
Estuve hojeando el interesante libro El corazón de las tinieblas. Materia y energía oscuras: los misterios del universo invisible, de Jeremiah P. Ostriker y Simon Mitton, editado en Barcelona en 2014. Me apasionan estas lecturas acerca del universo, y me entero allí que el astrónomo y físico de origen búlgaro Fritz Zwicky, relativamente poco conocido, ya había publicado en 1937 un artículo en el que se refería a una suerte de «materia oscura». Parece ser que también descubrió la existencia de las estrellas de neutrones. Ese 1937 fue al año en que nació el astrofísico y profesor estadounidense J. P. Ostriker, quien mucho después afirmó que las galaxias en rotación se «desharían», salvo que existiese algún tipo de masa invisible que las anclara, sin que se dispersaran por el espacio infinito. Ostriker, casado con una poeta norteamericana célebre (Alice Ostriker) publicó sus asertos esenciales en Nueva luz sobre la materia oscura (2003). Pero no se quedó en la pura teoría.
En capítulos de El corazón de las tinieblas, se advierte la referencia obligada a Edwin Hubble sobre la expansión del universo, pese a la oposición de otras cosmologías, como la del estado estacionario. Si hubo un Big Bang, era lógico que se siguiera expandiendo. Otros científicos, sin embargo, han ido más allá de la teoría de la expansión, del estado estacionario y del mismo Big Bang, para decirnos que lo que sucede es que el universo rota, la rotación simula expansión, que él ha estado siempre ahí, y que forma parte del sistema de multiversos, otros universos paralelos o equidistantes, lo cual hace del universo algo finito, que rota en torno de sí mismo, porque el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Esto último trae a la memoria viejas teorías más bien esotéricas.
Si seguimos llamando Big Bang a una suerte de estado primigenio del Todo, tendremos la expansión hacia lo que puede considerarse un universo plano, como un plato, o curvo, como una montura de caballo, como lo pre-vio Einstein. En cualquier caso, se quedó rotando, y cuando vemos galaxias alejándose de nosotros al rojo (nosotros somos el Sol y sus planetas, en especial la Tierra), lo que indica expansión, en verdad es un movimiento circular eterno e infinito. El asunto misterioso es que lo que gira lo hace alrededor de algo, y ¿en torno de qué girará el universo? Si no hay un centro, como sí ocurre con las galaxias, el universo ha de ser algo así como agua girando en un recipiente a la que no se le precisa el centro de giro. Ya es poético el símil: el agua del cosmos.
La teoría de la inflación dice que el universo se expandió, durante un breve periodo, a un ritmo extraordinariamente rápido, exponencial, poco después de su «nacimiento». Y a partir de ahí o se puso a girar, o se fue cada vez extendiendo más a sí mismo, creando espacio donde no lo había y, por supuesto, tiempo, el tiempo, todo el tiempo, ese que nos dejó en herencia el poeta Eliseo Diego. O el que dejó a su hijo José Ángel Buesa, como «viento»: «para que no te queden las manos vacías».
Puede parecerme mejor que no se expande, sino que gira, y ese giro lo decide su posición entre otros universos. Los otros multiversos son como la cucharilla dentro del vaso que hace girar todo el líquido interno. De ese modo, nada se expandiría, sino que estamos dentro de un universo relativamente estable, solo presionado por el crecimiento de los agujeros negros, que son una suerte de disolventes de la materia cósmica. Si se discute que hay una «pared», un «borde», este debe ser sumido como una frontera que recibe estabilidad de las fuerzas externa del multiverso, pues de lo contrario, también el universo girando se disolvería. Habría así una materia oscura extra universal, o sería la misma, con igual magnitud opresora para que ni las galaxias ni el universo salgan por las tangentes de sus giros. Como no soy astrofísico, la propuesta puede ser solo poética, e incluso si hago entrar en ello a Dios, haría teopoética.
Si no aceptamos el universo plano, puede ser como una esfera, que tiene latidos, que gira a tanta velocidad que al observarlo parece expandirse. Todo es parte de un enorme movimiento más o menos sincronizado (cometas que pasan de un sistema solar a otro o raros astros que atraviesan las galaxias, dan la señal equívoca de que no hay un orden demasiado estricto). En tal sistema de movimiento no hay línea recta, las paralelas chocan en el infinito o con otros universos, o con otras dimensiones. Nunca se regresa al punto de partida, porque al girar, ya ese punto no existe, debido a la infinitud, ha mutado el punto, se ha expandido, o mejor, desplazado.
Aquí la poesía: la función de imaginar solo la posee el cosmos a través de la vida, o de tipos de vida inteligente, material o energética, o ambas, que poseen la capacidad de la imaginación. Dentro de la inmensa esfera cósmica nada se repite, ni una hoja en un árbol es exacta a otra, ni un copo de nieve, ello solo en el micromundo terrestre. Ni dos planetas, ni dos soles, ni dos galaxias son idénticas, pero todas tienen factores comunes, uno de ellos, quizás el principal, sea el movimiento. Todo lo que conocemos gira, ¿por qué no iba a hacerlo también «nuestro» universo? (La soberbia humana pone propiedad a todo: nuestros planeta, sol, galaxia, universo, Dios, y eso es el colmo: «nuestro Dios»). Pero parece ser que el infinito no puede pensarse, y nosotros sí lo podemos hacer, el viejo Pascal brota de la idea: somos juncos que piensan.
En tanto, miramos en torno, hacia las estrellas, y es tan limitada nuestra mirada, que precisamos de telescopios mayores, más precisos. Ni siquiera hemos podido aún advertir otras inteligencias tan observadoras, calculadoras y tal vez guerreras como nosotros. Nosotros en verdad solo somos parte del contenido de lo que llamamos «nuestro». Nuestras naves pueden ser como un boomerang lanzado al cosmos cercano, pero se ha visto que no siempre las podemos hacer regresar, se pierden luego en la infinitud, dejan de tener contacto con los lanzadores.
Lo finito (que somos) es como lo infinito: la red del cosmos semejante a la red cerebral. Habría que extender esa finitud para poder volar, nosotros mismos, a otras estrellas. Ni que soñar que, tal y como somos en el siglo XXI, podamos pasarnos a otra galaxia. Quizás un día aprendamos de la fuerza que hace girar, de la materia oscura que impulsa al viaje, y, cuerpos más duraderos, topemos por fin con seres vivos, inteligentes o no, o a su manera, en otros sitios del universo. Allí nos vemos, si vemos desde el alma, y si ella es inmortal.
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