
Publicado por Ediciones Unión en 2005, el libro nos aproxima al séptimo arte, desde la sagacidad de la prosa de Rufo. Según Roberto Méndez:
(…) los lectores de hoy debemos a Rufo Caballero la reinvención entre nosotros de la crítica, nada menos. Rufo es él, sobre todo, cuando se empeña en lo indescifrable. Textos y personajes de cintas cinematográficas se recomponen en un texto literario que sin falsos pudores podría emparentarse con la novela didáctica. Este libro trae consigo una terrible consecuencia: nunca más podremos mirar con los mismos ojos ciertos filmes. Esta obra es una contribución, no pequeña, a la aceptación del Otro y de eso están especialmente necesitados el pensamiento y la praxis de este milenio que comienza bajo el signo de fundamentalismos cruzados.
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Dos visiones: desde la sicología, y desde la literatura
Un blanco demasiado negro como para disimularlo
Cuando este amigo de verbo incisivo, desenfadadamente hirsuto, pensamiento fino y sentimientos nobles (Rufo es un Caballero), que comparte conmigo la incomodidad de usar XL en un mercado que no piensa en nosotros, me habló de la «pec-a mi no-sa idea» de que evaluara su último libro, yo andaba buscando algo que hacer en los próximos diez días.
Tendría que ser lo suficientemente absorbente como para hacerme olvidar que estoy recién operado de un sobrante que no aqueja a los judíos y que a mí no me había hecho nada mal, pero que en actuales circunstancias aparecía como imprescindible el acto sacrílego de desprenderme de ese pedazo de mi cuerpo en una zona en la que la identidad se funda con especial prolijidad.
Abrí entonces, con afán de olvido, la primera página del texto y para mi nada ingenua sorpresa leí: Un hombre solo y una calle oscura. La crisis del falo en el cine negro.[1]
No lo puedo creer. Rufo no me puede hacer esto. A mí que necesito psicoterapia de apoyo, que quiero olvidar el traumatismo que me han causado. Cierro y me dispongo a devolverle el texto. Pero estoy en una trampa: creo que fue en el Congreso de Weimar, en 1911, que se produjo la primera gran disensión del círculo psicoanalítico fundado por Sigmund Freud. La razón declarada: la interpretación anclada totalitariamente en los parámetros de la sexualidad. Dicen que fue Alfred Adler, ahora lo cuento a la cubana, quien se paró en la Asamblea de Producción y Servicios de los psicoanalistas y dijo: «No comparto la idea de la sexualidad omnipotente simbolizada en todo acto humano. No toda significación me lleva a la sexualidad. No puedo aceptarlo más». Y parece que el comentario de Freud a la diatriba adleriana fue: «Si no puede aceptarlo es porque tendrá algún problema sexual».
Me repito (re-pito) entonces a mí mismo: «Si no puede aceptarlo es porque tendrá algún problema sexual». Y heme aquí que estoy intentando servir de puente entre la obra, que con artesanal esmero profesional Rufo ha tejido, y un lector conocedor e ingenuamente implacable, que ojalá salte estas páginas y pase directamente al texto, o se contente con ir calentando motores en/con mis palabras, antes de hundirse en un bosque de neologismos muy rufian(e-o)s e imágenes con sabor a un déja vụ en el que un «analfaci-némano» como yo creerá que habrá una foto de Humphrey Bogart en sombrero y circundado.., mejor cambio la palabra… rodeado por el humo de un cigarrillo.
Desde que comienzo a leer siento la vocación psicológica del texto. Empiezo a sospechar por qué Rufo me creyó competente para esta tarea. De cualquier manera me exijo a mí mismo una corrección: la psicología es una suerte de archipiélago conformado por islas-paradigmas que se entretejen en una atmósfera conceptual y dilemática en la que se presiente una identidad común en una ruptura diferenciadora. En la tradición histórica tres islas-fundantes irrumpen como generatrices: el behaviorismo, la llamada psicología humanista y el psicoanálisis (a pesar de su negativa rotunda a ser considerado una, o dentro de la, psicología).
Luego podríamos delimitar otras más para que los constructivistas no se sientan despreciados. Pero sin duda ha sido el psicoanálisis el que ha hecho germinar sucesos culturales de mayor envergadura…
(otra vez las metonimias-en-verga-dura me obligan a cambiar palabras)… de mayor relieve asociados a la literatura, las artes.
Esto ha sido especialmente voluptuoso en el cine. Ahora, ¿cómo le digo a Rufo que no soy psicoanalista? En Cuba los hay, se reconocen como tales, pero no es mi caso. Y esto quiere decir que si bien las obras escogidas del maestro fueron mi desayuno formativo, no me identifico con su visión execradamente nihilista de lo humano, no comparto la traición al análisis onírico que ejecutaron Fromm y los neopsicoanalistas especialmente en Norteamérica; no miro con simpatía los hiperejercicios psicogramaticales de la lectura lacaniana de Freud, no llego a las cumbres socioanalíticas del esquizoanálisis de Guattari y no sigo más adelante porque puede parecer pedantería y entonces seré descubierto… ya lo soy.
Sobre el autor
Rufo Caballero (Cárdenas, 1966- 5 de enero de 2011). Ensayista, crítico de arte y medios audiovisuales. Doctor en Ciencias sobre Arte. Entre sus libros publicados figuran Rumores del cómplice (Letras Cubanas, 2000), América clásica, un paisaje con otro sentido (Unión, 2000) y Sedición en la pasarela (Arte y Literatura, 2001). Ha recibido los premios Lya Kostakowsky de Ensayo Hispanoamericano, Anual de Investigación Cultural, José Manuel Valdés Rodríguez, Eduardo López Morales, Razón de ser, y otros. Posee la Distinción Por la Cultura Nacional. Laboró en la Escuela Internacional de Cine de La Habana, como Jefe de la Cátedra de Humanidades.
Sobre el prologuista
Manuel Ángel Calviño Valdés-Fauly. Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Psicológicas. Máster en Marketing, Gestión Empresarial y Comunicación. Ha publicado veinte libros y cien artículos, en Cuba y otros países, referentes a la psicología y los múltiples aspectos humanos.
[1] «La crisis del falo…» era el subtítulo del libro cuando llegó a mis manos. Luego supe que el autor lo había cambiado por otro más general: Los roles de género en el cine negro.
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