
León Felipe dijo que el eje del universo es una canción. Si lo dice un poeta, es verdad: la verdad de la poesía. La canción del cosmos solo podría escucharla Dios, debe ser un canto como el de los grandes cetáceos en el océano del multiverso. Claro que la poesía es el eje de esa canción, porque la poesía está en el movimiento del universo, es esa música compuesta por galaxias y todo tipo de estrellas, por el rumor de la energía y la materia oscuras, en el variado color, en las formas que adquiere la materia diseminada en qué espacio, por cuánto tiempo. La poesía es la razón de ser del universo.
La pequeña galaxia IZw18 alberga una enorme cantidad de energía. Está tan próxima al momento que se ha llamado el Big Bang, que parece una anomalía, no lo es, ella forma parte de la poesía cósmica, del misterio del tiempo y del espacio. Incluso su existencia puede desmentir que haya habido esa gran explosión. He leído que, solo en un segundo, ella emite más energía que toda la que hemos consumido los humanos desde que somos especie sobre la Tierra. El sonido que emite esa galaxia debe ser colosal. Está tan lejos, que es un milagro que conozcamos de su existencia mediante los aparatos más sofisticados del principio del siglo XXI. Es muy probable que jamás sepamos si existe una civilización, al menos una, allí.
La teoría del Big Bang se va amalgamando, puede que no hubiese una explosión sino solo un proceso evolutivo. Todavía no podemos afirmarlo. Pero parece ser. La evolución de toda la materia debe de culminar, probablemente, en vida. La vida debe tal vez ser el escalón más alto de la existencia cósmica y aún dentro de ella la inteligencia, y dentro de ella la civilizadora. No parece probable que en un planeta formado solo por agua, o de superficie solo acuosa, hay seres capaces de conquistar el cosmos. Al menos no es posible advertir a un pez terrestre capaz de salir por sí mismo de la atmósfera terrestre. Eso ha de valer para todo el espacio interestelar.
Nosotros, los que somos capaces de ver la noche estrellada y hacernos preguntas sobre ella (acerca de los dioses que deben residir allí), adquirimos una curiosidad absoluta, y ella es el fondo común de la poesía y de las ciencias. No podemos ser absolutos, seres alados emergerían del mar y establecerían su reino en su sistema solar, y un día podrá ser que nos conozcamos. La imaginación permite estas suposiciones, estas especulaciones, la poesía del cosmos es nuestra madre imaginativa por medio de la curiosidad.
Puede ser que el cinturón de Kuiper y la nube de Oort sean muy importantes para la humanidad de siglos venideros, allí se podrá poner un observatorio en el gran Eris, (cercano en tamaño al más conocido Plutón), en Makemake o en Sedna, o en otras piedras ricas en minerales del grupo sednoide, como Ammonite. Se va descubriendo ahora con relativa claridad que Plutón parece tener condiciones apropiadas para establecernos un día allí, y una parte de la especie humana sería llamada algo así como «los plutonianos», diferentes de los que habiten alrededor de Júpiter o Saturno, como el enorme Titán con lagos y lluvias, o el enigmático Encélado, o los jupiterianos Ganimedes, enorme, mayor que Mercurio, y también Ío o Europa, por nombrar algunos. Seremos extraterrestres en el futuro.
Todo ello dentro del sistema solar, suerte de cosmos en miniatura, pero por fuera hay sorpresas de todo tipo, incógnitas a pie de página: qué es la materia oscura, ¿existe?, gravitacionalmente hay algo que llamamos así. ¿Qué es la Gran Muralla Hércules Corona Boreal? ¿Delimita algo o es un es en sí fabuloso e inabarcable? Se dice que contiene más de cien mil millones de galaxias, ¿cómo es eso concebible? El cerebro humano, un universo personal, no da cabida a tanto saber, la sabiduría ha de hacerse colectiva, como la de las hormigas o las abejas, hay que actuar en conjunto de la especie, una inteligencia de colmena, en conexión, pero que puede mantener sus individualidades, sus identidades. Esto quizás se está gestando por medio de la inteligencia artificial y de aparatos capaces de comprender lo que un cerebro solo no asimilaría, o tardaría mucho en entender. Todo el ruido cósmico, o gran parte de él, podría ser grabado por un equipo aún inexistente, que lo traduzca a la capacidad de nuestros oídos, y así podremos escuchar qué dice, o qué canta, el cosmos. ¿Habrá una Piedra Rosetta para descifrar el lenguaje del cosmos?
Mientras tanto hay que conformarse con la capacidad engañosa de nuestros sentidos: ¿vemos lo que en verdad hay que ver, lo que es? ¿Escuchamos y entendemos lo que se escucha? ¿Cómo podemos comprender el universo con nuestros sistemas táctiles, con nuestro limitado olfato? Han dicho algunos cosmonautas o astronautas que el espacio exterior huele a huevo podrido. Quizás tan solo lo parece. Pero ya es fabuloso pensar que el universo tenga olor. Haría falta afinar algunos sentidos más, uno, por ejemplo, gravitacional, para que no los radares sino nosotros mismos captemos, por ejemplo, las ondas gravitacionales. Lo que llamamos «extrasensorial» debería agudizarse de modo tal, que podamos captar el futuro fluyendo en las dimensiones del Tiempo.
Habrá bichitos viviendo en Encélado, en sus océanos profundos (¿los llamaremos pececitos?). Tendremos una base en Titán y terraformaremos esa luna enorme. Plutón será una gran mina, un gran laboratorio. Aparecerán de modo dominante el combustible nuclear, el movimiento a fuerza de hidrógeno, y las naves humanas volarán a velocidades insólitas, habrá que girar varias veces en torno al objetivo de viaje, para lograr disminuir la velocidad, frenarlo, y «aterrizar», titanizar, plutonizar. Para entonces, lo que hoy llamamos utopía reinará sobre la Tierra. Para entonces, los hombres cantarán «La interastral», como himno de la conquista cósmica. Aparecerá un Beethoven que componga ese himno, que escuchará y hasta cantará cada ser llamado humano. Así es la poesía, insólita. Aparece cuando es necesario, se escribe cuando madura su necesidad.
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