
Félix Pita Rodríguez alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1985, en su tercera emisión. Sin dudas fue uno de los poetas más brillantes del siglo XX cubano. Tres autores del mismo género se hacían con el más importante galardón cubano para la obra de un escritor, pero Félix fue el primer narrador pleno en recibirlo. Puede que lo prefiramos por su poesía, pero su cuentística, su obra en prosa, cargada de lirismo, es asimismo de importancia notable dentro del rango literario del país.
Recuerdo que en la década de los años posteriores a 1970, los poetas juveniles buscábamos un oriente que nos guiara en medio del subido éxito de la poesía coloquialista, a la que no queríamos sumarnos. Sin renunciar al ganancioso tono conversacional, pero algunos de nosotros ligados a las formas clásicas, en especial a la décima y el sonetos, vimos en Félix, y en Eliseo Diego, mucho de lo que buscábamos. Al final de esa década y en los años subsiguientes, visité a Félix varias veces, hicimos una grata amistad, me divertían sus historias, su modo de oralizar su pasado en relatos que me parecían extraordinarios.
Lo había conocido una década antes, cuando yo trabajaba en una escuela de capacitación técnica del desaparecido Instituto de la Pesca, situada en los campos próximos a Santa María del Rosario. Allí, en un amplio anfiteatro, Félix leyó y habló a un grupo nutrido de profesores y alumnos. Es mi recuerdo de él más remoto, conversé allí un poco con él, lleno yo de timidez, pero mi real amistad comenzó con las visitas a su casa en lo que por entonces era todavía barrio de Marianao, Marianao-Playa, al final de la calle 60.
Dos libros suyos gravitaban sobre mí: Historia tan natural (1971) y Tarot de la poesía (1976), tan distantes de los modos coloquiales de la poesía de esos años. Allí el poeta revivió y dio vida de actualidad a las viejas cantigas españolas, a las formas menudas de los versos de arte menor y de estrofillas ricas en ritmo, ofreció una mirada de la vida entre lo real y lo fantástico, sumó su saber esotérico a sus poemas, dejó fluir la vena popular de la canción lírica, y me conmovió con su sencillez expresiva, que no renunciaba a los contenidos trascendentes. Cuando en 1978 aparecieron los dos tomos de Poesía y Prosa, ya era un maestro para algunos poetas juveniles.
Y ese maestro venía del surrealismo de Corcel de fuego (1948), de la poesía social y militante de Las crónicas. Poesía bajo consigna (1961), y del reflujo existencial, fantástico, un poco esotérico de Las noches (1964), que Félix nos decía que había escrito en los años después de 1930, pero que esos poemas en prosa poética se le quedaron engavetados esperando la buena ocasión. Nos enseñó, a algunos, que un poeta dentro del fragor de una revolución social, puede escribir de todo, incluso de línea alejada del marxismo oficial, pero él primero hizo la contribución «bajo consigna». Con cierto grado de humor, decía ser (y lo dijo incluso ante las cámaras de la televisión) un poeta marxista-espiritista. Esto parecía osado en aquellos tiempos.
Debo decir que con Félix aprendí la importancia real que tiene para un crítico literario conocer de todo, leer de todo, y ese todo comprende también el mundo esotérico, para entender, nos decía, las obras de un Rimbaud, de Baudelaire, de Pessoa. Él adoraba a los viejos poetas franceses, como su François Villon, con su «Balada de los ahorcados», o a los poetas de aquella época francesa del siglo xv. Por entonces, ya yo amaba la obra revolucionaria en poesía de Arthur Rimbaud, pero tengo que confesar que fue bajo la influencia de Félix cuando entré en lo más hondo posible de aquel «poeta maldito».
El rigor formal en sus poemas se manifestaba también en el verso libre ágil, a veces cargado de trasfondo: «Llegará lo que esperas cuando ya no lo esperes. / Ponte en el corazón la verja más segura […] te ha de nacer un día el azar más seguro», con ese curioso sentido de «seguridad» del azar. Aunque yo lo visitaba en tanto poeta, en verdad para entrar en la entraña creativa de Félix había que leerle sus cuentos, y sus prosas cargadas de relaciones con el mundo francés antiguo, que amó desde su vida parisina de los años cuarenta.
En 1963 aparecieron sus Cuentos completos y, de seguido, dedicó una importante parte de su escritura a la vida del pueblo vietnamita, entonces enfrascado en una guerra feroz contra el imperio norteamericano. En 1987 y 1988 aparecieron editados La pipa de cerezo y otros cuentos y Aquiles Serdán 18. Es un error, al tratar sobre el poeta, declinar la lectura de esos libros de relatos. ¿Qué decir de su brillante Elogio de Marco Polo (1974)?
El decía que fue un joven aventurero, se fue a México, Venezuela, Argentina, Francia y Bélgica, y participó en España en el II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura en 1937, junto a Juan Marinello, Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, todos amigos suyos a la sazón. Dedicó espacio de su vida a la producción radial, y al periodismo, e hizo algo de teatro. Su fértil imaginación lo forjó como un escritor de ancho espectro expresivo. Fui editor en la Editorial Letras Cubanas de su libro De sueños y memorias (1986), y nunca lo he dejado de admirar. El Premio Nacional de Literatura de 1985 honraba su periplo al otorgarse a Félix Pita Rodríguez: no podía ser de otro modo.
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