
Me cuentan, por Internet, que quizás no hubo Big Bang, debido a que se descubren galaxias donde no debían de estar, por ejemplo, JADES-GS-z14-0. El universo evolucionó desde sí mismo sin explosiones, sin violencia de las energías compositivas, y, contra la idea creacionista, nunca se creó, solamente ha existido, cambiando siempre. Ni siquiera sabemos si de verdad se expande, puede ser un disco en ebullición, o una esfera que gira entre otras muchas, locamente infinitas. «Nuestro» cosmos es parte del multiverso, y este, ¿qué es? Parece algo tan indefinible como la idea de la existencia de Dios.
Una densa bibliografía nunca ha dejado nada completamente en claro: Stephen Hawking dice y se desdice bellamente en Historia del tiempo; he aquí al señor Steven Weinberg en Los tres primeros minutos del universo, a pesar de que ya parece que ese tiempo sencillamente no existió. Roger Penrose llegó a asustarnos con La nueva mente del emperador. No he tenido ocasión de leer El quark y el jaguar, de Murray Gell-Mann…, y menos El corazón de las tinieblas, de Jeremiah P. Ostriker y Simon Mitton. A cada rato nace un libro estremecedor.
A mí me parece que el cosmos es una poética: hay la luz y las tinieblas, más espacio vedados a los que no se puede entrar, llamados agujeros blancos (¿los hay?), y otros de donde no se puede salir, llamados agujeros negros. Hay filamentos cósmicos que interrelacionan a las galaxias, y existen enormes espacios vacíos como en un queso gruyere.
Aunque no nos levantamos sintiéndolo, todas las galaxias hacen ruidos atroces, los soles también, hay un rumor espantoso en el cosmos, que otros llaman la música celestial. La idea del «cielo» ha desparecido, al menos como se entendía hace poco, unos quinientos años atrás. La poesía debe buscar nuevas metáforas para cantar a tanto esplendor, como en su momento hizo Ernesto Cardenal con su Canto cósmico. Las nuevas metáforas han de coincidir con los sistemas solares, ninguno igual, como las hojas en el bosque, todo se parece pero nada es exactamente idéntico.
El poeta del comos debe idear nuevas expresiones, algo así como darle nombre a las cosas, a los objetos estelares que cada día muestran que existen. Es una misión adánica, una misión del hombre sobre la Tierra, dar nombres a las cosas una vez que salimos del Paraíso… y del Planeta. Las nuevas metáforas implican términos como planetas supertierras, choque de galaxias, fusión de agujeros negros. Hemos llegado a descubrir objetos que atraviesan el sistema solar como una bala. Vienen de alguna parte y van a otro lugar. A Dios pareciera que no le alcanzó el tiempo para organizar cuerdamente tanta materia, mucho menos a la antimateria, ni se sabe qué es de la energía oscura, de la materia oscura, tanta oscuridad da lugar a la metáfora hermética, ¿qué es todo?
El cosmos es una poética, hay un método en tanto sistema, hay una manera de escribir sin agotamiento la existencia material: planetas con agua, planetas solo rocas, astros que son ya diamantes puros, hijos de un sol que se apagó y se contrajo tanto, que el carbono terminó por convertirse en una gigantesca piedra preciosa, y planetas etéreos. Hay cuerpos que son como faros, otros que irradian rayos de diversos calibres, algunos explotan, tienen su propio big bang dentro de sí. Este o aquel astro alrededor de un sol debe tener vida. Está demostrado que hay vida en el cosmos: nosotros, en la Tierra.
Estamos solos. Existe tanta distancia entre los soles, que cuando ya sepamos que, en efecto, hay un planeta poblado, estará tan lejos que su verdad no influye en nuestras vidas. Que se extinguirá. No hay especie que dure eternamente. Nada dura de modo eterno, no hay vida eterna, al parecer, mucho menos tras la muerte. Una estrella muere, ¿su espíritu es una enana blanca, un agujero negro, un cuásar? ¿Quién salva a una estrella? ¿Qué significa en el cosmos la salvación? ¿Algo se salva de qué, cómo, cuándo? ¿Qué es ese cuándo, porque qué es el Tiempo?
Estamos hechos para indagar, no para comprenderlo todo, no para definirlo todo, porque si el universo es infinito, lo finito que somos no puede aprehender la infinitud. Y esa es la raíz de una poética universal. Un astrofísico no tiene la verdad absoluta, pero ¿existe esa verdad? La masa y la energía oscuras constituyen dos de los grandes enigmas a los que se enfrentan la astrofísica y la cosmología actuales. ¿Qué hay en el corazón de las tinieblas? Los hombres de ciencia se están convirtiendo en los poetas especulativos de nuestro tiempo.
En 1929, Edwin Hubble fijó la teoría de la expansión de universo. ¿Y si no es cierta? ¿Y si el universo no se expande sino que solo flota y se mueve en torbellinos y rota, y su movimiento parece expansión? Cosa de locos: ¿el universo prefigura un ser vivo que se está trasladando por el multiverso? Cosa de ciencia-ficción. La única eternidad es el movimiento. Pobrecita el alma humana que aspira a vivir en un paraíso o devachan, post mortem.
¿En qué dimensión vivimos? ¿Cómo se produjo el aún vigente andamiaje teórico, la relatividad general y la cosmología relativista, que permitieron construir modelos teóricos del universo? ¿Es ello una revelación divina o trabajo humano? ¿Einstein sintió un llamado de qué Universo? ¿Estamos construyendo desde el siglo xx una nueva Biblia, libro de libros de las revelaciones del cosmos?
Seguiremos haciendo preguntas, estas de hoy no se parecen a las de hace quinientos años, y dentro de otro tanto, habrá otras preocupaciones, quizás la especie humana conquiste la abolición de las guerras, y las conquistas de la ciencia y los logros de la poesía aparezcan en las primeras páginas de todos los diarios, porque ¿habrá diarios?, cómo serán ellos es cuestión de adivinos. Por ahora, la noche es un paisaje estupendo, sereno, parece que no hay el menor movimiento, quizás un aerolito, un comenta, pero nada más, la noche es un silencio espléndido que nos conmueve, diría Pascal: que nos aterra. En la noche están todas las preguntas y todas las respuestas. Quizás.
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