
Las aventuras de Los Marrines (Cubaliteraria, 2025), de Jorge Velázquez Ramayo, es un libro donde la naturaleza dialoga con la niñez. Editado por Gabriela Baldoquín Lapido y Magdey Zayas Vázquez, con diseño de cubierta de Enrique Smith y programación digital de Ángel Ferro Pérez, la obra es una apuesta por la curiosidad y el ingenio de los más pequeños.
Los Marrines, tres jóvenes del poblado ficticio de Verona, crecen inspirados por las historias de su abuelo don Felipe. Ávidos de aventuras, se proponen ir a nadar a las aguas de la peligrosa poza La Criminal, pero este es solo el preludio de un sueño más grande: explorar las aguas de El Esterón para llegar al mar. Para lograrlo se enfrentarán a la autoridad de sus padres, a la ley y a las criaturas marinas. La ceiba, símbolo cubano, resurgirá como elemento mítico y protector de nuestros héroes. Pronto, la valentía y buen corazón de Los Marrines ganarán el reconocimiento de los amigos y vecinos. Llegarán nuevas travesuras, fantasías y el amor: don Felipe es testigo de que la historia se repite.
***
El desafío a La Criminal
En las noches de luna, las familias vecinas se reunían en la parte trasera de la casona de don Felipe y doña María para conversar. En aquellas tertulias se contaban diversas historias, relatos, anécdotas y leyendas que constituían el deleite de los asistentes, sobre todo, para los pequeños.
Entre los presentes se encontraban tres muchachos que habían crecido oyendo aquellas narraciones. De todas ellas, las que más les fascinaban eran las relacionadas con la charca La Criminal y el mar.
Ávidos de aventuras, a cada momento se escapaban de la casa, pese a las reprimendas de sus padres y del abuelo don Felipe. Después de la última zurra, por haberse llevado la yegua Alazana, la potranca Jobera y el caballo Malagueño de don Jacinto para ir a las peleas de gallo, los muchachos se proponían desafiar a La Criminal, una poza donde se habían ahogado varias personas.
En Verona se contaban diferentes versiones sobre los ahogados, pero de lo que más se hablaba era de La Sombra, que nadaba por debajo de la superficie. Cuando esta aparecía se transformaba en hombre o mujer; si la que se lanzaba a la charca era una muchacha, se le presentaba, sin saber de dónde había salido, como un joven muy atractivo, jugueteando con ella a su alrededor. Cuando ganaba confianza, se hacía seguir hasta la parte más profunda y allí la muchacha desaparecía.
En realidad, el gran sueño de los muchachos era explorar El Esterón para llegar al mar, por todo lo que se contaba del universo de las aguas marinas en las tertulias del abuelo don Felipe. Sin embargo, por mucho que habían pensado en ese viaje, no hallaban los medios de cómo hacerlo.
—Por ahora, pensemos en otra escapada, pero en grande —dijo David, el mayor de los tres.
—¿A cuál te refieres? —preguntó Marcos, el que le seguía.
—Ir a bañarnos, aunque sea una vez, a La Criminal —propuso David.
—¡Ni locos! ¿Y si nos atrapa La Sombra? —comentó, temeroso, Abel, el menor.
Luego de varios días de discusiones y tratar de convencer a Abel, que no quería que le hablaran de La Criminal, finalmente se pusieron de acuerdo. Instalarían un campamento a la orilla de la charca La Lechuza, en el Arroyón que atravesaba la finca de don Jacinto. Allí dedicarían el tiempo que se requería para adiestrarse bien, nadando de orilla a orilla.
Varios días después, al observar cómo lo hacían sus compañeros, David consideró que ya estaban en condiciones para enfrentarse al gran reto. Pero había que esperar por un fallo en la vigilancia de sus padres y del abuelo don Felipe.
Un viernes por la tarde, a la salida de la escuela, los muchachos se reunieron en el parque. El primero en hablar fue David:
—Escuchen, mañana el abuelo, mi papá y los de ustedes, se van de cacería con don Jacinto. Vamos a aprovechar para irnos para La Criminal. ¿Están de acuerdo? —Marcos y Abel respondieron con un sí, entusiasmados.
Cuando salieron de Verona, apenas habían podido dormir. Pensaban en el encuentro en La Criminal y rogaban a Dios que todo lo que se decía de La Sombra fuera habladuría. Tres horas después se enfrentaban a un enorme cartel con letras negras que decía: PROHIBIDO BAÑARSE EN ESTA POZA. Los muchachos se sintieron impresionados ante aquel aviso. Ahora, a ninguno de los tres les cabían dudas del peligro al que se iban a exponer. Observaron la extensa charca. Semejaba la forma de un garrafón, cuyo cuello desembocaba en la parte más baja en una chorrera.
La soledad y el silencio matizaban la majestuosidad de La Criminal. Pero nada de aquella impresión detuvo a los tres, dispuestos a vencer el temor que ella generaba. Sobre el farallón, al lado del aviso, dejaron sus ropas y los jolongos con la merienda. Bajaron y caminaron por la orilla hasta una laja que servía de trampolín. Allí se detuvieron. Una vez más observaron la poza. Entre una orilla y la opuesta había una distancia cuatro veces mayor que la poceta La Lechuza.
Mientras hacían ese cálculo, ninguno daba el primer paso, mirando hacia toda la extensión de mansa superficie, pero temerosos de que se apareciera La Sombra. David dio una mirada a sus compañeros y les dijo que, si no lo hacían ahora, nunca iban a poder sentirse vencedores. Dichas esas palabras, se lanzó, desparramó el agua y dejó un momentáneo surco tras sí. Marcos y Abel lo seguían con la vista cómo avanzaba hacia la otra margen. Al llegar, Marcos y Abel lo vitoreaban.
Rápidamente, Marcos se tiró y detrás lo siguió Abel. Unos minutos después celebraban su triunfo. Luego de un breve descanso, volvieron a repetir el cruce de un lado a otro varias veces. Satisfechos, estimaron que era hora de merendar. Ahora, desde el farallón, contemplaban la magnitud de aquella poza, sin dejar de pensar en las apariciones de La Sombra, que ahogaba a sus escogidos. No obstante, se miraban y sonreían su regocijo.
—Y ahora, ¿qué hacemos, nos vamos? —preguntó Abel.
—¡Irnos, después del trabajo que esto nos ha costado! —exclamó David.
Reanimados, aunque siempre recelosos y atentos por si aparecía algo raro en la charca, se entretenían con toques de piedras bajo del agua. Querían saber hasta qué distancia se podía oír el toque de una piedra contra otra. Así se distraían cuando a David se le ocurrió mirar hacia el farallón, donde habían dejado las ropas, y allí, parado, se encontraba Pedro, su papá, observándolos, meneando la cabeza con un gesto amenazador y un cuje en la mano. David sólo tuvo tiempo para decir:
—¡Miren quién está allá arriba!
Despavoridos, corrieron chorrera abajo. Más adelante, salieron del río y emprendieron el escape por un potrero. Corrían en fila india. David iba delante y les decía a sus compañeros que no se dejaran coger. Ya Pedro casi les pisaba los talones, amenazándolos con el cuje:
—¡Prepárense, si los agarro, les voy a dar un buen baño de cuje!
Algunas vacas y terneros que pastaban levantaron la cabeza como si sintieran asombro al ver aquella comitiva de muchachos desnudos en loca carrera, seguidos por un hombre enfurecido, semejante al mismísimo Satanás.
El más rezagado era Abel. Ya tenía a Pedro a unos pasos y le rogaba a Marcos que lo ayudara a correr. Para suerte de los fugitivos, apareció una cerca que separaba el potrero de una plantación de caña y se tiraron, arrastrándose, para cruzar. Entraron al cañaveral, jadeantes, y se ocultaron en los plantones de mayor espesura. No habían pasado muchos minutos cuando sintieron los pasos de Pedro, buscando plantón a plantón, como un rastreador de antaño. Unos instantes después, lo oyeron con sus amenazas, alejándose.
A salvos por el momento, con ardentía por los rasguños en el cuerpo, no hallaban cómo salir del trance. Seguro que Pedro los estaría esperando allá donde habían dejado sus ropas.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Abel.
—Volver a La Criminal —respondió David.
—¡Volver! —expresó Marcos, pensando en el cuje que Pedro tenía en la mano.
No había otra salida que ir y acercarse a ver si los estaba esperando, explicó David. Así lo hicieron. Al llegar y ver sus ropas, respiraron a todo pulmón. Regresarían a la casa con cuidado. Horas más tarde, para asombro de los muchachos, en la casa, no notaron ningún ambiente extraño.
David pensaba que con el susto que su papá les había hecho pasar, sería suficiente. Y se incorporó al juego de coge-coge de sus hermanos en el patio de la casa. No sospechaba que su padre lo acechaba. Parecía divertirse con la algarabía de sus muchachos. David solo se dio cuenta cuando sintió una mano, como de hierro, que le agarraba el brazo. Quiso escaparse, pero no pudo. La fusta hería piernas, caderas y espaldas, sin un vestigio de piedad de aquel hombre, a pesar de los quejidos de su hijo mayor; sus hermanos miraban aterrados…
—¡Basta ya, Pedro! —exclamó doña Consuelo a su esposo, quien se interpuso y añadió: —¡Si sigues, tendrás que matarme!
Sudoroso y con el rostro contraído, Pedro dejó caer la fusta que usaba cuando montaba su caballo. Esta forma de escarmiento se mostraba como una tradición de familia. Pedro decía que él y sus hermanos Juan y Daniel, habían sido criados de esa forma por sus padres, don Felipe y doña María, quienes, a su vez, contaban que esa era la manera de dar escarmiento de sus padres.
Unos días después, cuando los muchachos tuvieron la oportunidad de reunirse, cada uno relató cómo había sido el castigo a que fue sometido. Abel dijo que él no volvería a escaparse.
—¿Y tú qué dices, Marcos? —preguntó David.
Marcos explicó que no sabía qué decir, porque sus padres no dejaban de tener razón, pues como otros, también ellos pudieron haber sido víctimas de La Criminal.
—Pues si ustedes se arrepienten, yo seguiré adelante.
Al ver la reacción de David, los otros se miraron. Siempre habían sido inseparables en los juegos, en la escuela, en las andanzas de pesca, de caza y en cuantas travesuras se les ocurrían.
—Yo no te voy a dejar solo, David —dijo con firmeza Marcos.
—Si es así, no me quedaré atrás —agregó Abel, sumándose.
David los miró, sonrió y les dijo que no había más que hablar, que por ahora sólo se mostrarían lo más disimulados posible, como si hubieran decidido renunciar a las escapadas.
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Las aventuras de Los Marrines (epub), de Jorge Velázquez Ramayo
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