
El 2 de noviembre de 1975 fallece en Roma. Italia, Pier Paolo Pasolini, cineasta novelista y poeta italiano nacido en 1922. Considerado uno de los cineastas y poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX italiano y europeo, Pasolini tiene entre su obra poética: Las cenizas de Gramsci (1957) y Poesía en forma de rosa (1961-64), además de sus novelas Muchachos de la calle (1955) y Una vida violenta (1959). De la primera novela compartimos un fragmento del primer capítulo.
Capítulo primero
La clase y la «barrida»
A la una menos cuarto, en el preciso instante en que en el aula de física, tras largas e infructuosas tentativas se coloreó de verde esmeralda la llama incolora del mechero bunsen, como recompensa por la ansiosa espera y como prueba que la combinación química enunciada por el profesor acababa de producirse, a la una menos cuarto, digo, justo en el momento del triunfo, llegó desde el patio de la casa vecino la música de un organillo y barrió de golpe con toda la seriedad.
En este tibio día de marzo todas las ventanas estaban abiertas y la música aleteó en la clase con bocanadas de primavera. El organillo tocaba una alegre melodía húngara que sonaba como una marcha, tan llena de tatachines y tan insolente que toda la clase apenas podía aguantar la risa y algunos se pusieron de verdad a sonreír. En el mechero bunsen seguían ardiendo alegremente las estrías verdes y algunos chicos de los primeros bancos las miraban boquiabiertos. Pero los demás contemplaban por la ventana los tejados de las casitas vecinas y a lo lejos, bañada en el resplandor del mediodía la torre de la iglesia en cuyo reloj la aguja larga que marca las horas se aproximaba alentadoramente a las doce.
Y como sus oídos estaban atentos a los rumores que venían de fuera recogían junto con la música muchos otros ruidos que no pertenecían a la clase. Sonaba la campanilla del tranvía de caballos, en un patio próximo una criada tarareaba una canción que nada tenía que ver con la que tocaba el organillo. Y toda la clase se puso en movimiento.
Algunos comenzaron a andar con los libros, los más ordenados se pusieron a limpiar las plumas, Boka cerró su tinterito portátil, forrado de cuero rojo, tan hábilmente construido que sólo dejaba escapar la tinta cuando estaba en el bolsillo, Chele juntó las hojas que le servían de libros porque Chele era un presumido a quien no le parecía bien echarse a la espalda todo el montón de libros que llevaban los demás y sólo se traía las hojas indispensables, distribuidas en los bolsillos.
Chonakos, que se sentaba en la última fila de bancos, soltó un tremendo bostezo de hipopótamo aburrido, Weiss dio vuelta sus bolsillos para sacudir las migas que había dejado el pan que acostumbraba a mordisquear en las horas de clase, Guereb se puso a mover los pies debajo de su asiento como quien va a levantarse y Barabas, sin el menor empacho, extendió sobre sus rodillas el trozo de hule, acomodó en él los libros por orden de tamaño y tanto ajustó la correa para atarlos que crujió el banco y el muchacho se puso muy colorado.
En fin, que todos hacían preparativos para irse y sólo el profesor no parecía darse cuenta de que dentro de cinco minutos terminaba la hora. Dejó caer su mirada quieta sobre las rebeldes cabezas infantiles y dijo:
—¿Qué pasa?
Un profundo silencio fue la respuesta. Un silencio de tumba. Barabas soltó la correa, Guereb encogió las piernas, Weiss dio vuelta otra vez los bolsillos para adentro, Chonakos se tapó la boca con la mano y ahogó el bostezo contra la palma, Chele dejó en paz sus libros, Boka cerró de prisa el tintero rojo que se derramó en cuanto presintió el bolsillo.
—¿Qué pasa?, preguntó el profesor.
Pero ya estaban todos sentados en sus bancos, inmóviles. La mirada del maestro se dirigió entonces a la ventana por donde entraban las notas despreocupadas del organillo como si quisiera dar a entender que nada le importaba la disciplina escolar. A pesar de ello el profesor lanzó una mirada severa y ordenó:
—Chengey, cierra la ventana.
Chengey, el pequeño Chengey, el «primero del banco» se levantó, llegó a la ventana con su carita seria y severa y la cerró.
En ese momento Chonakos avanzó ligeramente el cuerpo fuera de su asiento y le susurró a un muchachito rubio:
—¡Atención, Nemechek!
Nemechek miró para atrás y después bajó los ojos. Una bolita de papel llegó rodando. La levantó y la desplegó. Tenía escrito de un lado: «Para entregar a Boka».
Nemechek sabía que esto no era sino la dirección y que el verdadero mensaje estaba a la vuelta. Pero Nemechek era un hombre de carácter decidido, incapaz de leer una carta ajena. Por esto volvió a arrugarlo, hizo una pelotita, esperó el instante propicio, se agachó por la calle que se abría entre las dos filas de bancos y murmuró:
—¡Atención, Boka!
Ahora le tocaba a Boka mirar al suelo que era la arteria de tránsito reglamentaria para toda clase de asuntos. La bolita de papel llegó rodando. Y del otro lado, del lado que el rubio Nemechek no leyó por caballerosidad, decía: «Asamblea general a las tres de la tarde. Orden del día: Elección del presidente. Infórmese a los interesados».
Boka se guardó el papel y ajustó la correa de sus libros por última vez. Era la una. El reloj eléctrico se puso a zumbar y entonces también el profesor se enteró de que había terminado la hora. Apagó el mechero bunsen, señaló la lección y se dirigió a la sala de Historia Natural cuyas puertas, al entreabrirse, mostraban una cantidad de animales embalsamados, de pájaros que miraban desde sus pedestales con ojos de vidrio impávidos y en un rincón, quieto y digno, estaba el enigma de los enigmas, el terror de los terrores: un esqueleto humano amarillento por el tiempo.
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