
Publicada por la editorial Letras Cubanas en 2024 y como parte de la Colección Biblioteca del Pueblo, Jardín es un título de lectura imprescindible y muy disfrutable. En la edición de contracubierta nos adelanta la sinopsis:
Bárbara deambula por su jardín, real y simbólico a un tiempo. ¿Quién es? ¿Dónde vive? ¿Cuáles son sus sueños? Como si ella misma fuera fruto del jardín, o una criatura soñada, la joven apenas se distingue de la floresta vegetal que adorna y asedia su casa. Viejos recuerdos, profusas lecturas y vidas antiguas la atan a la vieja mansión y se entretejen con su vida presente. Aun del otro lado del océano, el jardín todavía la reclamará, imperioso. A él regresará para cumplir su destino. Fuera del tiempo y del espacio, Dulce María Loynaz teje una portentosa catedral de palabras e imágenes. Su Jardín. Novela lírica, es una de las cumbres de la literatura cubana.
Preludio
Esta es la historia incoherente y monótona de una mujer y un jardín. No hay tiempo ni espacio, como en las teorías de Einstein. El jardín y la mujer están en cualquier meridiano del mundo —el más curvo o el más tenso— y en cualquier grado —el más alto o el más bajo— de la circunferencia del tiempo. Hay muchas rosas.
No es, gracias a Dios, una novela humana. Quizá no sea siquiera una novela. El Diccionario de la Lengua dice —y hay que creerlo— que novela es una obra literaria donde se narra una acción fingida; y cabe preguntar si merece el nombre de acción este ir y venir infatigables, este hacer caminar infinitamente a una mujer por un jardín.
Si no lo merece, no habrá novela, al menos considerado el punto en buena retórica; y si, por el contrario, le justificamos la condicional de acción, forzoso es convenir en que su trama ha resultado tan espaciada y débil, tan desprendida a tramos, que apenas alcanza para sostener la armazón de los capítulos, que, sin embargo y sin previsión de la inconsistencia en que se asientan, han querido llevar —a usanza de los lindos capítulos de estilo— un nombre y un número.
No sé si, una vez hecha, se me rompa la invertebrada historia en otras manos menos cautelosas que las mías y con menos precisión de serlo. No sé si los lindos capítulos se echarán a volar a la primera mano que abra el libro. Previendo ese final, he querido añadir a la palabra novela el adjetivo lírica, que más que paradoja viene siendo como una atenuante, como una explicación.
Nada lo libra, sin embargo, de ser un libro extemporáneo, aunque una mujer y un jardín sean dos motivos eternos; como que de una mujer en un jardín le viene la raíz al mundo. Extemporáneo porque, para fatiga mía, voy contra a la corriente. Como no pude nunca interesarme en las cocinas modernas ni en los idilios de casino dominguero, he venido a hacer de la criatura de mi libro un ser de poca carne y poco hueso, un personaje irreal, imposible de encajar en nuestros moldes, en nuestros modos, en nuestros gustos, y hasta en nuestras creencias.
Así salió de la punta de mi lápiz; así la desentrañé de su jardín y la volví a él, fresca todavía, con frescura de mata, e intangible.
No se me oculta que este huésped intruso, esta recién venida inesperada, por su sola presencia, aun sin moverla mucho, aun sin tocarla, me hace ya arrostrar grandes peligros; hasta el peligro de lo inverosímil, de la ira que acarrea lo inverosímil en nuestra época, en que hay que vivir —y morir…— de realidad.
Acaso podría haberme hecho perdonar estas furtivas incursiones al reino de la fantasía, esta ligereza, este mariposear en los linderos de lo prohibido, si a fin de cuentas me hubiera propuesto algo útil o, por lo menos, definido en ello… Pero ni aun eso puedo alegar a mi favor.
Si en vez de dar a la protagonista ese nombre de Bárbara, tan duro; ese nombre recio y tajante, que parece pesar sobre sus hombros delicados, hubiérala llamado algo parecido a Psiquis, habría, por lo menos, alcanzado algún fin, me habría por de pronto aproximado al Símbolo, única escuela, única concreción que todavía me inquieta, y también única, quizás, a la que podría aspirar.
Pero aun eso, con no ser mucho, era demasiado para mis fuerzas, y así, el doblar de las hojas que siguen solo será, para el que quiera doblarlas, una sucesión inconexa y entrecortada, a veces, de árboles y de agua, de árboles que se nos confunden con figuras humanas o figuras deshumanizadas que nos parecieron árboles y que se nos quedan atrás, que no distinguimos bien, como si las viéramos pasar fugazmente por la ventanilla de un tren en marcha.
En algún momento, la mujer se nos contagiará del antiguo misterio vegetal que aprisiona su vida; en otro, será el jardín el que abandone su rigidez leñosa, el que se vivifique a ese temblor de sístoles y diástoles que ella logra traspasarle a la honda raíz, al tallo tibio.
Aún debo confesar, ya que el que lee tiene derecho por lo menos a la honradez del que escribe, que me ha faltado enteramente el propósito de hacer amena esta lectura. Tal vez no escribí la poco entretenida historia de Bárbara para que fuese leída; tal vez solo busqué en la aventura el modo vago de liberarla de sí misma, de afirmarle los pies entumecidos en un camino nuevo, sin saber de fijo a dónde el camino me la Ilevaría…
Como he tardado siete años en hacerlo, no creo que sea obra perdonable. Este es un libro extemporáneo; no es malo, sino fuera de ocasión.
Yo le hubiera hecho aguardar más tiempo a mi sombra. Las cosas, en mí, van muy lentamente, y me hubiera sobrado paciencia para una espera de veinte años; lo que hoy me mueve a empujarlo de este umbral obscuro en que suspenso permanece, ha sido el pequeño, insidioso temor que me asaltó de pronto una mañana, de que su hora ya no estaba por venir, sino que había pasado.
Un sabio alemán debe consolarme de estas penas. Decía Schleiden: «¿En qué es inferior el horticultor que nos presenta frutas delicadas al botánico consumado que nos describe los tejidos vegetales? ¿Es verdaderamente científico que haya desdén de uno para otro?».
Viejo filósofo de los Nortes, dime también a mí, que de otro modo me he puesto a andar con plantas y con tierra, que amo también el verde, y a mi manera le persigo o le doy el alma obscura que late en su clorofila —sensible misterio de la luz—; dime con tu palabra serenadora que este libro tampoco será menos que la fruta del horticultor paciente. Que sea —nada más— como la fruta, como la fruta que nos presentan sonriendo en una tarde de verano…
La Habana, junio 21 de 1935,
a las siete menos cuarto de la tarde.
Sobre la autora
Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997) escribió Bestiarium (1928), Versos. 1920-1938 (1938), Juegos de agua (1947), Poemas sin nombre (1955), Últimos días de una casa (poesía, 1958), Un verano en Tenerife (1958) y Fe de vida (1994). Sus ensayos y conferencias aparecieron en Ensayos literarios (1993), y alguna correspondencia en Cartas que no se extraviaron (1997). Entre 1928 y 1935 escribió Jardín, que no se publicaría hasta 1951, en Madrid. Mereció el Premio Nacional de Literatura en 1987 y el Premio Cervantes en 1992.
Visitas: 22






Deja un comentario