
Amé vivir en Chile, no me cabe duda. Llegué la primera vez como miembro del Jurado del Premio Internacional de Poesía Pablo Neruda, en 2012. Hacía solo tres meses que mi compañero el poeta Alberto Acosta-Pérez había fallecido, y ello me tenía sumido en una honda depresión. Así viajé, así llegué a Santiago y me hospedaron en el quizás más lujoso hotel de la ciudad, próximo a la sede de la Universidad Católica y en la ancha avenida central. Frente, la entrada principal de acceso al cerro Santa Lucía.
Allí me visitaron algunos intelectuales chilenos, mientras comenzaban las reuniones para decidir el Premio. Yo llevaba dos candidatos, que no avanzaron en la primera votación: Justo Jorge Padrón, de España, y Pablo Armando Fernández, de Cuba. Dos miembros del Jurado eran chilenos, una mujer argentina, un inglés y este cubano. No tuve empatía con los chilenos. Presidió la reunión el Ministro de Cultura, y en la tercera ronda de votación quedó establecido el Premio nada menos que al gran poeta Nicanor Parra. En ese mismo momento, el gobierno chileno se enfrascaba en una exposición de dibujo y pintura del gran Parra, para apoyar su candidatura al Premio Nobel que, por fin, nunca alcanzó. Entre los candidatos al Premio Neruda, la verdad que era impensable que se le otorgara a alguien que no fuese él.
Me honró mucho estar en ese jurado que ofreció el premio a Parra, uno de los poetas centrales del siglo XX latinoamericano, previo a la reunión, no sabía que estaba nominado. El ministro lo llamó por teléfono para darle la noticia y felicitarlo, y los cinco jurados tuvimos la ocasión de decirle unas rápidas palabras. Le dije que un cubano estaba allí, votando por él. Se hicieron muchas anécdotas de su vida y dichos ingeniosos, una de ellas venía muy bien con el premio que recibía, pues Parra estableció su diferencia con el autor del Canto general de esta manera: «Neruda nació en El Parral, pero yo no nací en El Nerudal». Son célebres sus «artefactos» sobre Cuba, aunque la más notable poesía de Nicanor Parra está en sus extraordinarios poemas antes que en su fecundo ingenio de hombre inteligente (y matemático).
La reunión principal fue en la propia casa santiaguina de Neruda, la Chascona, que visitamos intensamente dos veces. Antes, habíamos ido a Isla Negra, visité con deleite la casa famosa del autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, los alrededores de la casa, la tumba del poeta y su esposa, el banco donde solía sentarse a ver el mar… furioso entonces, el mar. Cerca de allí, se mudaba la cubana Damaris Calderón, a quien visité con cariño mientras ella ordenaba el trabajo de los carpinteros que procedían a los arreglos decididos. No estuvimos en la casa de Valparaíso, el nerudiano «rascacielos» desde el cual se ve una fantástica vista de la ciudad debajo y el mar enfrente, maravillosa vista. Esta visita la hice al año siguiente. Tuvimos lecturas poéticas en varios sitos, recuerdo bien uno en la Sociedad de Artistas y Escritores Chilena, y otro en la Universidad Católica, sede del campus de San Joaquín. Allí ofrecí una breve conferencia o más bien respondí varias preguntas de profesores y alumnos invitados al acto sobre poesía cubana coetánea, por la reacción, creo que gustó mucho.
La Facultad de Letras pronto me invitó a que pasase una estancia semestral en su sede, como profesor invitado con el rango de Escritor en Residencia. Esto fue en 2013. Linda estancia. Alquilé una habitación en la casa de la familia Illanes, en un bello reparto cuyas calles llevan nombres de flores; la habitación que quedaba al lado de la piscina familiar, muy fresca y ventilada. Está próxima a la una estación de metro lo que me permitía rápido movimiento en la enorme Santiago. Cerca, a pocas cuadras, queda la Embajada de Cuba, a donde fui solo una vez para decirles que estaba allí y que podían programarme alguna conferencia si lo deseaban, no lo desearon y obtuve un recibimiento bastante frío por parte de sus funcionarios. Ni en el 2012 ni en el 2013 se interesaron por mi presencia allí, pese a mis ofrecimientos de colaboración. Seguramente nunca recibieron orientación sobre mi nombre.
Desarrollé una vida activa en la Universidad, ofrecí dos cursos, uno sobre poesía del Caribe insular y otro sobre Métrica. Tuve invitación de su asociación de estudiantes para un encuentro que fue magnífico entre preguntas y respuestas. Prácticamente iba a la Facultad todos los días hábiles, aunque no tuviese clases. En la ciudad, me reuní con poetas, ofrecí una conferencia en un centro cultural, hice un prólogo para un poemario de una joven autora, y quedé, hasta hoy, en franca amistad con dos o tres de mis alumnos, ya poetas. Desde la ciudad de Concepción, me invitó su Universidad , a que ofreciese una conferencia allí, seguro por influencia de mi amigo el poeta Omar Lara, residente en esa ciudad, cuya casa visité con gozo.
También desde la casa de Neruda en Valparaíso me invitaron por dos días para que impartiera un taller a un pequeño grupo de jóvenes poetas, lo que fue muy agradable. A esta ciudad la visité cinco veces, me gustó mucho, la conocí con intensidad. Pero a Viña del Mar solo fui un día yo solo, visité el anfiteatro de los festivales de la canción, y de los grandes recitales de artistas del mundo, pero no me hallaba bien y retorné de inmediato a Valparaíso. Con mi amiga Fran Illescas visité la bella zona entre montañas del río Mapocho que me impresionó mucho. Con ella volví a Valparaíso en una visita de la que guardo fotos preciosas.
Ni qué decir que conocí Santiago con mucha dedicación de mi parte, sus calles peatonales, recorrí completa la gran avenida central y la zona de La Moneda, no recuerdo cuántas veces estuve en su Plaza de Armas y en el interior de su Catedral, así como en sus principales cerros. El cementerio de la ciudad me impresionó mucho, visité la tumba de Violeta Parra, de Salvador Allende, de varios poetas entre ellos de Pablo de Rocka y su esposa, me gustaba mucho el bistec a lo pobre y lo comí espléndidamente a la salida del cementerio. También me hice fanático del mote con huesillo y, el mejor, lo tomé en la mitad del cerro Santa Lucía. Me aficioné a un multicine donde vi filmes en 3D, entre ellos Avatar.
En Santiago hay mercadillos dignos de ver, como aquel cercano de la estación construida por Eiffel, el de la famosa torre parisina. En Concepción, un artista popular me había ofrecido un recital con su guitarrón, acompañado de Omar Lara y dos profesores universitarios y una folklorista erudita, sobre la base de la espinela cantada en Chile, fue memorable. Inolvidable. En Santiago estuve a punto de asistir a un encuentro de decimistas populares en un teatro local, pero no hallé el sitio y me lo perdí. Un día me subí en la primera elevación del cerro Santa Lucía, para presenciar una de las manifestaciones que eran muy seguidas en la ciudad, pidiendo reformas universitarias. Me habían recomendado que me fuese antes de que se formara la refriega final, y así lo hice, bajé a la estación del metro y me fui a la casa de los Illesca, donde me daba banquetes de filmes por Internet.
Ese día, las clases se interrumpieron por la huelga. Al día siguiente, cuando volví al aula, dije a los alumnos que les robaría un poco de tiempo, y que se marcharían solo tras las «cuatro y pico». Bueno, no sabía que esta palabra era el modo vulgar de llamar al pene en Chile, lo que motivó risas entre los estudiantes. Uno de ellos, muy aplicado, se me acercó al final y me indicó que debería decir «cuatro y pic», que era la correcto. Un estudiante me invitó ese día a «una once» en su casa. Fue agradable la visita, el padre era vicedecano en una facultad científica de la universidad de otra ciudad. Y la comida muy abundante para solo «una once». No tuve luego que cenar.
Cuando retorné a Cuba, lo hice con cierta tristeza, ese semestre chileno me dejó dulce el paladar. No he vuelo a Chile, y lo lamento. No lo olvidaré.
Visitas: 79






Deja un comentario