
Dulce María Loynaz alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1987, en su quinta emisión. Honró ese premio con su nombre, con una obra que casi había concluido en 1958, cuando publicó su mejor poema: Últimos días de una casa. Este largo y extraordinario texto apareció en España, Dulce María trajo ejemplares a Cuba, pero pocos lo tuvieron en sus manos, pocos lo leyeron al fragor del triunfo revolucionario de 1959, ocurrido unos meses, muy pocos, después de la salida de este poema, que fue redescubierto entrada la década de 1980.
La mujer que ya había publicado una de las más bellas novelas de Hispanoamérica, Jardín (1951), y que con Juegos de agua (1947) alcanzó a situarse entre los mejores poetas de Cuba, no podía ser dejada en su retiro y silencio en su casona del barrio habanero de El Vedado. A la sazón, presidía la Academia Cubana de la Lengua, cuyas sesiones se celebraban en su casa, pero en sentido general ella estaba apartada por propia voluntad mientras escribía en silencio Fe de vida, unas memorias casi novelizadas que homenajean a su marido canario Pablo Álvarez de Cañas, y al barrio que vio crecer con ella.
La conocí cuando ella, como los masones retirados, «dormía». Pocos la visitaban, entre ellos el que puede considerarse su albacea, Aldo Martínez Malo, a quien se debe que ella no desmayase en la escritura de Fe de vida, y quien comenzaría a recoger y publicar su obra poética inédita, no poca, no pobre. Su diálogo amistoso era rico y a la vez sencillo, se ponía al nivel de su interlocutor y desgranaba las palabras con mesura y relativa lentitud. Estaba rodeada de tres damas que convivían en su casona, una de ellas su prima, ya muy ancianas todas, y que fueron muriendo en los años sucesivos. La visitaba una correctora de estilo de editorial cubana, no tan joven y solo en plan de amistad, y algunas otras personas, a las cinco de la tarde, hora estratégica para recibir visitas sin mucha prolongación de diálogo. Prefería no mezclar a los visitantes, para evitar escaramuzas poco gratas. Perros y gatos, varios, se paseaban por la bella casa dejando sus diversos olores impregnados en el suelo, Dulce María vestía como si siguiera viva la década de 1940. Solo tras la llegada, al principio de los años 90, de su mejor cuidadora, María del Carmen, aquel entorno un poco estropeado cambió para bien.
No se hablaba allí mucho de la vida cotidiana, tampoco de la literatura cubana actual, de la cual ya ella no se hallaba muy al tanto. Le hablé de mi interés por la obra de Samuel Feijóo, a la sazón yo hacía mi tesis doctoral sobre su poética, pero Dulce María me dijo que ya era un tanto tarde para conocer esa obra. Tenía un lector, que ella pagaba, debido al deterioro de su vista. En verdad advertí que conocía mucho de los autores cubanos de la primera mitad del siglo XX, y bastante menos de las generaciones nacidas tras 1930. Tenía una consolidada red de lecturas europeas, españolas sobre todo, podía casi ofrecer una conferencia en medio del diálogo sobre García Lorca y la Mistral. Nunca fui un indiscreto preguntón de sus relaciones con esas figuras de la poesía universal, pero muchas veces ella se refería a ambos.
Versos (1938) la colocó en el ritmo intimista y ligeramente neorromántico de la mejor poesía cubana de una década prodigiosa en texto de alto vuelo lírico. Tras Juegos de agua, advino en libro Poemas sin nombre (1953), en el que la presencia amiga de la obra de Emilio Ballagas, pudiera advertirse en algunos poemas. Todo su Obra lírica hasta esa fecha pareció, también en Madrid, en 1955. Se advertía la bienhechora gestión de Álvarez de Cañas para que ella publicase sus poemas, pues como sus hermanos Enrique, Flor y Carlos Manuel, prefería guardar lo escrito, y hasta destruirlo poco a poco. Tan tardíamente como el año 1984, se publicó en Cuba una selección demasiado escueta de su poesía llamada Poesías escogidas, que no hizo honor a la notable obra de la poetisa (gustaba de este término), pero al menos la re-colocó en el devenir literario cubano coetáneo. En 1985 apareció su nombre entre los nominados al premio Cervantes de Literatura, y un poco se apresuró en Cuba la necesidad de concederle en Nacional de Literatura, antes de que la reconocieran como merecía en otro ámbito. Al fin, Dulce María ganaba el Cervantes en 1992. Finalizaba su retiro, ya cercenado un poco en 1987 cuando el Premio Nacional, y con noventa años de edad tuvo que hacer frente a una fama súbita, un reconocimiento mayúsculo. Fui testigo de esa ruda transición. Ella la tomó con relativo estrés y cierto grado de espontánea naturalidad.
Sucesivamente, tras entregar sus fondos y su archivo a la ciudad de Pinar del Río y fundarse allí el Centro Hermanos Loynaz, comenzaron a aparecer, poco antes del Cervantes, sus poemarios engavetados: Poemas náufragos (1991) La novia de Lázaro (1991), Finas redes (1993), y en los sucesivo no quedó obra en verso o prosa que no saliera en ediciones más o menos sencillas, incluida la primera edición de sus Poesías completas (1993).
Es justo recordar que Cuba la había condecorado con la Distinción por la Cultura Nacional en 1981 y con la Medalla Alejo Carpentier en 1983, antes de su sonado Premio Nacional de Literatura. Al año siguiente, 1988, se le condecoró con la Orden Félix Varela de Primer Grado, entre otros reconocimientos, como el doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Habana. Había sido plenamente redescubierta. Comenzaba un periplo de júbilo por su persona hasta su misma muerte, en 1997, rumbo a los noventa y cinco años de edad. Quedó fijada así como lo merecía y merece: entre las figuras descollantes de las letras cubanas.
Presencié participé, con júbilo, de esa fiesta loynaciana. Andaba yo por más de quince años de amistad con esta dama, princesa más bien, de la que nunca olvidaré, hasta el final de mi propia vida, el placer de tratarla. Ella ocupa ya un sitial de lujo de las literaturas cubana, hispanoamericana, de lengua española, y también otro en mi corazón.
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