
Viajar es un deber
(Una introducción)
Viajando alrededor de la Luna, al centro de la Tierra, con los grandes navegantes del siglo XVIII, dándole la vuelta al mundo en 80 días, en compañía de piratas por el Caribe o la Malasia, poseído por la fiebre del oro en el Klondike… Crecí así, de viaje en viaje, a bordo de barcos, globos, trenes, cohetes espaciales, forjándome como lector en la Cuba de las décadas del 70 y el 80, con la imprenta nacional sacando los títulos de Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, uno tras otro, a precio fnfimo, en las librerías. Para mí, la vida adulta debía ser una aventura, o no era.
Las generaciones posteriores supongo que puedan darle otro sentido a la vida. Quizás, con internet, los audiovisuales, las redes sociales, opten por la vivencia del viajero inmóvil, saciando su curiosidad con las imágenes que les llegan de todas partes. O estén enfocados en la experiencia del emigrante, ese trayecto en la sola dirección de la ida, con la resolución del que parte para despegarse del hogar natal y echar raíces en una orilla distante. Tal vez piensen de la manera más pragmática y adopten la función del comerciante: ese ir, comprar, regresar, vender; mirar el orbe entero como si de una expandida cadena de supermercados se tratase.
Pero dado mi caso personal, ninguna alternativa puedo vislumbrar que no sea la de viajar para contarlo. En 2008, un taller cursado en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí con Mariano Belenguer, profesor de la Universidad de Sevilla y fundador de la Sociedad de Periodismo de Viajes (SPV), me reafirmó esa opción. Con él aprendí, además, la diferencia entre el turista y el viajero: dos maneras de desandar el mundo, pero solo la segunda nos hace un cronista de viajes.
Luego, he ido comprendiendo, uno por uno, los motivos intrínsecos, raigales, que el viaje desempeña en los seres humanos. Con Martín Caparrós (Postales) supe que el viaje «me enseña que uno no sabe» y «es un arma para combatir el paso del tiempo». Por tanto, el viaie es un método para la ampliación de la vida y la búsqueda de conocimiento.
De Javier Reverte (La aventura de viajar) saqué la conclusión de que «viajar no es un placer, sino algo más hondo: un deber», porque «nos hace, no sólo más sabios, sino mejores. Porque nos ayuda a comprender las propias debilidades y a corregirlas en el ejemplo de los otros. Y sobre todo, nos aplica la suprema de las ensefianzas: que no estamos solos y que nuestro mundo es diverso, rico, radicalmente enclavado en la diferencia». Por tanto, el viaje es un medio para el mejoramiento y el crecimiento personal.
Leí en Leila Guerriero (Viajar, contar, viajar): «Se viaja para ver las pirámides de Egipto. Para pasar diez días todo incluido en un resort del Caribe. Para comer, para ver aves y hongos, animales. Para tomar vinos y fotos de la naturaleza (…) Se viaja para implementar algunos —o todos— los ritos del turista: diez días siete noches catorce países de Europa; veinte jornadas flotando en un crucero. Se viaja para decir yo estuve ahí, yo vi, yo sé, yo fui, yo caminé, yo pisé la calle que pisaron todos». Por tanto, y no nos engañemos, el viaje puede ser un simple mecanismo para la afirmación ególatra, la vanidad del yo.
Pero, según la misma Guerriero, «también están los viajes de los que no hacen ninguna de todas esas cosas —los viajes de los viajeros—; y los viajes inútiles: los viajes de los que viajan para contar». De modo que el viaje, a través de su relato, es un recurso para compartir con el otro las experiencias propias.
En esta dirección se puede ir más lejos, hasta afirmar que ambas cosas están ligadas sin remedio, porque viajar y contarlo es el germen mismo de la escritura toda. Esto Ricardo Piglia lo explica bien: «El primer narrador se alejó de la cueva, quizás buscando algo, persiguiendo presa, cruzó un río y luego un monte y desembocó en un valle y vio algo ahí, extraordinario para él, y volvió para contar esa historia».
Para el escritor argentino no pudo ser otro que un viajero el primer narrador y «el viaje es una de las estructuras centrales de la narración: alguien sale del mundo cotidiano, va a otro lado y cuenta lo que ha visto, la diferencia». En su ensayo Modos de narrar confirma: «no hay viaje sin narración, en un sentido podríamos decir que se viaja para narrar».
Lo misno asevera Paul Theroux (El Tao del viajero): «La literatura viajera es la más antigua del mundo; el relato que el nómada comparte con la gente convocada alrededor del fuego tras su regreso. “Esto es lo que vi”: noticias del mundo exterior, con lo raro, lo extraño o lo chocante, y con cuentos sobre bestias u otras gentes. ¡Son iguales que nosotros! o ¡No se nos parecen en nada!». Para el hombre que hizo una travesía en tren de ida y vuelta entre el Reino Unido y Japón solo para contarlo, tanto el reportaje periodístico como la ficción narrativa surgen del ímpetu del viajero, «puesto que el viajero animaba a una audiencia somnolienta con detalles inventados que adornaban sus vicisitudes. Así se escribió la primera novela en inglés. Daniel Defoe basó Robinson Crusoe en las vivencias del náufrago Alexander Selkirk».
Por ese camino, cabría decir que acaso el mundo existe para ser descrito; y toda la historia humana dentro de él es una extensa crónica viajera que sigue escribiéndose hasta nuestros días. El relato de viaje ha enmarcado la literatura occidental desde sus orígenes y está en la génesis de las distintas literaturas nacionales y corrientes literarias. Hago el recuento a vuelo de pájaro:
Con el mito de Jasón y los argonautas en busca del Vellocino de Oro y el trayecto de la Odisea de Homero se funda la literatura griega. Las experiencias de Herodoto por variados itinerarios dieron inicio a los estudios de la Historia. Abundan los viajes en la Biblia: la navegación en el Arca de Noé, el Éxodo del pueblo judío…
Sin el estímulo de los Viajes de Marco Polo es impensable el impulso descubridor del Renacimiento. La lengua italiana se forjó con Dante Alighieri y su guía Virgilio, en un tránsito por Infierno, Purgatorio y Paraíso, que originó los versos de la Divina Comedia. Cervantes consolidó la literatura castellana con su narración de El Quijote a través de La Mancha. Los Cronistas de Indias conformaron con sus relatos de la Conquista la primera expresión literaria en tierras americanas.
Más adelante, el Romanticismo extrajo su contenido del «Grand Tour», nombre que se daba al recorrido que Goethe, Shelley, Stendhal, Gautier y otros intelectuales y aristócratas europeos de los siglos XVIII y XIX emprendían hacia el sur, en busca de de los orígenes culturales en Italia y Grecia.
Los viajes de exploración y la llegada a todos los confines del mundo entre los siglos XIX y XX se acompañaron de bitácoras y diarios de viaje, que acrecentaban el conocimiento sobre la geografía, la naturaleza y las distintas culturas humanas dispersas por el planeta. Los apuntes de Alexander V Humboldt o el Viaje del Beagle de Charles Darwin dieron prestigio a las teorías y conocimientos científicos y permitieron la creación del tipo de literatura dedicada a la divulgación científica.
El capitán Ahab persiguió a Moby Dick por los siete mares en la novela de Herman Melville; y Huckleberry Finn y Tom Sawyer vagaron por las riberas del Mississippi en las obras de Mark Twain que dieron nacimiento a la literatura estadounidense. Con el propio Twain y sus crónicas para un periódico (Guia para viajeros inocentes) sobre el primer crucero que zarpó de Nueva York hacia el Meditérraneo, tomaría forma lo que hoy llamamos periodismo de viajes.
Alcanzada la comprensión de este nexo indestructible, ¿qué más hace falta para uno mismo creerse todo un cronista de viaje? Es necesario, por ejemplo, atender a esta distinción que enuncia con claridad Federico Bianchini (Antártida): «Cuando “actuamos como turistas”, miramos, sacamos fotos: disfrutamos. Mientras que cuando “actuamos como cronistas” nos preguntamos cosas, las preguntamos, averiguamos por qué».
Bianchini cree, además, que el cronista debe preguntarse: «¿que quiero contar?»; y una vez definido el tópico, «ahora nos falta la historia a través de la cual lo contaremos y, luego, los personajes».
De vuelta con Leila Guerriero: «Una crónica de viajes no es un folleto turístico, pero más largo; ni una publicidad de hotel, pero mejor escrita; ni un puñado de adjetivos previsibles —encantador, mágico asombroso— apiñados en torno a las montañas, la puesta de sol, el mar, el puente, el río». Para ella, el oficio del viajero es extenuante porque es alguien que entra en iglesias y mezquitas, en bares y en cementerios, en clubes y en las casas, que habla poco, que escucha mucho» y «a cada paso, debe tomar la única decisión que importa: qué mirar».
Cuál es la historia y los personajes. Qué mirar. ¿Es suficiente con eso? El mexicano Juan Villoro (Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán) agregaría que, además, hay que resultar interesante y eso solo se consigue al «convertir las cosas cotidianas del viaje en cosas divertidas, misteriosas y atractivas a través del estilo literario».
Desde entonces, ya en posesión de esas herramientas secretas (el tópico, la mirada, el estilo) y con la convicción del viajero y no la languidez del turista, sea que me mueva cerca o lejos, dentro de los bordes de la isla o hacia un escenario extranjero, he pretendido siempre hacer el cuento a la vuelta. Todo el tiempo convencido de que un cronista debe lograr que su relato sea un vehículo emotivo, refexivo y de información sobre las bellezas naturales, la cultura, la historia, la economía y la vida cotidiana del contexto del viaje.
Y sin pretender jamás que mi relato sea el recuento definitivo. Pues un viajero es un ser que explora con la humildad de reconocerse como alguien que solamente prepara el camino para otros. Porque nadie es capaz de descubrirlo todo y no hay que desesperarse por pretender el categórico final. El discernimiento de la realidad entera es un encadenamiento de viajes, de ojos y pies distintos que se relevan en una carrera interminable.
Porque siempre hay algo más que ver. El insecto escondido bajo las piedras. Esa pirámide cubierta bajo una montaña de tierra y vegetación. Una fiesta secreta organizada por la élite. La sonrisa triste del niño en la covacha de un remoto asentamiento marginal. Un paisaje de ensueño que puede contemplarse únicamente desde un punto preciso del espacio. Los cimientos de una ciudad futura que es preciso imaginar… Y encima, siempre un cataclismo, natural o humano, puede ocurrir y trastornarlo todo. Para que volvamos a empezar; y los parajes, otra vez, sean completamente nuevos.
Sobre el autor
Rafael Grillo (La Habana, 1970). Periodista, narrador, editor y profesor universitario. Fue Jefe de Redacción de la revista El Caimán Barbudo. En 2008 participó en el Taller de Periodismo de Viajes, impartido por Mariano Belenguer, de la Sociedad de Periodismo de Viajes; y en 2013 cursó el Taller de Reportaje impartido por Jon Lee Anderson, reportero de la revista The New Yorker, convirtiéndose en el primer cubano en graduarse de los Talleres de la Fundación Gabriel García Márquez del Nuevo Periodismo Iberoamericano. Con su labor docente ha impulsado el Periodismo Narrativo en Cuba. Ganó el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2008 en Periodismo Literario, con Las armas y el oficio (Editorial Capiro, 2009). Ha merecido premios y menciones en el Concurso Nacional de Periodismo 26 de Julio.
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