
Prólogo a la segunda edición
Este libro tiene una fecha, y fue escrito en un rapto, como puede serlo un poema. La fecha, octubre-diciembre de 1957, corresponde a un período de cerrazón histórica. Surgió, pues, como un vehemente testimonio de fe poética, del fondo de un profundo abatimiento. Esa es su justificación y la causa, también, de sus limitaciones externas. Las internas proceden de la medida de mi penetración crítica y de la forma casi vertiginosa en que fue concebido y redactado. Cada capítulo se terminaba en dos o tres días de febril trabajo, sin ningún acopio de erudición, sin levantar el lápiz del papel, como resultante acumulada de muchos años de amor a nuestra poesía. Se trataba, en principio, no de hacer su historia ni su crítica, sino de asumirla como una experiencia personal y ofrecerla en medio de la barbarie y las tinieblas como una imagen espiritual de nuestro ser. Al ir a la imprenta, no quise desvirtuar esa fisonomía espontánea que fue cobrando, para mí al menos, un carácter poemático, porque lo que en realidad me fascinaba era el poema de la poesía cubana. Allí se cerró un ciclo de mi vida. Al publicarse hoy una segunda edición, debo seguir respetándolo en su integridad y en el contexto de su fecha, aunque algunos criterios míos hayan cambiado y perciba con nitidez, desde mi actual punto de vista, los defectos y lagunas. En cuanto al elemento inevitablemente didáctico de estas «lecciones» (ya que se trataba de un Curso en el Lyceum de La Habana), no debe, sin embargo, confundir a nadie. Lo que el lector tiene en las manos es, en esencia, si tal género existe, un estudio lírico acerca de las relaciones de la poesía y la patria.
Por otra parte, a los doce años de escrito el último capítulo de este libro, comprendo que muchas de sus consideraciones estaban determinadas por un enfrentamiento de la historia y la poesía, y por una toma de partido a favor de esta. La explicación de esa actitud, más allá de las razones temperamentales, está sin duda en el ambiente generacional del posmachadismo, la guerra civil española y la segunda guerra mundial, que nos llevaron a una grave desconfianza de lo histórico, fortalecida por nuestra formación poética y libremente religiosa. La inmersión desde la adolescencia en una atmósfera de frustración y de «imposible», dejó fuerte huella en nuestro modo de mirar la poesía y, a través de ella, el alma y el destino del país. Aunque no creo que todo en esa perspectiva fuese erróneo como registro de constantes y como testimonio de un momento trágico, aparentemente sin salida en nuestro proceso nacional, hoy comprendo que las amargas disquisiciones de esas últimas páginas (que adquieren ahora un cierto valor y sabor «de época»), ocultaban la nostalgia de otras perspectivas: exactamente, las encarnadas por José Martí, en quien historia y poesía no fueron potestades enemigas. El elemento fundamental que falta en dichas «consideraciones finales», es sencillamente la acción. Eliminada la acción (por desconfianza y desconocimiento de sus verdaderas posibilidades), quedaban «desconectadas» la historia y la poesía: la primera representaba el sinsentido y la segunda, desde luego, el sentido, pero un sentido sólo platónica o proféticamente verificable. Sin renunciar a estas dimensiones, la acción revolucionaria nos ha enseñado, entre otras cosas, que la poesía puede encarnar en la historia y debe hacerlo, con todos los riesgos que ello implica, y que en la agonía de esa encarnación se desvanecen las frustraciones que nos paralizaban, quedando sólo en pie aquel imposible heroico —la protesta de Baraguá, la obra de Marti, los doce de la Sierra, las muertes solitarias de Camilo Torres y el Che—, que es la sustancia y el motor de nuestra mejor historia y, en el reino de las transposiciones líricas o proféticas, de nuestra mejor poesía. Salvada así la conexión viva entre la realidad y la palabra, sálvase también, para el autor de este libro, la conexión de ambas con la fe religiosa (explícita o implícita), en cuanto ahora sabemos que las obras, esenciales a la fe, han de manifestarse incesantemente en el ámbito de los prójimos, que es el ámbito social e histórico de la vida del espíritu.
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