
Dentro del universo poético de José Lezama Lima, Dador, publicado en 1960, representa una madurez que es, simultáneamente, un nuevo y generoso punto de partida. Tras el denso estatismo de La Fijeza (1949), donde el poeta parecía haber alcanzado la imagen en su máxima concentración, Dador desata un movimiento de ofrenda, un torrente de generosidad verbal y conceptual que no busca ya la posesión, y en cambio practica la entrega.
Este libro es un acto litúrgico, una nueva lectura del mundo a través del prisma del don. Proponer una relectura de Dador implica adentrarse en la mecánica misma de su sistema poético para argumentar que el libro completo funciona como una performatividad de la dádiva. Lezama no nos habla de un dador: Lezama es el dador, y el poema es la sustancia misma que se ofrece, un cuerpo resucitado en el verbo para la participación del lector. La aparente dificultad de sus versos, es la textura del sacrificio, la huella del desgarramiento necesario para que la imagen abandone el caos y se presente ante nosotros en su potencia originaria.
El poema que inaugura y titula el libro es fundamental. Aquí, la figura del «dador» se manifiesta en su polivalencia sagrada. Es, por supuesto, una alusión al Espíritu Santo, el «dador de vida» en la teología cristiana. Pero en el sistema lezamiano, esta figura se expande y se encarna en el poeta mismo. El poeta como dador es aquel que, a través de la imagen, participa de una creación continua, insufla nueva vida a lo inerte y otorga una «sobrenaturaleza» a la materia.
«Aparecen tres mesas ocupadas por tres adolescentes / con máscaras doradas», nos dice el poema, iniciando una escena que es a la vez un banquete, un ritual y un sueño. El acto de dar no es un simple traspaso; es una transformación. La poesía, en esta etapa de Lezama, se comprende como una resurrección imaginaria. Cada imagen que el dador ofrece es una victoria sobre la muerte, un instante rescatado del olvido y puesto en circulación. El poeta, como el Dios de su sistema, no crea desde la nada, crea desde la sobreabundancia de lo posible, organizando el caos en una nueva constelación de sentido.
La irregularidad de los párrafos, la sintaxis que se retuerce y se expande, la acumulación de imágenes que parecen anularse y reconstruirse en un ciclo perpetuo, todo ello conforma la ceremonia. En “Las horas regladas”, el tiempo cronológico es pulverizado para acceder a un tiempo mítico, el de la era imaginaria.
Lezama no se somete a las horas, las regla él con su verbo. Los versos son un golpe de autoridad sobre el devenir, una ofrenda que reordena la historia y la naturaleza. La belleza aquí no es complaciente. Es una belleza que exige un «lector activo», un participante en el rito. La dificultad, entonces, es una forma de ascetismo; el lector debe despojarse de sus hábitos lógicos para recibir el don de la imagen en su plenitud. El lenguaje es el cuerpo mismo del significado, y su densidad es la de la carne.
Una de las ofrendas más fascinantes de Dador es la resurrección de los muertos ilustres. En «Aparece Quevedo» y «Visita de Baltasar Gracián», Lezama convoca a los espíritus, los hace hablar en su espacio. Este acto es una demostración central de su sistema poético. La historia es un material disponible para la imagen. Lezama toma la esencia del barroco español y la reinserta en su neobarroco caribeño, demostrando la tesis expuesta en La expresión americana sobre la capacidad del continente para fagocitar y transformar las culturas europeas. Al traer a Quevedo a su poema, Lezama le da un nuevo cuerpo, una nueva voz, y al hacerlo, nos lo entrega renovado, útil otra vez para comprender las tensiones de nuestro propio tiempo. La ofrenda es, en este caso, la historia misma, devuelta a la vida.
Este movimiento de donación abarca todo lo existente. El cuerpo, el paisaje, los objetos más humildes, son transfigurados por la potencia del verbo y ofrecidos. «Para llegar a la Montego Bay» es la creación de un paisaje a través de su desmembramiento y reconstrucción poética. El mundo sensible es absorbido por el poeta y devuelto como imago, como imagen cargada de una potencia que la realidad primaria no poseía. Lezama opera aquí como un alquimista: su mirada y su palabra convierten el plomo de lo cotidiano en el oro de lo poético.
Este proceso es a menudo violento, un «chapuzón al asombro» donde se «levanta ínclito las sábanas / y las cestas mueren su medioevo en carcajadas». No hay placidez en esta visión. Hay una lucha, una tensión constante entre el ser y su imagen, y es en esa fricción donde salta la chispa de la poesía. La donación lezamiana no es un acto pacífico; es una explosión controlada que engendra un nuevo orden.
Una lectura renovada de Dador debe trascender la catalogación de sus complejidades y abrazarlo como lo que es: un gran organismo vivo que practica incesantemente el acto de la ofrenda. Lezama, consolidando su «sistema poético del mundo», se posiciona como el gran sacerdote de la imagen, aquel que tiene el poder de convocarla y entregarla. Cada poema es una estación en esta liturgia de la generosidad.
El libro es la prueba fehaciente de su concepto de la poesía como una fuerza que no refleja la realidad, la sustituye por una sobreabundancia que es la única justicia posible frente a la escasez de la historia. El lector que se aventura en sus páginas participa de un banquete simbólico donde se le ofrece el mundo entero, descompuesto y recompuesto en la luminosidad de una palabra que es, a la vez, herida y bálsamo, pregunta y revelación.
Dador es el testimonio de una fe inquebrantable en el poder de la poesía para fundar un universo paralelo, más denso, más verdadero, y entregarlo como un don irrevocable.
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