
De los muchos, muchísimos conceptos que se ha vertido sobre qué es poesía, probablemente de Gustavo Adolfo Bécquer a la fecha, confieso que ninguno me ha impactado tanto como el esgrimido por Octavio Paz:
«Poesía es el fruto de la colaboración, o del choque, entre la mitad oscura y la mitad lúcida del hombre».
Y esto, dicho así, de simple, es obvio que puede aventurar un corte, una mutación, lo raro, de una transferencia o aquello que la Dickinson (Emily) sentía poseer: ¿el transporte?… el fuero, la «caída» de algunos escritores en el canon de la poesía: escepticismo, duda, sospecha, reticencia. Aún cuando definir sea para los unos (Lezama) cenizar, y para otros (Martí) sea fundar.
Digo que si de algo trato aquí y ahora (esto es hic et nunc) es de una de las poetas norteamericanas más grandes de este siglo: Marianne Craig Moore.
La Moore nació en Kirkwood, Missouri, en 1887. Fue compañera de clases de H. D. (Hilda Dolittle). Conoció a Ezra Pound y a William Carlos Williams. Conoció a Marc Chagall, Classius Clay y Elizabeth Bishop. Conoció a W. H. Auden.
En 1925, Faber and Faber y Macmillan deciden proponerle la publicación simultánea de Selected Poems. Hasta ese momento «la publicación ocasional en revistas me parecía suficiente», dijo.
La extrañeza de su poesía tal vez radique (y es lo que se ha dicho) en el uso aprehensivo de las citas, del bestiario, del monto ¿racional? de cierto prosaísmo, y quizás de un hábil (y se ha notado que hasta raro) manejo de la poesía metrada.
Pound, creía entrever de dónde le venía esta emanación muy finamente, al punto, que le dijo: «Alguien que conozco ha estado leyendo a Laforgue y a los poetas franceses». Observación que la Moore, tajantemente, rechazó. Al parecer ella creía en la técnica: «cuando la técnica no tiene interés para un escritor, dudo que ese escritor sea un artista».
Como su poesía, una foto que la recoge leyendo en Belmont Park Recetrack me causa extrañeza. Otra con su amigo Pound (se llevaban de edad apenas unos diez meses) en la biblioteca pública de Nueva York, en 1969. Pero sobre todo, aquella que la precisa en 1966 lanzando la primera bola en el Yankee Stadium.
Sabemos que alguna vez tradujo las fábulas de La Fontaine. Que alguna vez Elizabeth Bishop escribió sobre ella.
Muere Marianne Craig Moore en 1972. Así legaba (seguro que definitivamente) un libro de ensayos: Predilections. Y un tomo de poesía: Collected Poems. No es de asombrar. Recordemos que en una ocasión a determinada pregunta que se le hiciera, no sin cierto escepticismo, respondió: «No me gustaba utilizar el término “poesía” para algo que no fuera Chaucer o Dante o Shakespeare». Y más adelante: «Lo que escribo, como ya dije, sólo podría llamarse poesía porque no hay otro lugar donde ponerlo». Eso. Y constatar (no como nos vemos precisados hacer aquí por un sólo poema) el lugar que ocupa en la poesía norteamericana de este siglo. Leerla es presentir entre muchísimas cosas, las palabras ya antes señaladas por Octavio Paz; es recordar algunos de sus versos y tal vez, algo ya suficiente para un poeta, más de un poema. Todo lo que sería advertir al lector cubano el día que tenga pleno contacto con su obra, hasta donde es justo o no ese reconocimiento.
A una apisonadora
La ilustración
no te sirve si no la pones en práctica.
Careces de media inteligencia. Aplastas todas las partículas
en una compacta conformidad y, después, caminas sobre ella
de acá para allá.
Brillantes trocitos de roca
Aplastados hasta el nivel del bloque matriz.
Si no fuera porque «en estética es una imposibilidad metafísica
la impersonalidad del juicio», tú
realmente podrías conseguirlo.
En cuanto a las mariposas, apenas puedo concebir
que alguna te acompañe; pero cuestionar
la congruencia del complemento es inútil, si es que existe.
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