
Hoy Cubaliteraria se complace en compartir la poesía de la escritora tunera Odalys Leyva. Los versos forman parte de su libro Los Césares Perdidos, Premio Iberoamericano de la Décima 2008 publicado por la editorial Sanlope.
Los Césares perdidos
César tuvo también amores con reinas, entre otras
con Eunoè, esposa de Bagud, rey de Mauritania,…
pero a la que más amó fue a Cleopatra,
con la que frecuentemente prolongó festines hasta la nueva aurora.
Suetonio
Porque he llorado al César tantas veces
en mi difícil traje de ermitaña
la soledad en mí no es cosa extraña
aunque el fuego desnuda mis reveses.
¿Dónde guardo el calor que largos meses disfrutara mi cuerpo lisonjero?
¿Adónde ha de partir mi desespero?
Ave César, desata tu lujuria
que mi cuerpo se funde en la penuria
como el magma en volcánico aguacero.
II
Me perturba tu indómito ostracismo
(mi remedio es oculta paradoja).
Si no valgo ante ti, si soy la floja
mordedura, si el trono no es el mismo
¿por qué voy a rendir a tu egoísmo
una lágrima más? Tu ciencia fría
se resume en vulgar paleografía
mientras yo, de tu inútil parquedad
construyo lentamente una ciudad
sin la praxis de tu filosofía
III
Será la piromancia tu obituario
cuando el cuerpo su llanto ya no calme
pero serán mis lágrimas la oxalme
que guardará tu grito reaccionario.
Roma tendrá en secreto el relicario
de aquel dolor pasado, ya neolítico.
Tu recuerdo caerá sobre lo mítico
de mi propia leyenda sin fisuras.
Será un placer cargar mis helgaduras
con tu obsoleto salmo de amor crítico.
IV
Qué absurda la marioneta
que en las noches sin relente
echó su savia elocuente
en mi paciencia discreta.
Fui rehén, la fácil treta
quedó escondida en mi espejo
(alguien frunce el entrecejo
cuando, en pequeña venganza,
pongo infiel en la balanza
el rostro del que me alejo).
V
¿Por qué mi ropa raída
si los dulces manantiales
que conservo son iguales
al agua de mi partida?
¿Por qué la herida? ¿Mi herida
no acaba en el Coliseo?
¿Quién soy? ¿Quién soy si ya veo,
como Ariadna, roto el hilo?
Soy Penélope y vigilo
el retorno de Odiseo.
VI
César, ¿sabes qué presagio
se hunde en mis carnes? Traición
purgada en la salvación
es mi suplicante adagio.
Roma no sabe el naufragio
que en tus paredes se oculta.
César, el placer sepulta
las piedras de mi paciencia
porque en mí estalló la urgencia
de un abandono que insulta.
¿Temes a la maldición
al acoso de una brújula
que te guía hacia mi esdrújula
y noctámbula pasión?
¡No soy la superstición
que huyendo del espectáculo
echa flor en el umbráculo
ciego, de una luz proterva!
César, la dama y la cuerva
se redimen ante el báculo.
VII
Porque en Roma no ha llovido
al fragor de la costumbre,
es que padezco esta herrumbre
con fantasmas del olvido.
¡Qué terrible es el descuido!
Al final sólo hay el muro
de un hospicio donde abjuro
de todo…Que nada importe
cuando he perdido en el norte
de otro cuerpo mi futuro.
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