
«A mi padre lo iban a matar si entraba al pueblo», así comienza esta historia, en la que por indulgencias del azar supo leer Plácido Navarro en los dados que le jugaba el destino; por caprichos del infortunio, hubo de dejar atrás un camioncito Ford rebosante de viandas y a una mujer que no cejaría en vigilia por su regreso; por esas vueltas de la vida, sería transformado en otro hombre, con otra leyenda y estatura, de concurrente que prefiere el anonimato en la platea, a actor en el retablo de una Historia mayor.
Pero todo esto lleva su tiempo narrarlo, y el autor lo hará con avispada voz coloquial, en vívidas escenas que alteran el orden del pasado y anuncian lo aún no acontecido, entre amoríos y lujurias, miserias o abundancias, violencias y heroismos. Las tantas Cubas de la década de 1950 —la Cuba criolla y campestre, la Cuba glamorosa y cosmopolita, la Cuba antes mambisa y ahora rebelde— serán también protagonistas de esta novela.
***
El hombre nunca sabe para quién padece y espera.
Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá,
y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán
para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía
siempre una felicidad situada más allá de la porción
que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre
está precisamente en querer mejorar lo que es.
Alejo Carpentier
(El reino de este mundo)
A mi padre lo iban a matar si entraba al pueblo. Eso dijo el sargento Montesino, alto, para que lo oyeran todos, los que estaban de pie y los que estaban sentados, luego de sonreír jacarandoso, encender un inmenso tabaco y cruzar sobre la mesa sus piernas con botas. La orden de matar venía de arriba, de La Habana, del más alto nivel, y el nombre de mi padre hizo el número dieciséis en una lista que iba dictando a su antojo el sargento, copiada por el sudoroso cabo Froilán en la Remington, muy cerca de la mesa y de las botas.
Esperarían a que mi padre apareciera como siempre. Lo dejarían apostarse en un rincón de la plaza con su Ford enfangado, repleto de viandas y de frutas, antes del amanecer del domingo; permitirían que abriera la puerta de un codazo después de un viaje de muchísimas horas. desde la finca Santa Amalia en Palma Soriano hasta ese pueblo; permitirían, además, que saliera de la cabina con gesto difícil por causa de sus piernas, que estirara sus brazos de hombre negro de un metro ochenta y cinco, bostezara su ruidosa falta de sueño y subiera a la cama del Ford, con tiempo suficiente, para acomodar el desparrame de frutas y de viandas salidas de las cajas; no impedirían que colocara a un lado las jugosas mandarinas, las naranjas agrias y las naranjas dulces, los limones enormes, los plátanos manzanos y los plátanos machos, los tomates de ensalada y los tomates de cocina, los mangos filipinos y los mangos bizcochuelos, los zapotes colorados y las piñas; permitirían que ubicara bien hacia otra parte los sacos de ñame, de frijoles negros, la malanga, los aguacates, los boniatos y la yuca húmeda; cosecha de la tierra fértil de Santa Amalia que vendería dentro de un rato a precio de miseria; tampoco impedirían que mi padre, inclinado, lavara sus manos en Ia pluma colectiva de la plaza, se echara bastante agua para ahuyentar el sueño, se llegara a la fonda improvisada y le sirvieran el pan con macho asado de ayer y el vaso de café con leche de costumbre; permitirían que bromeara, saludara y abrazara a otros camioneros y a otros vendedores, algunos apuntados en la lista del sargento Montesino, y que comentara con la boca llena acerca de lo mal que andaban los tiempos, no solo por la sequía o por las ventas tan bajas, ni por lo malos que estaban los caminos, sino por los asuntos de política y por las malas pulgas de los guardias del pueblo.
Observarían que mi padre, como casi siempre, se iba a apartar discreto del grupo de vendedores, ocupados en masticar el desayuno. Permitirían que anduviera tres o cuatro casas más allá de la fonda con un cigarro en la mano, que echara humo como en alguna de esas películas de Humphrey Bogart que tanto le gustaban, que mirara a ambos lados de la calle y tocara en una puerta con absoluto misterio; no impedirían que entrara cuando la puerta se abriera y sobre todo, evitarían, desde sus posiciones de informantes en prestación de servicio, que una hermosa cuarentona, recién levantada, calentita aún y en corta bata de dormir, asomara la mitad de su cuerpo en la puerta, mirara a ambos lados y comprobara que ningún cristiano lo había visto entrar a esa hora.
Permitirían que Crescencia López, viuda del sindicalista que fuera encontrado en una cuneta un par de años antes, repletico de puñaladas por causa de crimen pasional, según las malas lenguas y según el dictamen del propio sargento Montesino en el lugar de los hechos, cerrara la puerta con susto de mujer en penumbras y entonces solo tendrían que pasar la información a los soldados del ejército, y los soldados, al mando del sudoroso cabo Froilán, comenzarían el apostamiento detrás de los árboles, detrás de los carros, detrás de los muros, hasta esperar una orden del sargento. Cuando llegara dicha orden, rastrillarían sus fusiles, saldrían de sus escondites y avanzarían, inclinadísimos, en posición de ataque hasta la puerta de la mulata Crescencia, quien quedaría perpleja al ver cómo entraba el ejército en su casa después de unas patadas, para llevarse a mi padre a culatazos a la calle y montarlo en un jeep.
Pero, aunque estuvieran apostados, listos para efectuar el peligroso operativo, habría que esperar una orden. Mientras tanto, quienes pensaran que la causa por la que mi padre ocupaba el número dieciséis en la lista de los posibles muertos de ese domingo, era por asuntos políticos y no por asuntos de faldas, desde sus posiciones en prestación de servicio pudieran imaginar que el negro que esperaban, recién llegaría desde Palma Soriano en un Ford enfangado y repleto de viandas, para extraer, nervioso, paquetes de octavillas con las frases Libertad. Abajo el gobierno, Viva Cuba Libre o cualquier otra de algún bolsillo falso de su pantalón de trabajo, y entregarlos a Crescencia; imaginarían, además, que la buena mulata, como buena conspiradora, acabadita de levantar de la cama, calentita aún, a veces inclinada, con el culo mirando hacia él, no sabría guardar rápido aquellas octavillas, ¿en la última gaveta del closet?, no, ¿debajo del balde de agua de tomar?, tampoco, ¿en el estante de la cocina? no, provocando cierta confusión en los pensamientos de mi padre, con la promesa de que ella misma los entregaría cuanto antes al jefe de cédula del pueblo para que este, en la noche, con ayuda de los miembros más audaces de la organización, procediera a regarlas como naipes desde el campanario de la iglesia, desde alguna esquina del ayuntamiento, desde el galinero del cine, desde el instituto o desde el mismísimo cuartel, como ocurría en los domingos de los últimos tiempos; y luego de sonreírle nerviosa a mi padre, ella, la compañera Crescencia López, le pediría que la perdonara, compañero de Palma, es que todo esto me pone medio loca, y le brindaría una taza del café oriental que ya habría colado.
Quienes pensaran, por su parte, que el motivo por el que mi padre ocupaba el número dieciséis en la lista de los posibles muertos de ese domingo, no era por asuntos políticos sino por asuntos de faldas, desde sus posiciones en prestación de servicio pudieran imaginar que el negro que esperaban, recién llegaría desde Palma Soriano en un Ford enfangado y repleto de viandas, no solo para entrar, nervioso, en casa de Crescencia López sino dentro de la propia Crescencia López, quien lo habría recibido completamente abierta en una cama cálida, sin imaginar que en la calle, el tal Montesino, sargentico de mierda ese, que ya la tenía harta con sus indecorosas propuestas sexuales, iba a estar contando los minutos para irrumpir de una patada en la casa.
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Sobre el autor
Alberto Guerra Naranjo (La Habana, 1963). Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Profesor, guionista, escritor y promotor. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas e incluye títulos como Disparos en el aula (1992), Aporías de la Feria (1994), Blasfemia del escriba (2000) y La soledad del tiempo (2009). Entre sus galardones literarios destacan los de la revista La Gaceta de Cuba en 1997 y 1999, así como el Premio Internacional de Cuentos sobre Discapacidades de Valladolid y el Premio Internacional de Relatos Cortos de Huelva, España, ambos en 2018. Los conjurados resultó única finalista del Premio Internacional de Novela Torrente Ballester de 2022.
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