
En un planeta de Próxima Centauri nos hemos de dar cita para explorar el sistema en torno a ese sol más frío que el que nos da luz y energía. Llegaremos a Alfa Centauri alguna vez, milenios por delante, tal vez. Puede que sea la primera conquista galáctica de nuestra especie. A poco más de cuatro años luz de la tierra, según las medidas cósmicas, está en nuestro vecindario. Voyager 1 demorará 71 000 años en llegar a sus inmediaciones. A lo mejor la sobrepasemos en el futuro y lleguemos antes que esa nave legendaria.
Es posible que nos estemos equivocando para buscar planetas habitables solo en zona llamada Ricitos de Oro alrededor de las estrellas, donde, según la distancia a la estrella regente, pueda haber agua corriente en la superficie planetaria y una atmósfera rica en oxígeno. Con ese criterio, en verdad lo que buscamos es un planeta que podamos habitar, no la vida, que puede darse, incluso racional, bajo otras condiciones diferentes a las nuestras. La vida en la tierra es bastante poco ética, para una moral del cosmos: somos seres vivos que nos alimentamos de seres vivos, matamos para comer. Salvo de esto, vemos a los árboles alimentarse de energía directa y del humos terrestre. Seres arbóreos, pensantes e incluso con movilidad espacial, pueden ahora mismo ser la vida principal en algún planeta extrasolar.
La forma en que nos alimentamos conduce a lo peor: el territorio de caza o de alimentación, la violencia para defenderlo de otros, el robo, en una cadena que conduce desde la guerra hasta ese centro de iniquidad llamado dinero. La ambición y el crimen están ligado a ese sistema alimentario. Los árboles, sin embargo, compiten por el espacio, pero no asesinan, no guerrean, no matan de forma despiadada a sus congéneres, no inventan bombas, no dividen al mundo en territorios llamados patria, en potencia mundiales y neocolonialismos. Ojalá que la vida en los lejanos planetas de la galaxia nuestra, sean del tipo arbóreo, alimentados por la energía que se disemina en el cosmos.
La magia está en el parecido de la tejida red de hongos en los bosques, sus micelios del reino Fungis se parecen a la maya cósmica, como si nada desde el micromundo hasta el vasto universo estuviera libre de la intervinculación y el parecido. La red micélica se parece al enredo del cerebro que se parece, visto por el microscopio, al tejido universal de galaxias y astros de todo tipo. Es un símil universal. Las esporas fúngicas vuelan, flotan hasta que captan agua, forman gotas de lluvia, fecundan con ella la zona en que viven, consumen ácido carbónico, lanzan oxígeno a la atmósfera, nosotros lo respiramos. Para colmo, muchos hongos producen bioluminiscencia, como los seres vivos de las simas oceánicas, ¿será que las estrellas brillan por una expresiva bioluminiscencia? ¿Será que todo está vivo en el universo? ¿Será que el resplandor de las galaxias equivale al halo del ser vivo, el aura, spectrum, campo energético? ¿Será que un sistema solar es semejante a un campo áurico?
El gran invento de todo el universo es la imaginación, más veloz que la luz, formada en la inteligencia elevada a racional. Se puede soñar con la inteligencia pura, o sea, la que es solo energía pensante en el cosmos, una suerte de dios. O se sueña a todo el universo pensando en sí mismo y en su autocreación, o en el parto de nuevos cosmos. La imaginación es una parte de la inteligencia que no puede ser menos que un elevado producto del universo, para pensarse y recrearse. A ello podemos llamar el fundamento de la poesía universal.
Si hay un creador de todo ese entramado, siguió patrones fijos desde lo cuántico hasta lo cósmico, hizo filamentos en el espacio sideral, espirales de Fibonacci, redes de raíces y micelios, circunvalaciones cerebrales, y parece que «lo hizo» todo a partir de la voz, de la palabra, según textos de varias religiones. Ese Dios-Creador actuó de modo voluntario, completamente racional y no haría esfuerzo mayor para armar el cosmos. Uno puede imaginarlo separando la luz de las tinieblas, y viendo que era bueno. A nadie se le puede ocurrir (¿o sí?) que conoce el plan divino, demasiada soberbia hay que tener para creer que sabemos el plan original, y para qué hizo el universo tan grande, y para qué situó nuestra pequeña inteligencia como resultado de la evolución de un planeta microscópico, que quizás él mismo no podría divisar ni siquiera con una lente gravitacional supereficiente. ¿Acaso creó todo desde la nada, o desde la energía preexistente que lo conforma a él mismo, o de un experimento ordenado o desde un ordenamiento del caos primigenio?
Todo ello cabe en la imaginación, uno de los resortes más creativos del universo, que debe ser colosal en los seres extraterrestres más avanzados e inteligentes que nosotros, que deben existir en la anchura, altura y profundidad del universo y en las dimensiones del tiempo, pero lo cual es indemostrable. La poesía habita el cosmos y halla en los seres vivos e inteligentes su «traductor», su poeta, aquel que puede expresar o imaginar esas maravillas de la existencia cósmica. Alabados sean los poetas del cosmos, que ya vendrán. Ernesto Cardenal abrió una página, Walt Whitman otra, los poetas del espacio cósmico soñarán en grande.
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