
Fernando Figueredo Socarrás es el autor de La revolución de Yara, el libro con que José Martí quería formar «el alma del nuevo ejército». A propósito de ese texto, el delegado del Partido Revolucionario Cubano aseguró a Figueredo en 1894 que se esforzaría «porque cada soldado lleve consigo esta obra, con la misma fe que el creyente guarda la Biblia, que aprenda tanta lección patriótica como los buenos nos han legado». Con sólo 22 años, Fernando Figueredo ingresó a las fuerzas de Carlos Manuel de Céspedes, quien lo hizo su secretario particular y luego jefe de ayudantes. En las postrimerías de la Guerra de los Diez Años, también participó junto a Maceo en la Protesta de Baraguá.
Prólogo
Difícil tarea para mí la de escribir el Prólogo de este hermoso libro. Ni soy escritor, ni jamás he blasonado de serlo. No hay más que una razón que justifique mi atrevimiento: el haber sido testigo presencial de los hechos que se refieren. Al igual que mi ilustre amigo, Sr. Figueredo Socarrás, he andado ese calvario de los diez años, que empezó en Yara y terminó en Baraguá. Uno y otro hemos tenido nuestra Siberia, como el polaco Román Sangusko, y como lo hemos recorrido, a pie y descalzo muchas veces, el mismo largo camino, por la defensa de la libertad y la independencia de la patria.
La Revolución de Yara es un libro escrito con gran naturalidad, con dicción clara, con fácil y galano estilo, y seduce al leerlo por lo bello de la narración y la exactitud de los hechos que en él se exponen. Se necesita un talento clarísimo y una verdadera rectitud de principios, para no lastimar ninguna consideración, ni ningún respeto, al formular juicios sobre algunos de los hombres más prominentes del 68, no separándose, sin embargo, de la verdad histórica. Señala el lugar enfermo, pero sin dejar correr el escalpelo por ninguna herida dolorosa. Todo ese delicado esmero con que habla de los vicios y de las virtudes de muchos de nuestros héroes, de sus grandes actos y de sus pequeñas miserias, son un claro exponente de la cultura del escritor, de su nobleza de sentimiento, de su alma hermosa, nunca maculada por el fungo de mezquinas pasiones. Por eso todo el mundo reconoce en el Sr. Figueredo un corazón tan grande como su historia política. Ha procurado no ofender en algunos casos ni a los mismos muertos, merecedores algunos de severo juicio. Ha tenido por norma la sinceridad en todas las acciones de su vida. A vuestras espaldas como a presencia vuestra es siempre el mismo, cualidad no muy común en estos tiempos que corremos, porque muchos hombres nos hacen recordar con frecuencia, por sus veleidades, a los adoradores del dios Chibén, que profesan el pudor y la castidad y luego coronan públicamente de flores la imagen obscena de Lingán.
Cuando habla de la deposición de Céspedes y de la Cámara de Representantes, que realizó aquel acto trascendental, salva admirablemente todos los escollos y no formula cargos contra nadie, limitándose a sostener que la medida estuvo ajustada a las prescripciones de nuestro Código Fundamental, y que el mártir de San Lorenzo dio en aquella ocasión, como en otras muchas, altas muestras de cordura y de civismo, dejando burlados así los prejuicios de sus gratuitos enemigos. No entra, pues, en consideraciones políticas de ningún género, conociendo que la crítica severa de la historia no cabe formularla en estos tiempos. Precisamente en esto estriba la habilidad del autor del libro, que tiende antes que todo a dar a conocer a los cubanos cuantos acontecimientos se desarrollaron en la epopeya gloriosa de nuestra guerra de independencia, para que aprendamos a amar y bendecir a nuestros héroes, que son inmortales y deben vivir y perdurar en la conciencia de nuestro pueblo. Figueredo en este libro, escrito en 1885, quiso edificar y no destruir. Se proponía, por lo que se ve, levantar el espíritu de la nueva generación y presentarle, con maestría incomparable, todas las excelsas glorias que debían servirle de estímulo el día que sonase de nuevo el clarín de guerra convocando a los patriotas a recoger la bandera que enarboló en Yara el brazo vigoroso de Carlos Manuel; y le señalaba por otro lado, los males que en la Revolución se entronizaron, para que se huyese de ellos y se salvase a Cuba de caer, tal vez para siempre, en el mar sin fondo de las iniquidades humanas.
Tan compenetrado se hallaba el sublime Martí, el dulce y heroico enamorado de las libertades patrias, del espíritu que informaba este libro, que se interesaba vivamente en su publicación para que sirviese de propaganda y de poderoso ejemplo a las nobles ambiciones de los futuros luchadores. La carta del apóstol, dirigida con ese objeto al Sr. Figueredo, y que figura al comienzo de este libro, prueba ostensiblemente lo que dejamos expuesto. En ella dice: «quiero formar el alma del nuevo ejército al calor de las enseñanzas del viejo. Uniré los dos libros por una correa y me esforzaré por que cada soldado lleve consigo esta obra, con la misma fe que el creyente guarda la Biblia».
No necesita el ilustre Figueredo Socarrás más premio a sus generosos esfuerzos, ni más hermosa satisfacción que el juicio del mártir que cayó en Dos Ríos abrazado a su bandera y santificándola con su sangre. Mi quebrantada salud me obliga a leer poco, y, sin embargo, no puedo sustraerme a la influencia de este libro bellísimo, tan lleno de preciosos datos, hasta ahora por nadie publicados; y leo y releo las Conferencias, y me embriago en la relación de nuestras batallas, perfectamente descritas por el Sr. Figueredo. Se ve a Máximo Gómez en Palo Seco, erguido sobre su inquieto caballo, alta la frente, penetrante la mirada, mandando tocar degüello, y luego lanzarse sobre el enemigo con sus lúcidas huestes, como torrente devastador; a Rafael y Baldomero Rodríguez, discípulos aventajados y muy queridos del austero Agramonte, dando mandobles, sembrando la muerte a su paso, segando vidas, a la manera que derriba los añosos árboles el soplo rudo del furioso vendaval; y los escuadrones haciendo retemblar la tierra en vertiginosa carrera, y sosteniendo el combate sobre charcos de sangre, sobre carnes magulladas, sobre cráneos divididos, sobre miembros desechos.
El autor del libro nos hace ver todo eso, transportándonos con su arrebatadora imaginación descriptiva a aquel espectáculo de la muerte, a aquella heróica lucha por la libertad.
Todos los amantes de las glorias patrias, admiradores de nuestros héroes y nuestros mártires, sentirán honda aflicción al leer los párrafos en que, de modo magistral, describe Figueredo la muerte de Carlos Manuel Céspedes, que fue objeto, por la desenfrenada turba, de todas las burlas, de todos los escarnios; arrastrado por un suelo áspero, dejando parte de sus carnes, mechones de sus blancos cabellos, jirones de su ropa.
Crispa los nervios, hiela la sangre en el corazón, imaginarse aquella profanación del Nazareno Cubano. Ligado el autor del libro, por lazos de amor y de respeto, al sacrificado de San Lorenzo, su amigo y leal compañero hasta el día triste de su deposición, ha querido que todos sintamos con él, que con él lloremos la más horrible y dolorosa de las muertes y la desaparición del más grande de los patriotas; del que luego con fe inextinguible por la independencia de nuestro suelo, de esta tierra bendita que durante cuatro siglos vivió adormecida por el opio de la más odiosa servidumbre; del que un día, el diez de Octubre, llamó a las puertas de los entristecidos hogares cubanos, despertándolas de su envilecimiento, y les mostró, flameando bajo el cielo purísimo de su ingenio La Demajagua, la bandera por la que juró morir o enarbolarla en el Capitolio de los libres. El Sr. Figueredo Socarrás nos demuestra que Céspedes cayó en la jornada con todo ese valor y esa energía propia de los grandes redentores de los pueblos. Luego vemos al autor del libro con lágrimas en los ojos, colocar una tosca cruz de madera en el sitio en que expiró el héroe inmortal.
En ningún punto de esta historia revela más sinceridad ni más energía el Coronel Figueredo que cuando habla del General Vicente García. Cuantos hasta ahora han escrito acerca de la guerra del 68 han hablado muy someramente de las glorias militares del luchador de las Tunas. El autor de este libro lo presenta en su estrecha jurisdicción firme como una roca, batiéndose como desesperado, unas veces protegido por las selvas vírgenes, otras a pecho descubierto, aprovechando los ríos, los accidentes del terreno, oponiéndose con admirable heroísmo, con voluntad de hierro, en cada encrucijada, al paso de las tropas españolas dando en un solo campamento hasta 23 acciones, disputando su territorio palmo a palmo, decidiendo al machete sus diarias y encarnizadas luchas. Vencedor en Arroyo Blanco, en la Zanja, en las Tunas, en Puerto Padre, en Punta Gorda. Pero llega el historiador a las Lagunas de Varona, y el patriota enojado, como quien se siente herido en sus sentimientos más caros, obliga a rodar por el suelo, desde su pedestal de gloria, al General Vicente García. Le hace tremendos y justísimos cargos por haber relajado el orden y la disciplina del ejército; por su espíritu sedicioso, por detener los contingentes que debían reforzar las fuerzas invasoras de las Villas y salvar la Revolución. Es indudable que la actitud de Vicente García, jamás explicable, dio al traste con nuestras lisonjeras esperanzas de independencia.
Nada disculpa la punible conducta del valeroso y aguerrido soldado, ni el propósito que muchos le atribuyen, de pretender con aquellas asonadas reponer a Carlos Manuel Céspedes en su cargo de Primer Magistrado de la República. El juicio de la historia lo condenará siempre, con cuantos con él contribuyeron a la nefanda obra. Eran los judíos haciendo jirones la túnica de la patria.
Llega su turno al Mayor General Antonio Maceo, y Figueredo Socarrás se descubre respetuoso al sólo nombre del ilustre caudillo. Demuestra que la fama de sus glorias, no cabiendo en los estrechos espacios de la patria cubana, ha ido a llenar los ámbitos del mundo entero: lleva a vuestro ánimo la admiración y el asombro que producen sus épicas hazañas. Oyendo al historiador, el alma se siente inclinada a ponerse de rodillas.
El Sr. Figueredo era amigo íntimo y entusiasta admirador de Maceo: éste a su vez le profesaba entrañable afecto: por eso resultan tan sentidos y tan hermosos los párrafos en que habla del vencedor sublime de la Indiana y Arroyo Naranjo.
No siendo posible, dentro de los estrechos límites de un prólogo, seguir al Sr. Figueredo en su majestuoso vuelo, busquemos en su libro cuanto él nos describe de modo admirable: la sangrienta acción de Naranjo, donde sucumbió gran parte de la gallarda juventud militar de Oriente: la batalla de Las Guásimas, en que ocho batallones enemigos con seiscientos caballos y varias piezas de artillería moderna, hicieron su retirada a Puerto Príncipe en vergonzosa derrota: Santa María, combate funesto a las armas españolas, porque pereció toda la columna, excepto el jefe, once oficiales y ochenta soldados que cayeron prisioneros: Chaparra, donde Ríus Rivera dio pruebas de un valor temerario, mientras el General Esponda huía, abandonando sus muertos y sus heridos: el ataque de Manzanillo, los desastres de Baire y Santa Rita, la toma de San Jerónimo, las acciones de Arroyo Naranjo, la Llanada, Melones, el Zarzal, etc. El motín de Payito León, que abrió en Cuba la era fatal de los pronunciamientos: la invasión de las Villas por Máximo Gómez; su herida en el paso de la Trocha, que consternó a las tropas y embargó de tristeza el ánimo de los esforzados jefes; la prisión de Tomás Estrada Palma; el alto relieve que alcanzó este ilustre patriota en la Revolución de 1868; su carta a Echevarría, su jornada hasta Holguín; todo su triste calvario hasta ir a caer en las profundidades de un calabozo en las prisiones de España: la gran autoridad moral que disfrutaba entre los revolucionarios: su conducta ejemplarísima: su elevación a la primer magistratura de la República en el campo de la lucha. Todo lo leeréis sin explicaros cómo el Sr. Figueredo ha podido compilar tantos preciosísimos datos. Yo mismo, que tomé parte en muchas de las acciones que describe, no salgo de mi asombro, por la exactitud con que las refiere.
La Revolución de Yara, creo no equivocarme, es el libro más completo que se ha escrito de la formidable contienda de 1868. Nadie hasta ahora, al menos que yo sepa, ha expuesto tantos hechos, ni con más lujo de detalles, sin separarse de la verdad. El señor Figueredo hace desfilar por su libro nuestros guerreros más notables: Julio Sanguily, el mutilado heroico, impetuoso y terrible al frente de sus escuadrones; Flor Crombet, el ágil guerrillero de las sierras de Cambute; Guillermo Moncada, terror de las Escuadras de Guantánamo; el simpático Teniente Coronel Silva, herido mortalmente frente a las fortalezas de Manzanillo; Mariano Domínguez, vencedor de Gómez Diéguez; Enrique Reeve, muerto en encarnizada lucha al arma blanca; y José González Guerra, Enrique y Elpidio Mola, Sorís, Fidel Céspedes, Martín Castillo, Teodoro Lafit, Ricardo Céspedes, Belisario Grave de Peralta, Pancho Guevara, Emilio Noguera, Silverio del Prado, y mil más que el historiador da a conocer tal como fueron, grandes y temibles.
No se olvida el señor Figueredo de los que en la Revolución de 1868 significaban las mayores inteligencias y el austero civismo: Manuel Sanguily, Rafael Morales, Antonio Zambrana, Luis Victoriano Betancourt, Francisco La Rua, Eduardo Machado, Cristóbal y Tomás Mendoza, Ramón Céspedes, Pérez Trujillo, Miguel Jerónimo Gutiérrez, Antonio Lorba, Eduardo Agramonte, Antonio y Emilio Luaces, Francisco Maceo Osorio, pléyade magnífica de hombres eminentes que con Francisco Vicente Aguilera, Bramosio, Aldama, Morales Lemus, Mestre, Hechevarría, Ponce de León, Benjamín Guerra y Piñeyro, rodearon la Revolución de esplendorosa aureola.
Cierra su libro el Coronel Figueredo con la Protesta de Baraguá. Maceo aparece en ella como otro Goliat, sosteniendo sobre sus robustos hombros todo el peso de la Revolución de 1868. Así corren a su cuartel general, como el historiador dice, jefes ilustres y oficiales distinguidos a recoger las impresiones del atleta oriental, a fortalecerse en el vigoroso espíritu del hijo humilde de Majaguabo, que en aquellas tristes circunstancias, en aquellos días de angustiosa incertidumbre, era el verbo, la encarnación de la idea revolucionaria, el objeto de todos los anhelos y de todas las esperanzas. El autor de este libro refiere con asombrosa exactitud lo ocurrido desde el 15 de Marzo de 1878, en que el Representante de España rendía pleito homenaje al ilustre prócer cubano, hasta el instante en que la patria irredenta caía de nuevo, inclinada la cerviz, encadenados los pies, en la noche odiosa de su negra servidumbre. Cuba exánime, desangrada, volvía al seno de la madrastra cruel e imprevisora que no había de restañar sus dolorosas heridas.
¡Oh, sombras venerandas de ilustres mártires, de héroes sublimes. Caísteis en la jornada de 1868; pero los bravos luchadores del 95, que han llegado a la realización de sus ideales, se descubren ante vosotros y leyendo el libro del señor Figueredo Socarrás, reconocen que la vuestra fue una gran obra.
Habana, Agosto de 1902.
Pedro Martínez Freire.
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