
Delicadeza intimista, con una hondura que no llega al desgarramiento melancólico pero que se inserta en el estilo del Romanticismo, este poemario-recopilación de textos anteriores rebasa la cotidianidad del tema familiar, de la existencia misma, hasta hacerlo universal. El polvo, los días del polvo, los sueños sobre el polvo, en fin, la vida sobre el polvo que emerge con destellante lirismo en cada uno de los versos recurrentes de la joven poetisa, hacedora de imágenes que tocan tanto el cuerpo como el alma misma.
Seis años maldiciendo
Aquellas bibliotecas murieron con mi calma.
Tuve que aprender los vicios incurables,
huir con los amigos.
Diablos!, los amigos.
Yo tuve los amigos más breves de este mundo,
de esos que se desprenden
llevando siempre un dios para no ser culpables,
y vi las bibliotecas más tristes de este mundo,
pero se me hizo tarde para entender que yo era quien mentía:
no había que venir tan lejos por un libro,
no había que romperse mirando el pizarrón de bordes mal
gastados,
el aire del maestro.
Dura expresión del agua,
no van a perdonarme seis años maldiciendo.
Ya hablé de las ciudades,
puedo imaginar la edad de algunas casas,
pero bien poco he visto,
yo sólo sé que me voy de los pupitres
Y ya no puedo dar con la verdad exacta.
Aquellas bibliotecas tal vez nunca existieron,
quizás no fui la alumna necesaria,
pero qué mal maestro,
qué duro el tropezón con nuestros años breves.
Y yo, que aún creía
porque ya estaba lejos,
juraba que sí había elegido las palabras.
¡Por qué este mal perdón para no desafiarme?,
seis años puede ser un tiempo indefinido,
la paz que se abandona,
vivir para saber que temo a cada instante.
Yo vi las bibliotecas más grises de este mundo,
juro haber soñado que huía para siempre.
En el sueño mis amigos gemían por no haber besado otros
lugares;
yo también gemía
pero ya había jurado escaparme para siempre.
Por qué tanto desorden,
qué gano con romper mi cuerpo en la aventura?
¡Ya dónde voy a irme,
qué salto puede ahora curarme del delirio?
***
(con Alfonsina Storni)
1997
Baldía niebla donde mi vida, pobre,
oirá hasta siempre el rugir del tren que parte.
Nadie me sigue en la ciudad dejada,
nadie pregunta por mí,
que iré en un sueño
viajando largo
sin resignarme a morir.
¡Avanza ferozmente, Tren,
conmigo acaba!
***
No tengo Dios
solo grisura para alcanzar la noche,
siglos de niebla.
Te vi vagando detrás de la penumbra,
yo atravesaba crujiente aquel camino
buscando un rumbo feliz.
Mas fui tan grave,
mi esperanza no te alcanzó siquiera.
No tengo Dios,
solo añoranzas para cruzar el día,
tiempo arrasante en el cuerpo
que aún te busca
bajo esta niebla.
Sobre la autora
Maylén Domínguez Mondeja (Cruces, Cienfuegos, 1973). Poetisa, narradora y editora. Licenciada en Información Científico-Técnica y Bibliotecología por la Universidad de La Habana. Tiene publicados los poemarios Historias contra el polvo (1998), Estancias en lo efímero (2001), De lo que fue dictando el fuego (2004), Bajo la noche móvil (2004) y Noche magna (2006).
Por su obra poética y narrativa ha obtenido diversas menciones y premios, como Calendario 1999 y 2006, Ciudad del Che 2002, La Rosa Blanca 2002, Pinos Nuevos 2003 y Raúl Doblado 2003. Aparece en antologías poéticas nacionales e internacionales, entre otras: Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (2000), Mujer adentro (2000), Los parques (2002), La madera sagrada (2005), Palabras en la arena (2006) y El poeta eres tú (2007), Es coautora de la antología Queredlas cual las hacéis: 21 jóvenes poetisas cubanas del siglo XXI (2007).
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