
Desde antes del triunfo de la Revolución, la poeta y ensayista Mirta Aguirre había llamado a Nicolás Guillén «poeta nacional», en un estudio de la dama sobre la obra poética del autor de la «Elegía a Jesús Menéndez», hito de la poesía política de lengua española. Con fino sentido del humor, José Zacarías Tallet llamaría en sus Memorias «poeta nacional depuesto» a Agustín Acosta, que fue elegido por el Congreso de la República para considerarlo por tal. Ambos sucesos fueron de los años cincuenta del siglo XX, y no es este el espacio, ni creo que sea oportuno, detenernos en las calidades líricas de ambos autores para compararlos y dejar a uno por sobre el otro. Las obras existen, por sus obras los conoceréis.
Nicolás realizó el registro singular, de extrema necesidad de la literatura cubana, de hacer entrar al negro y al mestizo en la poesía de Cuba. Casi hasta él, con el español Alfonso Camín, con Tallet, Portuondo, Carpentier, Ballagas…, entre otros, tres o cuatro años antes del singular Motivos de son (1930), la «poesía étnica» dio un paso decisivo en Cuba. Pero fue Guillén quien llevó a la dirección de la llamada poesía negra, mulata o afrocubana de inmediato a la cima. Todo lo que diga aquí al respecto es ya franca historia de la literatura, y en particular de la poesía cubana.
Aquellos poemas de Guillén, publicados en una página del Diario de la Marina, conmovieron la opinión crítica y popular y el propio desarrollo de la poesía insular. Con este cuaderno lírico, el hombre y la mujer negros y mestizos cubanos ocuparon el espacio ya ineludible dentro del ámbito de la creación literaria, que ya habían asomado en el siglo XIX en una mulata Cecilia Valdés o en algunos filigranas líricos de autores varios, algunas veces contra la esclavitud, como en Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien no llevó el asunto a su poesía. En el teatro bufo el negrito era personaje de pura sátira, humorada criolla, con buena dosis de simpatía. El canto negro se sumía sobre todo en las cultos religiosos de las religiones cubanas de orígenes africanos. Las libretas de santería estaban cargadas de la poesía pragmática del culto a los orishas, y las mismas estelas y leyendas de ellos eran ya, sin dudas, poesía. Don Fernando Ortiz llevaba al negro a la ciencia, al ensayismo. Pero, de pronto, Motivos de son presentó la fiesta lírica que dio un paso más allá del folclore, para mostrar un arco iris de la presencia negra en la lírica cubana.
Lo que representó Motivos de son puede ser considerado con la palabra trascendencia, no impuso una «moda», sino un modo, un registro de identidad de parte sustancial del pueblo cubano. Nicolás Guillén no se iba a quedar allí, fue superando su registro lexical, su modo de interpretar la presencia negra y mulata en la cultura cubana, y fueron apareciendo sus libros, aquellos que hicieron de él un alto poeta de la nacionalidad. West Indies Ltd., Cantos para soldados y sones para turistas y, de pronto, la cima: El son entero. Este libro de 1947 es uno de los más importantes de la historia literaria cubana, y no dejaba lugar a dudas de que Guillén había crecido como un río hasta situarse en el alto lugar que sostendría y sostiene dentro del panorama de la poesía hispanoamericana y de lengua española. Solo un poema suyo posterior, dentro de su conjunto de Elegías, lo destacan en ese rango universal: «Elegía a Jesús Menéndez», uno de los poemas políticos más brillantes del idioma.
No había dudas, en 1983, al aparecer el Premio Nacional de Literatura tenía que abrir con Nicolás Guillén. Ya él no era solo un poeta de alto mérito, sino un signo indiscutible de la identidad nacional cubana, un nombre de la Historia de Cuba. Alguien que, desde la tela literaria, había tocado y expresado el desarrollo de nuestra historia patria, incluso cantando con fuertes bríos a la Revolución triunfante en 1959. Él debía inaugurar ese Premio, incluso aunque hubiesen estado vivos los grandes de Cuba José Lezama Lima y Alejo Carpentier fallecidos en 1976 y 1980, respectivamente. Con Guillén, se revestía a este Premio con un alto crédito, se le concedía el rango que debe seguir sosteniendo incluso cuarenta y pocos años después de ofrecerlo al gran poeta de la «Elegía camagüeyana».
El Premio Nacional de Literatura concedido a Nicolás Guillén alcanzó a ser un hito. El país que premia a sus deportistas de gran éxito con mucho más que un aplauso, debía poseer ese galardón para sus escritores, e iba a ser ejemplo y raíz de muchos otros premios nacionales: de Ciencias Sociales, Edición, Diseño, Danza, Música, Radio, Televisión, Cine, Teatro, Historia, Periodismo, y otros varios, también en las esferas de las ciencias, que exaltan el empuje indetenible de la creación cultural cubana. El que se concedió como puerta inicial al gran Guillén se convirtió en paradigmático.
Seis años después, el poeta fallecía. Había recibido en vida desde el cariño popular hasta el alto galardón literario, pero sobre todo se había situado su obra en el sitial cualitativo que merece y en el espacio identitario que se ganó. La obra de Guillén alcanzó el rango de «clásica» en la cultura cubana, pero ella no posee la pátina de lo arcaico que algunas veces ciñe a lo clásico y lo separa de la lectura popular, del conocimiento admirativo de su pueblo. Quizás sea mejor usar una paradoja conceptual para calificarla: clásica revolucionaria. Así como Motivos de son marcó el tope inicial de una revolución lírica en Cuba, el poeta puso su alto talento, su don creativo, al servicio de las causas populares de la Cuba de 1930 a 1990, dentro de ese lapso hay casi sesenta años (los completa con Cerebro y corazón) de creación poética decisiva en el trayecto lírico cubano. El Poeta Nacional inauguró con alta dignidad el Premio Nacional de Literatura que, a la sazón, nadie como él merecía. Fue y es un momento de júbilo para la poesía cubana.
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