
Frente a la dictadura de lo útil, lo rápido y lo idéntico, la poesía lezamiana y la contemplación haniana ofrecen un camino doble: la creación de imágenes cargadas de sentido y misterio (la causalidad hechizada) y la práctica de una atención profunda y receptiva que permite acoger ese misterio sin reducirlo.
El encuentro entre el barroco de José Lezama Lima (1910-1976) y la crítica ascética de Byung-Chul Han (1959) parece, a primera vista, un diálogo imposible. Sin embargo, al adentrarnos en el «Preludio a las Eras Imaginarias» de La cantidad hechizada y confrontarlo con las reflexiones de Vida contemplativa, se observa un núcleo común: una profunda inquietud ante la crisis de la percepción humana frente a lo absoluto, y la búsqueda de un espacio de resistencia, poético para Lezama, contemplativo para Han, ante el desgaste moderno de la capacidad de asombro y la relación con el misterio.
Lezama inicia su tratado poético-filosófico con una imagen de violencia epistemológica: «Con ojos irritados se contemplan la causalidad y lo incondicionado. Se contemplan irreconciliables y cierran filas en las dos riberas enemigas». Esta irritación ocular es sintomática. Representa la fatiga de una razón que intenta dominar, mediante cadenas causales visibles («los enlaces más visibles»), aquello que por definición escapa a toda determinación: lo incondicionado. Lezama explora esta tensión a través de figuras paradigmáticas: la estatua helénico-búdica de Apsara, donde un escorpión deslizándose por su muslo no provoca una reacción causal de defensa, sino un gesto ambiguo, «sobrecogido», que trasciende el mero estímulo-respuesta; el Van Gogh atormentado por la «desproporción enloquecedora» entre el amarillo devorador y el azul bituminoso, incapaz de reconciliar la intensidad sensorial con una armonía causal; o Robespierre, el «incorruptible», cuya identidad surge no de una sucesión lógica de hechos, sino de una «respuesta fatal» que condensa un espacio de conocimiento en un instante de revelación obligada, «como si en una orquesta se le diese entrada a un instrumento… cuando en realidad el ejecutante… despierta en la obligación de entrar con un sonido».
Esta crisis de la causalidad lineal y reductiva encuentra lugar en el diagnóstico de Han en Vida contemplativa. La sociedad del rendimiento, hiperactiva e hiperconectada, sufre una «crisis de la percepción» radical. El exceso de estímulos, la aceleración y la lógica instrumental del «poder hacer» han erosionado la capacidad humana para la demosía, la demora, la atención profunda. Para Han, hemos perdido el arte de la «vida contemplativa», aquella que permite habitar el tiempo sin explotarlo, acoger el misterio sin reducirlo a información, y sostener la mirada ante lo que no se deja dominar. La «irritación» lezamiana de los ojos ante lo incondicionado se traduce, en el mundo analizado por Han, en un autismo inducido por el ruido: «La hiperactividad y la hipercomunicación… no permiten que se desarrolle ninguna vida contemplativa… La contemplación es lo más intenso y lo más elevado que hay. Es un estar-en-sí de máxima presencia». La incapacidad para contemplar es, en ambos autores, una incapacidad para relacionarse auténticamente con lo que excede el cálculo: lo sagrado, lo poético, lo verdaderamente otro.
Para Lezama, la poesía es el órgano privilegiado, el «monstruosillo» nacido precisamente del encuentro irreconciliable pero fecundo entre causalidad e incondicionado. Es el espacio donde «la causalidad que deja de ser saturniana [meramente generativa/material] y lo incondicionado hipostasiado» concurren para crear un «devenir espacial». La poesía encarna lo incondicionado en el signo, lo hace habitable a través de la imagen, la metáfora y el ritmo. Es el lugar donde «el hombre causalidad… penetra en el espacio incondicionado, por el cual adquiere un condicionante, un potens, un posible», dejando como testimonio «el signo del poema». Lezama lo equipara al fuego en su capacidad de transmisión y transformación: «Lo maravilloso de la poesía está en que ese combate entre la causalidad y lo incondicionado se puede ofrecer y transmitir como el fuego». Las «eras imaginarias» son, precisamente, esos territorios históricos o míticos (lo filogeneratriz, lo tanático egipcio, lo órfico-etrusco, los reyes como metáfora, la posibilidad infinita) donde la causalidad metafórica se hizo viviente, donde la imagen logró apresar y expresar un tiempo cargado de sentido y conexión con lo absoluto. La poesía es, en última instancia, «el ser causal para la resurrección», una prefiguración en el lenguaje de la plenitud trascendente.
Byung-Chul Han responde a la crisis con una reivindicación radical de la vida contemplativa. Frente a la hiperactividad que niega el vacío y el misterio, la contemplación es un «ejercicio de demora», un dejar ser al otro y al mundo en su alteridad. Es una forma de atención profunda que renuncia a la apropiación instrumental. Han rescata prácticas como el otium (ocio contemplativo, opuesto al negotium), el silencio («El silencio es la morada de lo completamente otro»), el ritual (como gesto no productivo que abre al misterio), y la fiesta (como tiempo sagrado fuera de la lógica del rendimiento). La contemplación es una resistencia ética y existencial: «La vida contemplativa es una forma de resistencia contra la violencia de lo idéntico… Es un sí a la vida que se manifiesta como un no a la obligación de rendir». Es una forma de recuperar la capacidad de asombro (thaumazein) ante lo que es, sin reducirlo a dato o utilidad. En la contemplación, como en la poesía lezamiana, se abre un espacio para acoger lo incondicionado como misterio a habitar.
Tanto la poesía lezamiana, con su barroquismo que exige una lectura lenta, participativa, que descifra capas de sentido, como la contemplación haniana, basada en la pausa, el silencio y la atención sostenida, se oponen radicalmente a la lógica de la inmediatez, la eficiencia y la aceleración que domina la modernidad tardía. Lezama habla de la «vivencia oblicua», una causalidad no esperada que se crea en la lentitud del asombro, y del «súbito», la fulguración de sentido que solo llega tras una acumulación contemplativa. Han insiste: «La contemplación necesita tiempo. Un tiempo que no es dinero. Un tiempo sin finalidad». Ambas son prácticas de demosía, de resistencia al tiempo homogeneizado y explotado.
Lezama otorga a la imagen poética (distinta de la mera imaginación o el símbolo) un poder ontológico: es capaz de «reducir lo sobrenatural a los sentidos transfigurados del hombre», de crear un «devenir espacial» donde lo incondicionado se condensa. Es una imagen que exige contemplación, no consumo rápido. Han, en un contexto saturado de imágenes digitales vacías (el «pornográfico»), reclama una imagen que sea ventana hacia lo otro, hacia el misterio, una imagen que invite a la demora y la reflexión profunda, como la imagen ritual o la obra de arte verdadera. Ambos defienden una imagen que revela y conecta, frente a la imagen que distrae y agota.
La poesía para Lezama y la contemplación para Han, son actos de resistencia contra la racionalidad instrumental que busca dominar y explotar toda realidad, incluyendo lo sagrado y lo humano profundo. La poesía lezamiana, con su causalidad mágica, cinegética, devoradora final, escapa a la lógica de la causalidad utilitaria. La contemplación haniana es un no activo a la obligación de ser productivo, un rechazo a reducir la vida a poder hacer. Ambas son formas de preservar un espacio para lo gratuito, lo inútil (en términos mercantiles), lo verdaderamente significativo: el asombro, el misterio, la relación con lo absoluto.
El «primer asombro de la poesía» del que habla Lezama («que sumergida en el mundo prelógico, no sea nunca ilógica») encuentra su correlato en el thaumazein que Han reclama como origen de la filosofía y la vida verdadera. El asombro lezamiano ante la novia china, buena suerte o ante la veracidad comprobada siglos después de un epíteto homérico, es la chispa que inicia la otra causalidad poética. La contemplación haniana comienza también con la capacidad de sorprenderse, de cuestionar lo dado, de formular la pregunta radical que la hiperactividad ahoga. Frente a la sociedad que todo lo explica (superficialmente) y nada cuestiona (profundamente), ambos proponen recuperar la pregunta por el ser, por el origen, por el sentido último —preguntas que son, en esencia, preguntas ante lo incondicionado. Frente a la dictadura de lo útil, lo rápido y lo idéntico, la poesía lezamiana y la contemplación haniana ofrecen un camino doble: la creación de imágenes cargadas de sentido y misterio (la causalidad hechizada) y la práctica de una atención profunda y receptiva que permite acoger ese misterio sin reducirlo. Juntas, poesía y contemplación, constituyen una vivencia oblicua en el corazón de la aceleración, un súbito de sentido en medio del ruido, una forma de mantener abierta la herida fértil, la irritación transformada en asombro creador, ante lo incondicionado. En esta alianza reside quizás la posibilidad de rescatar no solo la vida contemplativa, sino la capacidad misma de lo humano para habitar un mundo reencantado, donde la cantidad, hechizada por la poesía y la atención profunda, pueda volver a revelar la cuali
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