
Mis ojos, que han visto la Cibeles madrileña, el Arco del Triunfo en París, el David de Florencia, también blasona de develar una mañana maravillosa el Cañón del Yumurí, tan cerca de Baracoa, el valle de Viñales, la fachada de la Catedral de La Habana, las matanceras cuevas de Bellamar. Todos funcionan en mis recuerdos como el barranco de Tirajana en Gran Canaria, las inmediaciones del Teide, en Tenerife, El Torcal de Málaga, el tajo de Ronda… La memoria funciona como un texto que prefiere acumular sin olvido la grandeza del paisaje, las grandes obras de arte humano, los momentos sublimes.
La mía pone en solfa la fealdad del mundo. Casi no recuerdo esas fealdades, o mi cerebro tiende a disgregar las muertes de mis padres, la de mi compañero el poeta Alberto Acosta-Pérez, que me hundió en una fuerte desesperación, y los no pocos momentos terribles que mis propios contemporáneos me hicieron pasar en mi adolescencia y juventud. Ahora mismo, esos malos recuerdos fluyen en mi memoria de forma fugaz, como vuelo de ave carroñera, con deseos de que no hayan pasado y que el ayer gris se borre, lo cual, es claro, sucederá con mi muerte, borrón total, sin cuenta nueva.
Pero la belleza se me prende de manera sublime. Cuando entré a mi primera catedral gótica, en San Vito de la singularísima Praga, allí sentí un milagro: la belleza hace transpirar, se llora ante el súbito jalón que ella nos hace. Solo se compara esa visión praguense con el fuerte golpe de sensibilidad que me produjo enfrentarme a la fachada de la Catedral de Florencia o a la de Notre Dame de Rouen. Cuando visité el misterio del Mont Saint-Michel, algo adentro vibró en mí, con una música celeste, de color azul. Es la sinfonía de la vida, que se siente aún mejor en la naturaleza misma: el lindo Sendero Rilke cerca de Trieste, el Sendero Inglés de Ronda, las montañitas bellísimas que rodean a mi pueblo natal, Fomento, la laurisilva de La Gomera, tierra natal de mi abuelo más recordado, al que paradójicamente no conocí, pues murió diez años antes de yo nacer. No olvido la extraña sabana inmensa ante mis ojos al otro lado de Las Cruces, en la sierra de los Órganos en Nuevo México, o el intenso horizonte de tierra que se observa en viaje por carretera desde Montevideo hacia Buenos Aires. Y así brotan de mi memoria un sinfín de sitios que mis ojos han tenido el privilegio de ver.
Claro que no observé los grandes paisajes del Cañón del Colorado o de la ciudad Nueva York, a donde no he ido. A cambio vi la belleza desde el aire de la bahía de Guanabara, las cataratas del Niágara, y sitios ecuatorianos que refulgen, o Buenos Aires espléndida, y La Habana toda, ciudad maravilla del mundo, a la que amo entrañablemente. Me envidio a mí mismo por tanta belleza vista.
No sé qué consecuencia, moraleja o «enseñanza» sacar de todo ello, pero ¿es necesario? Los placeres de los sentidos pueden ser casi místicos, arrebatos sensoriales y sensuales, asunción estética, aprehensión de gozo. Es el fulgente rayo frontal de la Poesía.
Siempre soñé ver la Plaza Roja de Moscú, y estuve allí durante media hora con la sola visita a su catedral espléndida, todavía siendo parte del socialismo soviético, a punto de desaparecer, pues era 1990. Solo estaba en Rusia de paso, en una escala de aviones. Quise ver el foro en Roma y el coliseo, y los vi, por solo un día. Entré con solemnidad de turista al Vaticano, y por irme a la cúpula por una difícil escalera, perdí la oportunidad de entrar a la Capilla Sixtina, que ya había cerrado cuando descendí. Soñé pasear por Londres, pero no lo he hecho aún, que los sueños, sueños son. La primera vez que vi nevar, surgió en mí un impulso infantil incontrolable y, claro, hice bolas de nieve, pero entonces no tenía a nadie a quién lanzarlas, estaba solo, y muchas de las maravillas que visité (la catedral de Chartres, la tumba de Rimbaud en Charleville, el cementerio Pere Lachaise) las hice en soledad. En mi memoria selectiva caben las grandezas del Pere Lachaise como un sitio irreal-realísimo, y de un cementerio minúsculo e impresionante que vi en la colina de la pequeña ciudad de Olvera, en Andalucía, o el fantástico de Rouen. Confieso que me gusta visitar cementerios y dejar algún recuerdo en tumbas de gentes tan egregias como las de Huidobro, Violeta Parra, Gardel, Vallejo, Antonio Machado…
Me detengo, no es el objetivo exhibir sitios visitados, aunque lo pareciera, sino elogiar al archivo cerebral que guarda más que nada la belleza. ¿Mirada de poeta? Más bien diría visión humana sensible, pues todo el que se emociona o reflexiona hondo ante la belleza, ahonda en los dones de la poesía, que no carga solo con patrimonios de bellezas. No vine a ser visto, sino a ver. No vine a ser servido, sino a servir. Si me da gozo la vista, sería egoísta sepultarlo en mi memoria. La belleza ayuda al bien, no es que ella sea el bien, solo un bien, algo bueno a la vista. Aunque no lo parezca a primera vista, la belleza de los actos también suele ser visible, y si se sepulta en el honor del anonimato, en la bondad del silencio, si se esconde en la modestia excesiva, la belleza espiritual pierde un pedazo de su efectividad. Hacer bien mirando a quién y que ese quién te mire, es don de la vida, no mero egocentrismo. La belleza que entraña cualquier sitio, hasta una roca suelta, un desierto, un río con o sin cauce de aguas limpias, la propia impureza de la materia y no solo el brillo bellísimo de las joyas legítimas, entrañan la aprehensión poética del mundo. Así, pasarla al molde de la palabra es un bien, el bien del poema, ese que José Lezama Lima añoraba cuando: «Ah, que tú escapes cuando tenía lograda tu definición mejor» (cita de memoria).
La vista ofrece el himno necesario a la memoria. Recuerdos emotivos, sensoriales intelectivos fluyen en nosotros y forman parte de nuestra identidad. Ver las cataratas famosas, el Volga o el Sena o el Danubio y, desde el aire, el Amazonas, el Cauto o el Almendares (ah, tan contaminados) o cualquier riachuelo entrañable de nuestra infancia, tiene su don sublime, el que le damos mediante el recuerdo, su trasfondo de poesía. Comprendo a Bécquer: «Poesía eres tú», pues ¡qué ancho es el tú del mundo!
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