
El volumen Oros viejos, de Herminio Almendros, reúne en sus páginas las leyendas más bellas que el lector pueda encontrar dispersas por el mundo. En ellas se cuentan sucesos maravillosos como el descubrimiento del fuego, el árbol del pan o el surgimiento de la porcelana, y otros vinculados a apasionados amores o sorprendentes aventuras de los personajes que dan vida a estas narraciones escritas con sencillez y frescura.
Publicado por la Editorial Gente Nueva (2021) y como parte de la colección Biblioteca del Pueblo estas páginas son un viaje en el tiempo y el espacio ilustradas por la magia creativa de Bladimir González Linares. Compartimos la leyenda de «Quetzalcóatl, el dios de la vida»
* * *
Venid si queréis oír. Son las historias de los dioses que causan sorpresa y asombro. Venid a escucharlas como las cantaron ellos mismos y como las dicen los hombres.
Escuchad la voz de Quetzalcóatl, el dios del aire y de la vida, que bajó al mundo para sacrificarse por los hombres y ayudarlos.
Quetzalcóatl vivió con los hombres, y todos sentían por él veneración, porque era un dios bueno, y nada malo podía venirles de él.
Y dicen esto que explicó Quetzalcóatl, y que muchos oídos oyeron:
—Cuando nacieron los hombres no había ni Sol ni Luna en el mundo. Entonces los dioses se reunieron en Teotihuacán para pensar la manera de iluminar el cielo y la tierra y que los hombres vieran…
Muchas palabras dijeron los dioses en aquel consejo, y al fin determinaron que uno de ellos había de sacrificarse y convertirse en sol. Dos de los dioses se prestaron para el sacrificio: el uno era un dios rico y poderoso; el otro era un dios pobre y enfermo.
Allí mismo, en Teotihuacán, los dioses elevaron dos pedestales de piedra, y al lado encendieron una gran lumbre.
Cuatro días seguidos se prepararon y ayunaron los dioses que habían de ir al ssacrificio. Al quinto día todos los demás se pusieron en dos largas filas, y al final estaba la hoguera grande y brillante.
El dios pobre y el dios rico estaban dispuestos. Tres veces subió el rico al pedestal, y las tres tuvo miedo del brillo y el calor de la lumbre. El dios pobre subió una vez, cerró los ojos y se lanzó a las llamas. Avergonzado el rico, se arrojó también en el brasero divino.
Había un gran silencio; todos los dioses esperaban, y esperaron aún cuatro días después que se consumiỏ el fuego. Y al cuarto día el cielo empezó a ponerse rojo, y por fin apareció el sol. Casi al mismo tiempo, por el lado opuesto del cielo, salió la luna, hermosa y brillante como el mismo astro rey. Los dioses creyeron que era una burla y se indignaron. Uno de ellos cogió un conejo y lo tiró contra esta, y así su claridad quedó manchada con una sombra, que no hay más que mirarla para saber que así fue.
Maravillados miraban los dioses aquel prodigio, pero el sol estaba en la orilla del cielo y no se movía, ni tampoco la luna, y cuando miraban preguntando con los ojos, el brillante astro dijo:
—¡Habéis de morir todos para que haya estrellas en el cielo!
Y se levantó grande y misterioso viento sobre la Tierra, que arrebató a los dioses y los transformó y los puso de estrellas clavados en el cielo. Y entonces todo giró en el espacio por la fuerza de aquel viento, y las estrellas desde entonces se encienden al apagarse el sol, y se apagan củando el sol brilla.
Todo esto dijo Quetzalcóatl a los hombres en la gran ciudad de Tollán.
Llegad ahora a oír lo que los hombres dicen del dios bueno de la vida, del generoso «Serpiente Emplumada», que eso quiere decir el hermoso nombre Quetzalcóatl.
Oíd lo que cuentan de su dios los hombres.
Sobre el autor
Herminio Almendros (Albacete, 1898-La Habana, 1974). Fue un eminente escritor, editor y pedagogo. Fundó y dirigió la Editora Juvenil, donde publicó obras tan populares como Había una vez, Cuentos de animales y Lecturas ejemplares.
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