
La primera vez que visité Francia, en 2003, fue algo fortuito. De paso. En verdad fui a Hamburgo, en Alemania, a la Universidad principal de esa ciudad, para celebrar el centenario de Nicolás Guillén. Fue un viaje de ida y vuelta a través de París, cambio de avión en la ida, pero cinco días en la bella ciudad para propiciar mi regreso. Fue un grato encontronazo, pues la verdad es que no me lo esperaba. Una amiga me propició quedarme en su casa en la banlieu, con viaje al centro de la ciudad mediante tren de distancia, pero solo me separaban de la estación de Saint Lazare cuatro paradas. Esta estación iba a estar fijada en mis viajes futuros a la capital de los franceses.
¿Qué decir? Rápidamente fui a tres sitios que deseaba conocer: la catedral Notre Dame, y di un extenso paseo por sus alrededores, la torre Eiffel, a la que subí con cierto júbilo, y la Sorbona III, invitado a una conferencia sobre poesía cubana de la era de la Revolución. Aprendí en breve a moverme en el metro, incómodo por sus escaleras, rara vez alguna de ellas mecánica, pero yo era por entonces un cincuentón energético que caminaba kilómetros sin mucho cansancio. Anduve solo, mapa en mano, dispuesto a andar y visitar todo lo posible, pues no sabía si aquella gracia parisina se repetiría.
Pero se repitió. Yo había dejado una buena impresión en la Sorbona III y su profesor Venko Kanev me invitó al evento Criccal, un coloquio sobre literatura hispanoamericanas, que me aseguraba albergue, pasaje de ida y vuelta y relativa alimentación, pero París bien valía una sola baguette, con algún líquido. Llevé una ponencia que resultó exitosa, acerca del humor y la ironía en la décima popular cubana. Estaba en un hotelito (¿Lincoln?) al final del barrio judío, cerca de la plaza de la Bastilla, y aproveché para andar París, recuerdo la larga caminata que di por la calle Rivoli desde su principio hasta su mismo final en la Place de la Concorde. Estuve un total de diez días, me invitaron a la Universidad de Strasburgo, para ofrecer una conferencia, y hacia allá me fui en tren, en un viaje que me pareció paradisíaco. A la llegada me sucedió algo simpático, la profesora que me esperaba se confundió, ya no quedaba nadie en el andén, hasta que al fin nos acercamos y ella me preguntó en perfecto español si yo era Virgilio, le dije que sí, y se sonrió: esperaba que fuese una persona negra, por ser cubano. No podía oscurecerme para complacer su sentido étnico de la cubanía. Era un poco tarde, casi corrimos a la céntrica universidad, ofrecí la conferencia, y aún quedó algo de tiempo para ver la imponente catedral y la zona llamada Ile de France o algo así, muy bella. Alcancé a tener una rápida visión de esa ciudad, a la que no tuve ocasión de volver más.
Mi tercer viaje francés fue mucho más dilatado, invitado por la Sorbona III, participé en un coloquio en ella y luego me quedé un mes, viviendo entre la casa de unos amigos en el centro de la ciudad y en la lejana mansión de mi amigo Venko Kanev, en Levallois-Perret. Entonces hice un recorrido fantástico por varias ciudades, cuyas universidades me invitaron a conferencias: Nantes, un espléndido día, con regreso a la casa de una profesora en Angers, donde solo di unos pocos paseos con ella y su hija. Luego en la ciudad de Rennes, en la casa del poeta y profesor de origen uruguayo Néstor Ponce, con una rápida conferencia en la universidad local, que la verdad apenas si recuerdo, pues llegué de noche, tarde, dormí en la casa del amigo, me levanté temprano, ofrecí la conferencia y monté en un tren que me condujo a Limoges, donde tuve dos días de una suerte de coloquio de cuatro conferencias que me organizó una profesora. Allí, entre el fuerte calor de la sala de conferencias y el frío y la lluvia de noviembre en el exterior, agarré un catarro de campeonato, que impidió que pudiera hablar más durante varios días, completamente afónico. Así sin voz, llegué a Toulousse, donde me esperaba la profesora Catherine Heymann, mi anfitriona del primer viaje a Francia en 2003. Sin voz y con fuerte malestar, me hospedé en un céntrico hotel París, de pocas estrellas, y me fui de inmediato al la Universidad, donde tenía que ofrecer una conferencia, que en verdad ofreció el profesor acompañante, porque yo estaba casi completamente mudo. Al otro día di un recital, con poca voz, en la sede del Instituto Cervantes, invitado por la poeta, magnífica por cierto, Olvido García. Esta lectura tuvo una gran divulgación por Youtube, pero para mi fortuna, no fue mucha gente, por lo que no tuve que esforzar la voz. Allí estaba invitada en la Universidad Paquita López Civeira, quien había logrado ese convite precisamente gracias a mi propuesta, pues la profesora Heymann me pidió que le recomendara una historiadora o historiador, y le propuse a Paquita, quien viajó en su primera vez a Francia.
Bajo la lluvia intensa de ese mes, perdí mi cara cámara fotográfica, con fotos de cinco ciudades, incluida París, aquello resultó traumático para mí por la falta de voz, el catarro y su malestar físico y la lluvia inclemente. Apenas vi dos o tres sitios de la ciudad, una muy interesante iglesia románica muy grande, con marcas evidentes de los Templarios en algunas columnas, y un mercado-calle bajo techo… Con dos profesoras, nos fuimos Paquita y yo a una cafetería grande, donde cantaba bellamente una francesa pequeña de estatura y linda voz, el ambiente nos pareció un poco gay, lésbico, sobre todo, acogedor y de ricas tapas y licores.
Lo que ocurrió después, ya es materia de otro relato, pues al quinto día de estar en Toulouse, Paquita y yo salimos del hotel donde yo estaba, bajo la intensa lluvia, hasta la relativamente cercana estación de trenes, y tomamos el primero de tres trenes que nos conducirían al apetecido viaje a Florencia, a Génova ella con escala en Florencia, y donde nos esperaría mi querido Alberto Acosta-Pérez, quien estaba a la sazón en España por haber ganado el Premio de Narrativa Breve «Alberto Lista», en Sevilla. Nos dimos cita en Florencia, anhelo de Alberto de hacía muchos años. Él viajaría en avión desde Sevilla, yo en tren por la costa sur de Francia, pasando luego Mónaco hasta Pisa en plena madrugada y amanecimos en Florencia un día ya sin lluvia. Ese viaje merece relato aparte. Como los futuros a Francia, el año que pasé entre Rouen y París, trabajando en la Universidad de Rouen entre 2008 y 2009.
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