
La primera vez que fui a Ecuador se debió a una invitación de la emprendedora Macshori Ruales, quien a la sazón había fundado la revista cultural Anaconda. Ella era ya amiga del poeta Alberto Acosta-Pérez, desde que pasaron juntos una maestría financiada por la Unesco en Cataluña. Alberto y yo estuvimos en Quito todo un mes, con un viaje de trabajo a Guayaquil, donde conocimos a la que sería una amiga de larga data, la abogada Marigloria Cornejo Cousin, también escritora e hija del famoso erudito ya fallecido don Justino Cornejo, gloria ecuatoriana. En Quito ofrecimos un curso de escritura poética y de poesía. En Guayaquil estuvimos dos días, en esencia para una conferencia sobre poesía e identidad.
Hicimos divulgación radial de nuestro curso, publicamos una nota en la prensa quiteña, pero solo tuvimos cinco alumnos, de los cuales solo dos pagaron el curso. Con todo, fue grato ofrecerlo y nos sirvió para establecer una mejor colaboración con el proyecto editorial de Macshori y sus dos hijos Ikian y Sherimiat. A la sazón vivían a la vera de un río que pasa por la ciudad, pero creando enormes barrancos. La casa solitaria era una bella construcción antigua, muy agradable. Había un gran perro que se hizo nuestro amigo. Se me ocurrió decirle una tarde a Maschori que me llevase a conocer los Andes, se rieron mucho, porque no me había dado cuenta que tanta montaña y tanto valle formaban parte de la cordillera famosa.
Ella nos hizo varias giras, una muy bella a la ciudad de Ibarra y sus alrededores, donde había una feria de artesanía, que Macshori tenía como referencia para algunos negocios de su interés. Antes estuvimos en el Centro del Mundo, el sito donde se marca el cruce de la línea ecuatorial. Nos emocionó mucho ver allí una magnífica estatua de José Martí, no lo sabíamos, de modo que nos sorprendió muy gratamente. Fue un día intenso viajando por la carretera hispanoamericana. De niño había seguido en un mapa el recorrido de aquella carretera, por lo que sentí lo que Eliseo Diego llamó «extrañeza de estar». Se nos abría un Ecuador insólito para nosotros, bellísimo.
Nos detuvimos en las inmediaciones de un gran volcán, allí nos fotografiamos con una llama, y bebimos un muy fuerte preparado dulce llamada colada morada, que nos agradó sobremanera. En Ecuador los restaurantes populares ofrecen muchísima comida, un seco de pollo es abundante, como para dos personas. En otra ocasión fuimos a unas presas entre montañas, donde monté en un funicular y pescamos y preparamos nuestra pesca de manera muy eficiente y grata. Alberto y Macshori fueron los mejores pescadores, yo solo alcancé a pescar un pescado cuyo nombre olvido, y mientras ellos los preparaban para comer in situ, monté en aquel funicular turístico que transportaba de una montaña a otra, con una espesa selva debajo.
Volvimos a Ecuador dos años después, Macshori no había progresado mucho en su empresa, y ayudamos con su editorial a editar un libro de historia del Palacio de Corondolet, que visitamos dos veces. Por allí bebimos un canelazo y chicha de piña, muy típicas del país, celebramos mi cumpleaños en un bonito restaurante muy próximo a aquel palacio presidencial, y recorrimos al detalle el centro histórico de la antiquísima ciudad.
Quito es una ciudad muy bella, subida encima de los Andes, al lado del gran volcán Pichincha, que llegamos a escalar en el automóvil de Macshori, para ver lo valles que conforman el territorio donde se halla la ciudad, de la que recorrimos muchas veces su centro histórico, desde la Plaza de Armas hasta la de San Francisco, con detenimiento en la bella iglesia de la Compañía de Jesús, uno no puede creer que la Plaza de San Francisco registre tantísima historia incaica y luego española, desde donde se comenzó a ramificar una urbe llena de sitios de rica arquitectura. Es viva en su comercio, sobre todo artesanal, diferente al mercado de Guayaquil, donde las zonas llamadas «del puerto» conforma varias cuadras de verdaderos mercados de cuanto Dios formó. Entre Quito y Guayaquil hay diferencias rotundas, pues la capital de la Sierra tiene calle empinadas, y una profunda historia enraizada en la era pre hispánica, mientras que la gran Guayaquil posee el cercano mar, el gran río que se abre al océano, las calles rectas y llanas, anchas, los parques plenos del calor solar. No recuerdo que Alberto haya conocido Cuenca, conmigo no fue, pues a esa ciudad le hicimos una visita Marigloria y yo y una amiga llamada Máyori, fue un paseo hermosísimo por una ciudad entre las más bellas del continente sur, que las hay hermosas.
Ofrecí una conferencia sobre José Martí en la famosa Casa de la Cultura de Quito. Ya Alberto y yo habíamos hecho lo mismo en nuestra segunda visita a Guayaquil, organizada por la abogada y escritora Marigloria Cornejo Cousín. A Guayaquil lo visitamos primero en viaje en avión, y la segunda vez que fuimos desde Quito, pedí ir en autobús para disfrutar del paisaje, Alberto se sintió algo incómodo por ese viaje, pero accedió y le gustó bajar desde la sierra a la la costa guayaquileña. Luego visité ya solo dos veces esa ciudad, y Marigloria me hizo conocer toda la costa de Guayas, y la playa de Salinas. A través de ella tuve relación con la burguesía culta local, ofrecí alguna conferencia y participé en programas radicales y uno televisivo en una estancia de un mes allí, ya fallecido Alberto. Pude caminar yo solo a fondo la mayor parte de la ciudad, por lo menos de la que ofrece interés mayor, ruidosa, parecida en movimiento a La Habana, con grandes parques donde se sientan los parroquianos a disipar el mucho calor.
Con mis anfitrionas logré conocer sitios bellísimos del Ecuador, cinco días en la ciudad turística de Baños, al pie del Tungurahua, a Ambato e Ibarra, y otras localidades y orillas de volcanes. Llegamos una vez hasta la misma selva amazónica, almorzamos en una ciudad cuyo nombre olvido (¿Santiago de algo?) y vi en un zoo el único puma de mi vida y varias serpientes venenosas. Conozco el seco de chivo, de poyo, el locro de papas, el canelazo, la chicha y el cuy, aunque estos dos últimos solo de vista. A Marigloria le encantaban los pasacalles y pasillos, los escuché, los vi bailar, y es muy hermosa la música popular ecuatoriana.
¡Qué tierra interesante Ecuador!!! Doble de extensión territorial que Cuba, posee historia legendaria y una naturaleza asombrosa desde la selva amazónica, la sierra y la costa. Su enorme variedad de paisajes sitúa a ese centro del mundo entre los sitos más interesantes de la América del Sur. Playas hermosísimas, las hay; paso visible de grandes ballenas no lejos de la costa (seis meses antes de morir Alberto, hicimos un fantástico tour en barco para verlas pasar cercanas), pueblos semi mágicos como Montañita en las costas, ruinas incas, ciudades modernísimas, gratas carreteras, excelente trasporte público, violencia civil por injusticias sociales acumuladas, gente de todo tipo. Si bien la vida intelectual es menos activa y rica que la cubana, hay pintores, cantantes, algunos intelectuales que prestigian fuertemente al país. Da gusto conocer este rico Ecuador, sorprendente.
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