
El XVI Festitaller Internacional de Títeres de Matanzas se celebró entre el 17 y el 22 de marzo de 2026. Este Festitaller, concebido en sus inicios, como un espacio de encuentro entre creadores, es un lugar donde la teoría y la práctica pueden dialogar sin las mediaciones habituales. El evento ha pasado por diferentes ediciones y ha atravesado distintas etapas, pero conserva esa vocación inicial. La XVI edición no fue la excepción, aunque los recursos fueron menores y la cantidad de invitados internacionales se redujo, el núcleo del evento permaneció intacto.
Dos aniversarios atravesaron la programación. Por un lado, los setenta años de Pelusín del Monte, el títere creado por Dora Alonso en 1956; y por otro, los treinta y cinco años de Teatro Andante, la agrupación granmense dirigida por Juan González Fife. La coincidencia de ambas efemérides permitió establecer un diálogo entre generaciones y entre distintas formas de entender el quehacer titiritero. Pelusín representa una tradición que ha atravesado la televisión, el guiñol y la escena contemporánea. Teatro Andante, en cambio, ha llevado los títeres a la calle y ha explorado la relación con los objetos desde una perspectiva que rompió con muchos de los moldes establecidos.
La literatura ocupó un lugar que merece atención. El sábado 21, en la Casa de la Memoria Escénica, Ediciones Vigía presentó Siguiendo el rastro del pequeño príncipe. El volumen salió con diseño de Zenén Calero bajo la compilación de Rubén Darío Salazar. En sus páginas se reúnen el texto completo del espectáculo Un rastro en las estrellas, testimonios de quienes lo han visto y comentarios críticos de especialistas como Norge Espinosa. La presentación corrió a cargo de Amarilys Ribot. Salazar explicó aquella tarde que el teatro se consume en el instante, pero un libro como este queda. Se puede abrir cuantas veces se quiera para seguir las huellas del pequeño príncipe.
Un rastro en las estrellas, la obra que da origen a esa publicación, había obtenido el año anterior el Premio Villanueva que otorga la Uneac. La dirección es de Rubén Darío Salazar, la escenografía de Zenén Calero, la música de Raúl Valdés, la coreografía de Yadiel Durán. El espectáculo bebe de dos fuentes literarias: el clásico de Saint-Exupéry y Asteroide B-612, un poemario de José Manuel Espino Ortega. De este último surge el título, tomado de un verso. Durante una de las funciones estuvo presente el poeta, y los cronistas recogieron la emoción del momento.
Salazar ha dicho que entre poesía y títeres hay un vínculo indisoluble, y que no halló mejor manera de abordar la historia del Principito que apoyándose en los versos de Espino. La puesta combina palabra, música y movimiento en un viaje por los valores de la amistad y la búsqueda de lo esencial. Otra propuesta que unió literatura y títeres fue Una niña con alas, un recorrido por la poesía infantil de Dora Alonso. Teatro de las Estaciones la presentó el jueves 19 en el Museo Farmacéutico. La función llevaba en su haber 195 representaciones. Es una manera de celebrar a la creadora de Pelusín desde su propia palabra poética.
La programación incluyó también una propuesta bajo el título Gabinete Poético. Vudú Teatro, compañía venida de España, la instaló en la Biblioteca La Selva Oscura de la Casa de la Memoria Escénica. Las funciones fueron breves, de apenas unos minutos, concebidas para una o dos personas, llevando la poesía a un formato íntimo. Cada participante era creador de su poema, con palabras y objetos, el actor iba dando formas a lo que seleccionaba el público, y surgía un texto único de cada encuentro.
La literatura universal llegó desde México con Titirimundi Marionetas. La compañía que fundaron Rosina Larrañaga y Horacio Merchan, hace más de treinta años, trajo El don del Quijote a la Sala Papalote. Hubo dos funciones: una el viernes 20 por la noche y otra el sábado 21 en la mañana. La obra se apoya en la novela de Cervantes y emplea un repertorio variado de técnicas: marionetas de hilo, títeres de mesa, teatro de papel, libros que se despliegan. Los creadores seleccionaron dos episodios: la aventura de los leones y el retablo de Maese Pedro. Larrañaga y Merchan adaptaron el texto del siglo XVII con la conciencia de que su lenguaje puede ser arduo para el público infantil. Buscaron un lenguaje más accesible, apoyado en imágenes y movimientos, sin perder la esencia de Cervantes. La puesta introdujo personajes que no están en la novela: Sir Walter y su yegua Estelita, Sir Lanzarote con su caballo Pegaso, construidos con latas recicladas, que guían a los espectadores hacia la historia central. El mismo viernes 20, el Museo Farmacéutico fue escenario de Amor de cuentos, de Teatro Arbolé, compañía con sede en Zaragoza y una trayectoria que supera las tres décadas. El espectáculo incorporó fragmentos de Bécquer, Lorca y Gloria Fuertes, entre otros, tejiendo un recorrido por la literatura en español a través del lenguaje de los títeres. Bécquer trajo el romanticismo de las rimas, Lorca la fusión de lo culto y lo popular, Fuertes la poesía infantil con su voz directa. Ambas compañías internacionales aportaron sus tradiciones a un festival que ha sabido convertirse en punto de encuentro. México con su arraigada cultura del teatro de muñecos, España con una herencia que se remonta a los antiguos retablos de feria y a los títeres de cachiporra que tanto ocuparon a Lorca. Lo que unió a estas propuestas fue una manera de entender el títere como vehículo de literatura. No se trató de usar los muñecos como un reclamo para distraer a los niños, sino de reconocer que la palabra escrita, de Cervantes a Saint-Exupéry, de Bécquer a Lorca, encuentra en el retablo un espacio de encarnación particular.
El títere da cuerpo a los personajes, hace visibles las metáforas, traduce la palabra en movimiento. Así puede acercar textos que, de otro modo, quizás quedarían lejos de los más jóvenes.
La clausura reunió en el escenario a Lidis Lamorú con más de seis proyectos comunitarios infantiles. Los niños que bailaron y cantaron aquella tarde eran los mismos que días antes habían visto a don Quijote enfrentarse a los leones, que habían escuchado los versos de Gloria Fuertes en el Museo Farmacéutico, que habían seguido el rastro del principito. La fiesta final fue también la celebración de un encuentro entre los más jóvenes y la palabra literaria, mediado por la magia del títere.
Una vez que las compañías han partido, queda lo que no puede archivarse. Queda la memoria de las funciones compartidas. Quedan, sobre todo, las imágenes: los niños bailando en la clausura, los titiriteros recibiendo sus distinciones en el Día Mundial de la Marioneta. Esas imágenes son el verdadero patrimonio que deja un festival. No se guardan en museos ni se catalogan en archivos, aunque los museos y los archivos también tengan su lugar. Se guardan en la memoria de quienes participaron, en las conversaciones que seguirán teniendo lugar en los meses venideros, en la decisión de algún niño de construir su primer títere después de haber asistido a un taller o de haber visto una función en el parque.
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