
José Zacarías Tallet fue el segundo Premio Nacional de Literatura, en 1984. Sin dudas fue un alto honor para él y para sus admiradores, porque muchos otros escritores de alto mérito lo merecían con creces. Pero Tallet tenía una vida tras sí consagrada y de influjo poético sobre la llamada Generación de los Años Cincuenta, y sobre la corriente coloquialista de la poesía cubana. No eran tantos su libros, pero el Premio Nacional de Literatura demostraba con él que este galardón no iba a ser cuantitativo.
Tallet había pasado décadas sosteniendo su modestia personal, sin creerse tope en la creación literaria, en la lírica cubana. Casi toda su obra publicada tenía rango de «tardía», pues siendo él uno de los iniciadores de la corriente de poesía negra y mulata o afrocubana, no llegó a publicar sus aciertos en libro a fines de los años de 1920 ni en lo sucesivo. Su magnífico La semilla estéril iba a aparecer en 1951 como resultado de un premio literario, y recogía su poesía significativa de dos décadas anteriores, luego, tras la Órbita de José Zacarías Tallet en 1969, apareció el primer libro de poemas publicado por él mismo, o sea, no por el empuje de amigos para un premio ni la órbita realizada por otros autores. Esta vez Tallet ofrecía Vivo aún, en 1978, y al año siguiente se editó Poesía y prosa, con toda su obra principal hasta la fecha. Este último libro, seis años antes del Premio Nacional de Literatura, lo terminó por consagrar entre las estrellas viva de la literatura cubana.
Habida cuenta de que el año anterior se le había otorgado ese Premio a Nicolás Guillén, no fue poco que Tallet lo ganara en buena lid. Pocos recordaron entonces que en algunos años de la era republicana él se había ganado la vida, parcialmente, haciendo propaganda en versos, como las cuartetas y redondilla y otras estrofas que incluía en los sobrecitos de la Sal de Fruta Picot. El ingenio, el sentido del humor, la cercanía al estro popular hicieron que fuese solicitado para tales avatares de pan ganar. Pero Tallet ya era el autor de un poema tan antológico como «Proclama», había escrito sobre la trascendencia de «lo intrascendente», rebuscó en la ironía (y algunos críticos lo incluyeron en la línea llamada de «ironía sentimental», con María Villar Buceta y Mantínez Villena), se hizo dueño de un lenguaje que otros críticos vieron como paradigmático de las llamadas clases medias cubanas, y escribió con desenfado, sacó partido de los «lugares comunes» del lenguaje popular, elevó al rango literario la mirada de sorna del pueblo (no precisamente de aquello llamado por Jorge Mañach «el choteo»), e hizo de su obra un reflejo de identidad, sin que perdiera el brillo lírico de sus versos, de sus expresiones.
Digamos que el ingenio creativo fue el centro de su obra poética. Tallet miró con agudeza al mundo, reflexionó sobre él, ironizó y hasta se rió de sí mismo («Yo soy un comemierda que hasta un chicuelo engaña»), pero no dejó nunca de ser aquel intelectual que en plena juventud se sumó a la Protesta de los Trece al principio de la década de 1920, al Grupo Minorista y fue miembro de la Liga Antimperialista. Tallet se mantuvo cerca de lo más progresista de su tiempo.
Su sección de la revista Bohemia: «Gazapos», alcanzó gran repercusión nacional, en defensa del idioma, aclarando dudas, solucionando entuertos idiomáticos, al grado de que fue editada en Evitemos gazapos y gazapitos (1985). Además de un poeta de mérito, renovador del lenguaje, Tallet fue un periodista célebre, quizás ello lo emparentó en su obra lírica primero con el naciente tono conversacional de la poesía cubana del siglo XX, y luego a ser un antecedente claro de la corriente coloquialista. En verdad, Tallet fue un poeta de la llamada «vanguardia» cubana, inclinado a una poesía casi siempre cercana al latir de la vida cotidiana, de lo popular. A pesar de sus aportes al cuidado del idioma, nunca fue invitado a ser académico, la Academia Cubana de la Lengua, receptora de tanta biografía gris, no lo cobijó como uno de los grandes de las letras y del idioma en nuestra nación. No le fue necesario.
No era raro, pues, que tras Nicolás Guillén (y morirían ambos en el mismo 1989) se le concediera el Premio Nacional de Literatura. De obras diferentes, ambos habían tocado cuerdas finas de la identidad nacional cubana, habían hecho aportes de relieve al desarrollo de la poesía, y eran ya figuras egregias del desarrollo literario nacional. José Z. Tallet revive siempre con el halo del clásico irreverente, llenándonos de honor con la consagración de su palabra escrita y de su labor fecunda.
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