
La fiebre de descubrimientos cósmicos ha llegado al siglo xxi con una fuerza asombrosa. Nuevos Galileos se asoman a prismáticos de tallas enormes y se convierten en telescopios que muestran, pero no definen, dejan ver, pero no presenta seguridad de lo que se ve. Ahí están las galaxias, qué las sujeta, la gravedad parece que no es suficiente, puede ser que lo haga la materia oscura. Al centro hay un agujero negro supermasivo que, según la definición científica, no debería irradiar nada, pero ejerce fuerza gravitatoria. El choque de dos de esos monstruos hace temblar al universo en ondas gravitacionales.
El estudio del cosmos, al igual que prácticamente todo lo que sucede en la naturaleza, es demasiado complejo e inimaginable como para que la ciencia astronómica pudiera progresar únicamente a través de consideraciones teóricas, de modo que debe haber revelaciones con un esfuerzo mental enorme de la especie humana. Los telescopios muestran, pero son los hombres y mujeres del planeta Tierra quienes tienen que demostrar. ¿Demostrar qué?
Poco a poco pareciera que el cosmos es un gran cerebro pensándose a sí mismo, un creador que usa leyes que él mismo inventa, y viola y subvierte o sigue al pie de la letra. ¿De qué letra? El universo es un mensaje. Si lo es, ¿«alguien» lo descifrará? Y es un rompecabezas que hay que armar, aunque ya él mismo está armado. O sea, el cosmos es una porquería casi incomprensible. En ello estamos.
Una porquería es aquello que vemos y no comprendemos, o que creemos que comprendemos, o que nos figuramos que vamos a comprender. Si se rompe el aparato de computación, lo desordenamos, lo recomponemos, sigue funcionando, pero ¿a quién se le puede ocurrir que el universo pueda ser recompuesto? Quizás solo a él mismo, si es que el cosmos puede pensar, tal y como entendemos los humanos la idea de pensamiento.
No podemos estar completamente seguros de casi nada. Llega un científico, poeta del siglo xxi, y revuelve todo lo que pensaron y fijaron los sabios del siglo XX. O al menos lo pone en dudas. Lo único que no puede ser refutado es la poesía, pero de aquí que pase uno o dos milenios, hasta Federico García Lorca dejará de sonar en los oídos de los que por entonces vivan. Aparecerá la novela de cómo se vive en Plutón, y la poesía épica de la conquista de Europa, alrededor de Júpiter. Seguirán siendo tiempos antiguos: no se habrá salido aun del sistema solar.
Para atravesar tanto espacio en tanto tiempo, se requiere que los seres vivos se tornen lo que hoy llamamos Inteligencia Artificial. IA, qué porquería. El cuerpo prodigioso, espacio singular de delicias sensuales, tal y como lo poseemos no puede ni llegar tal cual para vivir tan lejos, tan cerca, pues ¿qué es lejos? Para el pobrecito cuerpo humano el cosmos es una porquería. Inalcansable más allá del cinturón de asteroides. Eso sin juzgar que estemos dentro de un agujero negro o en un vacío cósmico, y todo lo importante ocurra Allá Afuera.
No hay estado estacionario, no hubo Big Bang, pero todo fluye y se expande o parece que fluye y que se expande. El universo flota en su infinitud. Salió de sí, y hay luz de estrellas y tinieblas de materias oscuras. El universo puede parir otro universo. Entramos a un agujero negro para salir por un agujero blanco, para eso debe existir el agujero de gusano, y no hay retorno, un nuevo universo se abre ante nosotros, voladores de una máquina del tiempo que quizás Dios ya ha inventado, y un día la descubriremos.
Por ahora somos muy antiguos, o muy recientes. Lo que importa está a varios milenios de nosotros. La sabiduría completa puede que llegue en ese lejano tiempo, aunque si el tiempo es uno solo, sin pasado ni futuro, ya la hemos alcanzado. Está en nosotros mismos, pero aún no nos hemos dado cuenta. Envuelto en un misterio universal, el cosmos es un texto poético. Toda especulación (física o matemática) es un poema, o sea, un fragmento. Todo poema es el fragmento del gran texto cósmico.
Visto bien, me he equivocado, errar es de sabios: el cosmos no es, en definitiva, una porquería. Solo hay que abrazarlo.
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