
A diferencia de Los románticos alemanes, de textos en prosa, la colección de Biblioteca Básica Universal del Centro Editor de América Latina presentó en 1968 una compilación esencialmente de poesía inglesa, cuyo selector fue Jaime Rest. Resulta simpático que en la tapa del libro aparezca «Coleridge, Byron y otros», y esos otros sean nada menos que William Blake, Wordsworth, Sheley y Keats entre los poetas, más tres prosistas: De Qincey, Hazlitt y Cobett. Con tal equipo, da muchos deseos de leer el libro. Esto hice, en ejercicio gratificante, pues aunque conozca obras de todos, leerlos en sus esencias antológicas da especial placer.
Comienza por William Blake, poeta, pintor, visionario, de poesía profética. De él se incluye el largo texto famoso «El matrimonio del Cielo y el Infierno», que es intergenérico antes de que esa palabra se pusiera de moda con la llamada postmodernidad de fines del siglo XX. Lo es porque incluye versos, prosa poética, micro relato, atisbo de ciencia ficción, y hasta proverbios. Su imaginación lo acerca a Nietzsche y un poco anticipa al surrealismo, lo cual pudiera parecer extraño procediendo de Inglaterra. De un realismo hermoso: «Donde crecía la espina han plantado las rosas, / sobre la tierra estéril / canta la abeja», pasamos a la reflexión: «El bien es el elemento pasivo sumiso a la razón. El Mal mes el activo que brota de la energía», o una idea de «La voz del Diablo»: «El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma. Aquello que llamamos cuerpo es una porción de alma…». El verso martiano: «Todo el que lleva luz se queda solo», parece tener un sutil antecedente en este texto de «Proverbios del Infierno»: «Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz». Alguna «Visión memorable», varias en el texto, parecen apocalípticas, otras contiene sabiduría, como el final de ellas y de todo el poema: «Una misma ley para el León y el Buey es Opresión». El «matrimonio» se ha consumado con una sentencia.
De William Wordsworth se incluye su precisa «Oda: Atisbos de inmortalidad en los rcuerdos de la primera infancia». Es un texto romántico hasta la médula, un ejemplo de ese primer romanticismo inglés, apasionado y comedido. Con un epígrafe: «El niño es padre del hombre…» y luego algún verso que pudo ser de Calderón de la Barca: «Nuestro nacimiento sólo es sueño y olvido». También visionario, el poema en once partes tiene segmentos muy hermosos, como el inicio de IX: «¡Oh júbilo, saber que en nuestras brasas / hay algo que perdura, / que la naturaleza aun recuerda / lo que fue tan fugaz!». Lo efímero y lo perdurable retan al poeta.
Samuel Taylor Coleridge escribió un poema narrativo sobre marinería, que es a la vez fantasmagórico y a su modo realista, sumamente imaginativo, una suerte de diálogo entre un viejo marinero y un convidado a una boda. La traducción de las siete partes numeradas en romanos es singularmente buena, se lee como escrito en español, y es obra del señor Miguel Alfredo Olivera. No siempre se recuerda a los traductores, y ahora vale la pena hacerlo por el ritmo, la cadencia, el valor de la rima asonante que este traductor logró en este largo y bello poema. Se trata de la «Balada del viejo marinero», en la que se relata la ruda sed que mata a una tripulación y deja sobreviviente al que relata lo acontecido en un barco brumoso, como fantasmal, que al final, cuando estaba siendo rescatado, se hunde. Precioso poema en el que un albatros se torna ave premonitoria, símbolo, extensión de la muerte en los hombros del protagonista que la mata. Es cuando el poema llega a su centro o crisis, en la parte II cuando los marinos padecen una sed terrible, dramática: «Nos cerca el agua, el agua, / y el calor nos contrae las maderas; / ¡nos ronda el agua, el agua, / y ni una gota de agua que se beba!». La obsesión hace repetir la palabra «agua», y ya en la parte IV la tragedia se había consumado: «¡Tantos hombres!, ¡Tan bellos! / Estaban muertos y yacían tendidos». El hablante, que es también el sujeto lírico muestra una situación fantasmal, en que el sueño y la sed enferman su conciencia, hasta que una lluvia lo salva a él, en espera del rescate, que le llega a punto de hundirse el barco cargado de muerte.
Qué pena que a tanto esplendor lírico le siga un solo poema del mítico George Gordon, Lord Byron, su famoso «Al cumplir mis treinta y seis años», a punto de morir de malaria en Grecia, sin otra muestra de su genio, como sus relatos «El corsario” o «El entierro», donde la muerte, caro tema romántico, ofrece páginas gloriosas. En el poema, cierto fatalismo arrecia el concepto romántico de este clásico: «La esperanza, el miedo, la preocupación, / la exaltación del dolor, la fuerza del amor, / no están para que yo las comparta, / sino para arrastrar su cadena». Tres meses después de fechar este texto (22 de enero de 1824), murió el poeta. La premonición de la muerte puede que sea también un sentimiento romántico del ser.
Percy Bysshe Shelley muestra su gala de poeta extraordinario en «A una alondra», ave simbólica como habrá de ser luego el albatros para Baudelaire, muestra la pasión de los románticos por la naturaleza, por lo simbólico en ella, por aves y flores… La alondra podrá prefigurar al poeta: «Así un poeta oculto / en luz de pensamientos, / que entona sus canciones, / hasta sentir el mundo / temores y esperanzas que no advirtiera nunca» (traducción de M. Manent). Otra versión ilumina mejor esta estrofa: «Así, ardiendo en la santa / lumbre del pensamiento, / el poeta himnos canta, / y a nuevo entendimiento / del asombro o de esperanzas inclina al orbe atento» (traducción de Miguel Antonio Caro). Ello demuestra la necesidad de leer varias versiones de un mismo poema traducido, para hallar su mejor esencia, la más cercana a lo que en verdad escribió el autor.
De John Keats aparece solo «El otroño», breve bello poema en que la naturaleza fulge en voz romántica, referida a una estación del año: «¿Quién entre tu abundancia, no te ha visto a menudo?». Hombre bello y de obra no extensa, Keats murió de veintiséis años de edad. De obra muy poco apreciada durante esa corta vida, su exuberante imaginación lo situó con derecho entre los grandes románticos. Shelley escribió a la muerte por tuberculosis del joven Keats su elegía «Adonais», que celebra la vida de quien escribiera el bello poema narrativo «Lamia», que influyera a Poe, así como «Hyperion» y «Endymión, un romance poético».
La antología Los románticos ingleses se completa con el relato «La esfinge tebana» de Thomas de Quincey, más el polémico ensayo de William Hazlitt «De la ignorancia de los doctos» («Un talento mediocre, unido a una cierta endeblez moral, es el terreno que produce los más lucidos ejemplares de candidatos a los concursos académicos…»). Concluye con otro ensayo menos polémico pero no exento de ironías, dosis de humor, y tan antiacadémico como todo romántico que se respete: «Prosapia e infancia de Pedro Puercoespín» resulta un ensayito ágil, simpático, que elude cualquier relación con la nobleza de cuna como no sea la nobleza humana esencial, y tira piedras contra el techo de su adversario Benjamín Franklin y alguna frase irónica nada menos que sobre Washington. No tiene desperdicio.
Toda buena antología, y esta lo es, resulta un premio al lector atento, sobre todo si conoce bien o regular a los antologados. La colección donde aparece da una buena idea al futuro, a editores de todas partes, para ofrecer altos momentos de la cultura universal con ese rigor y rapidez comunicativa.
Visitas: 117





Deja un comentario