
Overbooking, de la escritora pinareña Mylene Fernández Pintado, fue publicado por Ediciones Loynaz en 2023. Un libro que la autora dedica “A mi madre, que me enseñó a aprender”.
Las vicisitudes de la venta de un Moskvich, el encuentro entre la propietaria de un cuadro y el ladrón que intenta robarlo, el peregrinaje de una muchacha detrás de su doble, la extraña encomienda que recibe un escritor, las venturas y desventuras de una aspirante a un puesto de trabajo, la emigración, el amor, el machismo, el oportunismo y la dignidad femenina, son algunos de los temas que componen esta colección de relatos que abordan la cotidianidad y sus rarezas. En ellos se alternan la tristeza y el humor, dando como resultado un conjunto de historias costumbristas que a ratos se vuelven surrealistas.
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De Moscú, con amor
En 1947 la fábrica de autos compactos de Moscú, inició la producción de un automóvil llamado Moskvich 400 basado en el Opel Kadett. Eso dice Wikipedia. Nosotros decimos que los Moskvich fueron hechos por los jóvenes del komsomol en jornadas de trabajo voluntario. Hay un chiste muy famoso en el que un paseante se detiene ante un Moskvich parqueado, lo mira largamente, fascinado, y luego pregunta a su dueño, que no entiende la razón de tanta observación. “Disculpe, lo hizo usted solo o lo ayudó alguien?”
Luego de darle muchas vueltas, resolví vender mi Moskvich, nacido en 1980. Era el auto de mi madre y desde que ella murió, sentía como si también él la echara de menos. Su inacción parecía a veces luto y otras, huelga.
Me costaba mucho decidirme, era un recuerdo de familia y estaba acostumbrada a verlo cada día, a que saliéramos en armonía algunas veces y a discutir muchas otras. Los timos y las lites con el gremio de la mecánica automotriz se habían convertido en mi cotidianeidad y en el polo norte de mi autoestima y mi bolsillo.
Mientras yo sopesaba los pros y contras de la hipotética venta, algo vino en mi ayuda para darme el empujoncito final: un concierto de Fito Páez en el Karl Marx. Pese a que llegué temprano, el parqueo del teatro estaba lleno y estacioné frente a Don Cangrejo, sin pensar que era sábado por la noche.
A la salida, me encontré una especie de acordeón que ostentaba mi chapa, rodeado de un mar de cristalitos de parabrisas que brillaban a la luz de la farola de la esquina de 1.ra y 16, como una alfombra de falsos diamantes. El mismo farol q que iluminaba lo que antes habían sido los cristales delantero y trasero de mi carro, no había sido suficientemente potente como para que el parqueador, algún vecino o transeúnte pudiera decirme quién lo había chocado. Nadie había visto nada.
Uno de los mecánicos que engordaba mi lista de timadores, lo reparó con el presupuesto que yo podía permitirme. El carro quedó como cuando vas al dentista y te ponen una curita hasta el día del empaste.
Como no tenía idea de cuál podría ser su precio me puse a buscar en Revolico.com, nuestro e-bay nacional.
Vi fotos de Moskvich con carrocerías brillantes, lones que parecían el lobby de un hotel 5 estrellas y gomas de Fórmula Uno. Carros que nada tenían que ver con el mío, a precios que tenían aún mucho menos en común con mis pretensiones.
Entonces decidí, en vez de indagar quiénes vendían Moskvich, pesquisar aquellos que los compraban.
Lo primero que me llamó la atención fue que los anuncios estaban escritos con mala ortografía, pésima redacción y palabras inventadas, como si “Revolico autos” fuera una especie de país digital con un dialecto que solo usaban sus nativos.
El vocablo que más me llamó la atención fue negosear, que era el infinitivo. La primera persona del singular que resultaba la más usada, se conjugaba como negoseo. Luego abundaban los ase por hace, benga por venga, halla por haya y otras linduras de la lengua.
Luego de anotar los nombres y números de los deseosos de comprar Moskvich destartalados, decidí llamar al único que había escrito en correcto español: “Compro un Moskvich que funcione”. La otra cosa que me gustó es que en su anuncio no había escrito un número de celular sino un teléfono fijo. Era alguien que aún conocía el valor de hablar por teléfono en la intimidad de su morada, en vez de andar dando gritos por la calle a un interlocutor invisible.
Cuando llamé a su casa me respondió su madre, a lo lejos podía escuchar las voces del noticiero del mediodía.Imaginé un hogar clásico donde la madre de Ángel miraba las noticias mientras preparaba ricos platos para su hijo. La señora era muy amable. Le expliqué la razón de la llamada y le dejé el número de mi casa.
Ángel me llamó un rato después. Me trataba de usted —una buena costumbre en desuso— y me explicó que estaba en la oficina y su madre le había avisado. Eso de la oficina me gustó, porque a veces creo que trabajar es otra buena costumbre caída en desgracia. Seguía sumando vìrtudes. Era uno que además de escribir sin faltas de ortografía, de preferir el teléfono fijo al celular y poseer una madre que daba recados y cocinaba mirando el noticiero, trabajaba. Hablábamos el mismo idioma y ambos éramos extranjeros en Revolico.com así que concertamos la cita para que viniera a ver el Moskvich y ajustar el precio.
Nunca creí que vender un carro fuera tan fácil. Cuando me decidí, pensaba que el proceso iba a ser largo y que dispondría de tiempo para acostumbrarme al cambio. No fue así. Ángel sabía lo que estaba buscando. Lo miró detenidamente, lo probó y dimos vueltas por mi barrio mientras yo enunciaba de manera honesta los desperfectos visibles y los ocultos, y él asentía sin quejarse. Me dijo que lo compraba si le rebajaba 500 CUC y como aún así me parecía que estaba recibiendo una fortuna, acepté y fijamos la fecha de la transacción para la semana entrante.
Como si hubiera escuchado la conversación, el Moskich parecía no querer abandonarme. Arrancaba a la primera orden, los pistones funcionaban, el motor ronroneaba como un gato doméstico y las gomas soportaban sin quejarse, baches y zanjas. Hasta los limpiaparabrisas abandonaron la huelga y se pusieron a trabajar con entusiasmo las tardes lluviosas. Los últimos días que pasamos juntos fueron una luna de miel en la que él no se quejaba ni yo me enfadaba por sus reproches.
Sobre la autora
Mylene Fernández Pintado (Pinar del Río, 1963). Escritora y licenciada en Derecho. Ha dado a conocer los libros de Cuentos: Anhedonia (Premio David 1998, Ed. Unión, 1999 y Ed. Matanzas, 2014); 4 Non Blondes (Ed. Oriente, 2013) y Agua Dura (Ed. Unión, 2017, Premio de la Crítica Literaria); entre otros. También es autora de varias novelas entre las que se encuentran: Otras plegarias atendidas (Premio Italo Calvino 2002y Premio de la Crítica Literaria 2003, Ed. Unión, 2003); La esquina del mundo (Ed. Unión, 2011; City Lights Publishers, San Francisco, 2014 —finalista del PEN CENTER USA Literary Award y del Northerst California Books Award. Su obra ha sido traducida a diversos idiomas, se ha incluido en los planes de estudio en universidades foráneas y forma parte de significativas antologías en Cuba y el extranjero.
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