
Lunes de Revolución surge tempranamente como suplemento literario, en medio de la lucha ideológica que se libró en los medios de difusión en los primeros años del triunfo revolucionario, y que tuvo como epílogo la derrota de la reacción y del imperialismo. Tuvo un formato tabloide ilustrado al estilo de los suplementos culturales franceses del finales de 1950 y se destacó por la calidad de su contenido gráfico.
En dicha gráfica estuvo el sello de Raúl Martínez, quien le aportó una visualidad abstracta que lo identificó. El formato del suplemento varió de 12 páginas iniciales a 48 y su tirada aumentó de 100 mil ejemplares a 250 mil.
La primera salida de Lunes de Revolución, la cuenta Leandro Estupiñán de esta manera:
Así, a pocas semanas de que pudiera leerse el primer número, un 23 de marzo de 1959, regresaban a La Habana amigos de antaño como el poeta Pablo Armando Fernández, quien aceptó el puesto de subdirector y se entregó a la aventura con igual pasión a la del dramaturgo y narrador Antón Arrufat o el siempre amante de las ciencias y lo ignoto del universo, el sosegado Oscar Hurtado.[1]
Los números se organizaban por temas y por áreas geográficas. En sus páginas se dieron a conocer las obras de los autores cubanos nobeles y consagrados, nacionales y foráneos. Convivían textos de Borges, Lorca y Carlos Fuentes, con los de Ernesto Guevara, Fidel y Trotsky.
Sus temáticas fundamentales giraban en torno a la literatura, la danza, el teatro, la pintura y el cine, aunque también publicaron artículos sobre arquitectura, filosofía, economía, historia y temas sociales. Los reportajes periodísticos sobre deportes, agricultura y las traducciones de textos reconocidos también tuvieron un espacio. Vieron la luz números monográficos como el dedicado a la literatura mexicana o el teatro, y números dobles, según los trabajos que tuvieran para publicar.
Analizando el panorama cultural y la realidad intelectual y literaria cubana, Lunes de Revolución, logró rasgos comunes en la visión de sus autores, sin que esto significase ausencia de contradicciones: libertad creativa, compromiso social, cultura nacional y alcance universal. Más allá de su eclecticismo temático, no exento de omisiones, el magazine logró desarrollar una estética comprometida con el pueblo y con la Revolución que recién triunfaba.
Desde el primer número, los editores de Lunes de Revolución, pautan su posición en la página del Editorial:
Creemos que la literatura —y el arte, por supuesto— deben acercarse más a la vida, y acercarse más a la vida es, para nosotros, acercarse más a los fenómenos políticos, sociales y económicos, de la sociedad en que vive.[2]
Sus primeros directores fueron el escritor Guillermo Cabrera Infante y el poeta Pablo Armando Fernández. Mientras que contaron con numerosos colaboradores. Entre ellos, Rine Leal, José A. Baragaño, Virgilio Piñera, Heberto Padilla, Rosa Hilda Zell, Lisandro Otero y Ambrosio Fornet. En poco tiempo la publicación se convirtió en uno de las más populares de la época. Es recordada por su carácter polémico y por protagonizar varios de los debates culturales del período; además de erigirse como uno de los proyectos editoriales más interesantes de principios de la Revolución.
Tras 130 números, el último llegó a los lectores el 6 de noviembre de 1961 y estuvo dedicado a Pablo Picasso. El suplemento fue capaz de reflejar en sus páginas el talento, el entusiasmo, las contradicciones y los conflictos de su época. Fue, sin dudas, un espacio plural indomesticable.
[1] Leandro Estupiñán: «Guillermo y los lunes, de Revolución» (2015), en Oncubanews
[2] «Una posición», Lunes de Revolución, 23 de marzo de 1959.
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