
En 1971 comencé la carrera que entonces se llamaba Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas (así reza mi título), en la antigua Escuela de Letras y Artes de la Universidad de La Habana, devenida Facultad de Artes y Letras, pero por entonces integrante de la Facultad de Humanidades. No está situada en la colina universitaria, sino al final de la calle Universidad, frente al Castillo del Príncipe y junto al Comedor Universitario y la Facultad de Química, a la que jamás he visitado.
Mi grupo fue el más numeroso entrado a tal predio en toda su historia, éramos alrededor de doscientos estudiantes. Al final, en 1975, nos graduamos noventa y uno, cifra que sigue siendo récord, creo que insuperable por esos lares. La Escuela provenía de la antigua carrera de Filosofía y Letras, el Edificio Dihigo había sido construido en la década de 1950 para alojar tal especialidad, pero cuando entré como estudiante, allí había aulas de Periodismo, Bibliotecología y de la posterior Facultad de Lenguas Extranjeras, que no demoraron mucho en hallar sede fija.
Lo interesante en ese tiempo era el soberano claustro profesoral que poseía la Escuela, lleno de doctoras famosas, encabezándolas su Directora, la sabia Vicentina Antuña, seguida por la Secretaria del núcleo del PCC, Mirta Aguirre, y más de una vez me topaba en el ascensor con la gran Camila Henríquez Ureña, ella sola era una institución; las llamábamos las «Vacas Sagradas». Fuimos alumnos de Beatriz Maggi, Salvador Bueno, Raimundo Lazo, de la propia Mirta por breve tiempo, de Roberto Fernández Retamar, José Antonio Portuondo, Manuel Galich, Rolando López del Amo, Adolfo Martí Fuentes, Isabel Monal, la gran lingüista, Ofelia García Cortiñas, y muchas otras personalidades de rango intelectual.
Lazo estaba ya ciego por completo y daba sus clases mirando hacia los ventanales por donde entraba la luz; Beatriz escenificaba sus explicaciones y nadie enseñaba mejor que ella a leer, a leer de verdad, hondamente; el guatemalteco Galich llegaba a veces un poco ebrio, nos encantaba que arribase así, pues ese día daba clases magistrales sobre historia de América Latina. Ofelia García Cortiñas practicaba cursos «terroristas»: Gramática estructural y Gramática generativa, era muy exigente, a la larga terminé teniendo una noble amistad con ella. Isabel Monal parecía que disertaba sobre Lo Más Importante del Universo: Marxismo, Historia del pensamiento socialista e Historia del movimiento obrero, creo que dos de esas asignaturas desaparecieron del currículo. Había buenos programas, si no maravillas docentes, eran dignos y nos preparaban bien. Aun hoy no puedo comprender cómo la Facultad ha permitido graduar por años a filólogos que nunca estudiaron métrica hispánica como disciplina independiente y fija; desapareció en los currículos al final de la década de 1980, cuando una parte del libro de Tomás Navarro Tomás quedó obsoleta; creo que resulta básica para los futuros asesores literarios, críticos, profesores y otros profesionales que allí se forman.
Tuve buenos colegas que luego fueron escritores, asesores de radio, televisión y casas de cultura, cineastas, investigadores literarios, profesores, editores, promotores culturales, me gustaría recordar los nombres de los noventa y uno, pero entre ellos estaban Jesús Guanche (etnólogo y ensayista), Luis Alvarez Alvarez (poeta y ensayista), Carlos Martí Brenes (poeta y directivo cultural), Enid Vian (poeta y escritora para la infancia), Rolando Díaz (cineasta), Marlen Domínguez (lingüista y profesora), Ana María González Mafud (lingüista y directiva docente), Tomás Alfonso (escritor y asesor de televisión), Santiago Prado (documentalista de televisión), María Antonia Herrera (asesora y funcionaria de la televisión), y muchos más, como mis amigos Oscar López o Rayma. Rayma era minusválida, por poliomielitis en la infancia, que dejó sus piernas baldadas, y cuando no había elevador, que se rompía mucho, teníamos que subirla por la ancha escalera los cuatro pisos hasta donde estaba nuestra aula fija.
Entre mis más vivos recuerdos están las visitas de Fidel a la Colina. Iba en un jeep, bajaba próximo a la Escuela (hoy Facultad) de Derecho en la Plaza Cadenas, y nosotros lo rodeábamos para conversar. Solía estar un buen rato en esos encuentros informales, donde el líder de la Revolución discutía con los estudiantes asuntos de Estado.
En el primer año de la carrera existía un sistema llamado «tres por uno», que nos conducía a la agricultura una semana de las cuatro del mes. Recuerdo también haber pasado un huracán que cruzó próximo a la Capital, mientras yo cumplía una guardia estudiantil en el área entre la Facultad de Artes y Letras y la de Química. Hoy día, creo que ya los alumnos no hacen guardia alguna. En el segundo año (1972) surgió el movimiento de «inserción» de estudio-trabajo, que me colocó como profesor de Gramática del curso introductorio de Periodismo, y las clases eran en el edificio de la actual Facultad de Filosofía e Historia. Luego me fui con la Dra. Gaziella Pogolotti al Escambray, como integrante de un grupo de investigación social entre el campesinado de la zona, integrado por estudiantes y dos profesores, entre ellos Helmo Hernández. Éramos un grupo de varios años docentes, veníamos a La Habana una semana al mes y en ese lapso recibíamos todas las clases y hacíamos nuestros exámenes. En el quinto año trabajé con la Dra. Lázara Menéndez en los solares de Centro Habana, en labor de investigación social. Lazarita devino una amiga mía muy querida. Era evidente que me estaba formando como investigador, hasta recibí la Medalla Forjadores del Futuro en 1975, por el trabajo comunal desarrollado, pues alcancé a ser el investigador más destacado de la promoción de ese año de la antigua Facultad de Humanidades, pero tuve una labor profesional como investigador solo catorce años después de graduarme.
Solo después de hacerme Doctor en Ciencias Filológicas en la ya creada Facultad de Filología (volvería a cambiar el nombre hacia el actual, que no sé si será permanente), volví a tener una intensa relación con mi Universidad, mi Facultad, mi otrora Escuela, pues comencé a colaborar primero con conferencias hasta llegar a ser profesor titular, nunca atado a una plaza fija, pero que me condujo a tribunales de pregrado y grado, como tutor, oponente o solo miembro. Allí he ofrecido cursos de postgrado, asignaturas de maestrías, y conferencias muy diversas, aunque, curiosamente, es en la Facultad de Filosofía e Historia donde he ejercido mucho más la docencia en cursos de maestría. De modo que he seguido el desarrollo institucional desde adentro y desde 1971, lo que hace hoy una cifra de más de cincuenta años relacionados con ese centro, con la Universidad y con varias otras facultades. Conozco el templo, porque he vivido en sus entrañas.
Terminaría con una anécdota para mí simpática relativa a la Dra. Helena Calduch, que era profesora de Griego. El día que asistí por primera vez a clases, iba yo muy contento pensando que «al fin» iba a poder hablar solo de poesía, y que todo el mundo hablaría de temas «elevados», y que al menos saldría allí un poco de la cotidianidad absorbente y nada literaria en que vivía. Subí a la segunda planta, donde se hallan las oficinas, y, oh, sorpresa, la Doctora daba en ese momento un verdadero berrinche porque no le habían otorgado un efecto electrodoméstico en la asamblea de méritos y deméritos. Mi juvenilia se frustró en el acto: la Escuela de Letras y Artes no era un oasis de la realidad, sino parte de ella. Buena lección.
Siento un amor hermoso por mi Universidad. Todavía hoy cuando cruzo frente a los grandes cristales frontales de la «Facultad de Letras», me siento parte de ese sitio. Pero también por la escalinata, la Plaza Cadenas, los predios magníficos. Como «no trabajo» allí, no devengo salario, este es un amor desinteresado. Si sigo recordando, me veo colaborando con la revista Alma Máter, fundando junto con Rolando Díaz una revistica en la Escuela de Letras, llamada Diablo Cojuelo, que duró solo un número. Me recuerdo a mí mismo como monitor de la asignatura Métrica, que primero impartió Mirta Aguirre y dejó en manos de otra profesora llamada Marina Esturo. Me acuerdo cuando cesábamos las clases y nos íbamos al campo a recoger viandas o frutos, o a desherbar, o fertilizar, u otras labores agrícolas.
Fueron años duros, también recuerdo que en 1971 expulsaron a algunos alumnos, uno de ellos me dolió mucho, porque era un bonito joven al que acusaron (y acosaron) como homosexual, había entonces toda una cacería homofóbica. Se llenaban planillas que llamábamos «cuentametúvida», para las periódicas evaluaciones que sufríamos. O sea, no era un paraíso, pero la calidad docente era alta y aun queríamos que mejorara más. Al graduarme en 1975, y al ser seleccionado como mejor investigador de toda la Facultad de Humanidades, me fui con el grupo universitario de mejores graduados a subir el pico Turquino, y eso merece un relato de otra ocasión. Solo adelanto que logré llegar a la cima.
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