pero placenteras, como la cómica “ocupación” de cortarle una pata a una araña para hacérsela llegar al Ministro de Relaciones Exteriores logrando que renuncie, o lo mágico de un espejo situado en la Isla de Pascua, que según se ponga del lado oeste o este de la misma, atrasa o adelanta la imagen de quien en él se mira.
La última parte, propiamente “Historias de Cronopios y de Famas”, es sin lugar a dudas una parodia del clasismo. Aquí, Cortázar nos presenta a tres tipos de personajes: los Cronopios, los Famas y los Esperanzas.
En Lectura de domingo compartimos cómo define Cortázar a los cronopios.
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Los Cronopios necesitan caricias, besos y abrazos. Como son tan olvidadizos, necesitan que se les recuerde constantemente que son amados, que se lo digan, que se lo demuestren. El amor sin cariño y afecto no tiene sentido para los Cronopios, son unos consentidos por naturaleza; pero también les encanta consentir, acariciar, demostrarle al otro con palabras, miradas, caricias y actos, cuánto lo ama y cuánto importa para él.
El Cronopio no se enamora de profesiones, de éxitos, de quehaceres, de la inteligencia o del atractivo físico, se enamora porque sí, sin razón, no hay más motivo o excusa que el amor, que los sentimientos y sensaciones que esa otra alma le despierta. Más bien, al Cronopio, lo deslumbran las almas. No lo enamora la inteligencia, pero sí alguien que piense y lo haga pensar.
Lo enamoran las buenas conversaciones porque, el Cronopio, cree firmemente que con las palabras y también con lo que no se dice, se entregan pedacitos del alma».
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Con información de escritores.org
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